Lo bueno, lo malo, lo urgente

| 5/17/2002 12:00:00 AM

Lo bueno, lo malo, lo urgente

Lo bueno de Colombia es que es un país extraordinario, rico en gente buena y trabajadora, en recursos naturales y biodiversidad. Lo malo es que, a pesar de todo lo bueno, no hemos sido capaces de lograr un país mejor, igualitario y justo, donde el optimismo y la esperanza sean los sentimientos que muevan a la gente cada día. En medio de lo malo, sin embargo, hay algo bueno: por fin nos estamos dando cuenta de que no podemos seguir como estamos. Si no hacemos algo, en unos pocos años ya no vamos a tener país, ni siquiera para satisfacer nuestro hábito de quejarnos de él y culpar a otros por los males que nos afligen.



Para cultivar lo bueno, hay que dejar de quejarse y atender lo urgente. Es mucho lo que hay por hacer. En unos días, tendremos la oportunidad de elegir al nuevo Presidente de los colombianos. El hombre o la mujer que marcará la diferencia en uno de los momentos más difíciles de la historia del país, cuando se requieren decisiones de fondo en tantas áreas.



Quien asuma la Presidencia debe estar en capacidad de actuar desde el mismo momento en que se posesione. En lo económico, no hay ni tiempo ni espacio para seguir posponiendo la tarea que quedó diagnosticada desde hace varios años. La vulnerabilidad del país es grande y su viabilidad financiera está en juego. Las finanzas públicas son un bomba de tiempo y su ajuste es indispensable. Sin él, no habrá confianza en el futuro del país y no llegarán los recursos de inversión indispensables para volver a crecer y reducir el desempleo. Tampoco llegarán los recursos de crédito necesarios para financiar el desarrollo y atender el servicio de la deuda externa. Los hechos son tozudos: la falta de acción en este campo llevó a la reducción de la calificación de riesgo, a raíz de lo cual el acceso al crédito externo se redujo y su costo aumentó. En ese recorrido cuesta abajo, todavía hay muchas más etapas, que recorreremos si no nos responsabilizamos por nuestro propio destino.



Cambiar esta tendencia implica adoptar desde el primer día del nuevo gobierno una estrategia integral, que involucre tanto al legislativo como al ejecutivo. Hay que presentar y sacar adelante la reforma pensional, con regímenes especiales incluidos, pero también hay que ponerse las pilas con hechos reales como la reducción del gasto y el aumento del recaudo de impuestos. La época en la que con solo promesas se lograba atraer los recursos al país ya pasó. Ahora solo cuentan los hechos.



En lo social, la situación no podría estar peor. Los niveles de pobreza a los que ha llegado Colombia hablan por sí solos y no son ni mucho menos sostenibles. Ningún país puede aguantar que el 60% de su población viva en la pobreza absoluta, mientras que el 35% está en la miseria. Aquí tampoco caben las promesas de soluciones irreales. Para disminuir la pobreza, la única alternativa es el crecimiento económico, el cual va de la mano de la solución del problema fiscal. Desde cuando nos enredamos en el déficit, no volvimos a crecer y el valor real de la producción en Colombia volvió a los niveles de 1997, con la diferencia de que la población es un 8% superior.



Ante la magnitud del cambio que se requiere para hacer de Colombia un mejor país para su gente, la responsabilidad en el momento de votar en el año 2002 es enorme. No es lo mismo un candidato que otro, como tampoco lo es el que haya una sola vuelta en lugar de la agonía de esperar hasta la segunda. Dentro de lo mucho que hay por hacer, lo primero es elegir a conciencia al futuro gobernante. Esto es lo bueno y lo urgente. Lo malo sería perder la oportunidad de oro de ejercer este derecho.
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