| 11/9/2011 6:00:00 PM

Los chicos malos

Empieza a desinflarse el movimiento mundial Occupy Wall Street. Réquiem por los indignados.

Desde el pasado 17 de septiembre, Occupy Wall Street ha estado en las primeras páginas de la prensa mundial. El movimiento nació en Nueva York, siguiendo el espíritu de los indignados españoles y londinenses, y se propagó rápidamente a más ciudades de Estados Unidos y otros países desarrollados. Occupy Wall Street vincula a miles de personas que protestan contra los abusos del sistema financiero, la extrema desigualdad y la crisis económica. Los manifestantes marchan también en contra del alto nivel de desempleo –especialmente de los jóvenes– y exigen aumentos de los salarios.

Todo esto ocurre no en África, ni en Suramérica, sino en el más selecto grupo de las economías desarrolladas: Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Japón, España, Alemania y Australia, entre otros. Sin duda, el desajuste social que genera la desigualdad de ingresos pone en riesgo la estabilidad política en esos países. En Estados Unidos, un informe reciente de la Congressional Budget Office muestra que la participación del 1% más rico de la población en el ingreso anual del país se duplicó entre 1979 y 2007, al pasar de 10% a 20% del total. Entre tanto, el 20% más pobre debe resolver su vida con 2% del ingreso total.

Sin embargo, el movimiento Occupy Wall Street está perdiendo impulso y apoyo entre la población en general. Según una encuesta de CNN, solo 36% de los estadounidenses está de acuerdo con los indignados. El resto –dos terceras partes– no comulga con sus protestas ni con su narrativa. Más aún: no se sienten estafados por el sistema financiero, ni creen que lo que pasa con la economía mundial sea culpa de los hombres y mujeres de Wall Street. Parece que el final del movimiento llegará sin pena ni gloria. A medida que avance el frío del invierno, se espera que la ocupación de las calles ceda y el movimiento pierda impacto progresivamente.

¿Qué ocurrió? En algún momento se pensó que Occupy Wall Street podría ser la semilla de un movimiento político progresista, centrado en la lucha contra la desigualdad de ingresos, que apelaría al descontento popular en Estados Unidos contra los abusos de las élites y podría llegar a ser la contrapartida del Tea Party republicano, logrando un peso específico en la contienda electoral de ese país en 2012. Sin embargo, no ha sido así.

El movimiento no logró convertir el descontento general en objetivos concretos para la acción. No tiene líderes capaces de transformar la movilización en una agenda política. En su interior abundan las contradicciones. A veces parece una protesta de ‘niños bien’. Para no ir más lejos, la semana pasada se unieron al movimiento unos 70 estudiantes de la Universidad de Harvard. Al ser interrogados sobre la razón de su marcha, dijeron que lo hacían porque “no toleraban más ni a los ricos ni la profunda inequidad social”. La reclamación es paradójica, cuando viene de quienes tienen tiquete de entrada a uno de los más selectos clubes del mundo, semillero de las élites políticas, industriales y financieras de Estados Unidos.

La protesta se quedó en desorden callejero. Esto es precisamente lo que más molesta a los ciudadanos corrientes, según las encuestas. Occupy Wall Street se ha convertido en sinónimo de bloqueos, manifestaciones y disturbios en las calles, incluyendo algunas demostraciones de antisemitismo y varias acciones de franca anarquía. Esta violencia le comienza a pasar factura al presidente de los Estados Unidos. Según un sondeo de Gallup para USA Today del pasado 4 de noviembre, Obama perdería las elecciones del próximo año frente a un hipotético rival republicano, en este caso el ex gobernador de Massachusetts Mitt Romney. Una de las razones sería la incapacidad para controlar el desorden generado por manifestaciones de movimientos como Occupy Wall Street.

Es una lástima que eso esté ocurriendo. Lástima que el movimiento comience a perder fuerza y que se esté desvaneciendo con los días. En el fondo, la protesta sí tiene razón. Algo está muy mal en el sistema. No es posible que 1% de la población controle 40% de la riqueza y se quede con 20% del ingreso. No se puede aceptar que los banqueros se hayan salido con la suya en la pasada crisis financiera y lo vuelvan a hacer en esta, gracias a los baillouts de los gobiernos que salen corriendo a rescatarlos apenas hay problemas. No es posible que, tras la pasada crisis financiera mundial –que dejó en la calle a millones de personas-– los yuppies de la Gran Manzana se sigan ganando multimillonarios bonos con base en la compra y venta de enredadísimas operaciones financieras, cuyo respaldo real nadie entiende, al mismo tiempo que anuncian despidos masivos de trabajadores.

Con Occupy Wall Street pasará lo mismo que con las protestas antiglobalización de 1999: quedarán en la historia en el ingrato lugar de los perdedores. Su imagen se borrará con los días. Pocos recordarán que hubo un momento en el que miles de personas salieron a protestar en las calles por las enormes desigualdades económicas y sociales de una economía que es de los ricos y para los ricos. Réquiem por un sueño.
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