| 3/5/2004 12:00:00 AM

Mujeres en primera línea

Veinte días de marzo se van a dedicar al tema de la mujer en Bogotá. La idea es que los bogotanos tomen conciencia acerca de la realidad de la mujer, de la discriminación de la cual es objeto y trabajen activamente por sus derechos.

No es fácil hablar de mujeres sin correr el riesgo de ser tildado de feminista. Incluso a costa de correr este riesgo, hay una serie de verdades sobre las cuales es necesario llamar la atención.

Con frecuencia, se habla acerca de lo mucho que ha avanzado la mujer y cómo ha mejorado su posición en la sociedad. Pero una cosa es lo que se dice y otra la que muestran las cifras. Panorama Social en América Latina 2002-2003, reciente estudio de la CEPAL, incluye un capítulo sobre pobreza y género que expone el tema en su verdadera proporción. Rápidamente llega a la muy cierta y triste conclusión de que cuando se es pobre, no es lo mismo ser hombre que mujer. En esta región del mundo, más mujeres que hombres viven en situación de pobreza, sufren con mayor severidad el impacto de la pobreza y viven en condiciones de vida mucho más precarias. Las tasas de desempleo son mayores en las mujeres, los salarios son inferiores, la protección social es menor y ellas tienen más restricciones de tiempo al tener que atender el trabajo y las labores domésticas.

La mujer participa más activamente en la fuerza laboral hoy que hace algunos años. En los 90, ingresó masivamente al mundo del trabajo remunerado, como una forma de contribuir con el ingreso de su hogar. Sin embargo, el mundo del trabajo es duro con la mujer y le impone muchos más obstáculos que al hombre para permanecer en él. Incluso así, la mujer se queda en la fuerza laboral, como una forma de potenciar su autonomía económica.

Los ingresos que perciben las mujeres en el mercado del trabajo equivalen al 65% de los ingresos que reciben los hombres. Según el estudio, en términos de igualdad ni siquiera cuando se tiene mayor educación es lo mismo ser mujer que hombre. De hecho, las latinoamericanas tienen mayores niveles de escolaridad que los hombres y tienen, en promedio, más años de instrucción, pero sus remuneraciones se mantienen más bajas. Esto es más evidente mientras mayor educación tiene la mujer.

Lo más preocupante de toda esta situación tan desigual es que el número de mujeres cabeza de hogar es creciente. En su mayoría, el 90% no tiene cónyuge y, además de las largas horas de trabajo mal remuneradas, debe llegar a su hogar a hacer las labores domésticas. Este es un fuerte contraste con el caso de los jefes de hogar hombres, para el cual el porcentaje sin cónyuge es de solo 13%.

Otro tema en el que se ha avanzado poco es el de la autonomía y participación de las mujeres en la adopción de decisiones. Muy pocas mujeres ocupan cargos directivos de primer nivel en el sector privado, o se destacan en la política o el gobierno.

En la última década, solamente en Argentina, Costa Rica y México aumentó el número de mujeres en los órganos legislativos. La participación de la mujer en la política y, sobre todo, en el gobierno avanza lentamente y es muy volátil. Unicamente en los países que han impuesto cuotas y otros mecanismos para favorecerla, la integración femenina ha avanzado.

El panorama para la mujer no es bueno y esto se refleja en una pérdida de bienestar de la sociedad como un todo. Cada vez hay más mujeres cabeza de hogar y estos son los hogares más pobres; esto se convierte en un mecanismo terrible de reproducción de la pobreza. En estos días de reflexión sobre la situación de la mujer, es importante que hagamos un esfuerzo por encontrar alternativas que conduzcan al mejoramiento de las condiciones de las mujeres y de sus hijos.
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