| 10/30/2015 8:00:00 PM

Editorial: Las memorias de Bernanke

El ex gobernador de la Fed, Ben Bernanke, asegura que en 2008 la entidad no tenía las herramientas jurídicas para salvar a Lehman Brothers.

Ben Bernanke, exchairman del Banco Federal de la Reserva de los Estados Unidos, ha sido estudioso de la Gran Depresión desde que su abuela le contó, cuando era niño, la historia de Dillon, el pueblo donde vivían en Carolina del Sur, y donde miles perdieron su trabajo durante aquella crisis de 1929. Quizá por eso siempre estuvo preparado intelectual y emocionalmente para enfrentar serias dificultades.

Su reciente libro, El coraje para actuar, es el producto intelectual de uno de los principales actores de la crisis de 2008, a quien se le atribuye la estrategia de salvamento del sector financiero norteamericano en momentos de extremo nerviosismo. El presidente Obama lo llamaba el “señor calma”, porque nunca perdió su compostura a pesar de la gravedad de los asuntos.

Desde ya, el Review de The New York Times lo calificó como lectura esencial para quien quiera saber con exactitud lo ocurrido desde 2006 hasta 2014. Y no es un calificativo menor, el libro da una explicación detallada de cada uno de los aprietos que vivió la FED desde el colapso de Bear Stearns en 2008 hasta los comienzos de la reciente crisis de Grecia.

Dentro de los aspectos anecdóticos –cruciales para el desenlace de la crisis– Bernanke deja en claro que en septiembre de 2008 la FED no tenía las herramientas jurídicas para salvar a Lehman Brothers. “Era inevitable”, afirma el exbanquero central. “No había comprador, ni quien garantizara los pagos de sus deudas”. Además, la FED no podía prestarle sin las adecuadas garantías.

Precisamente fue la bancarrota de Lehman la que hizo que el Congreso de los Estados Unidos aprobara el Tarp (Troubled Asset Recovery Program, o Programa de Recuperación de Activos en Problemas). El legislativo termina siendo uno de los villanos de estas memorias, pues se comportó de manera errática, imprevisible y en contravía de las políticas diseñadas por el ejecutivo.

Dos ejemplos de lo anterior, citados por Bernanke, son decisiones tan recientes como el cierre del gobierno nacional en 2013 por falta de apoyo legislativo en la aprobación del gasto. Aún más grave, la lenta recuperación de la crisis financiera de 2008 se debe a que el Congreso bajó la guardia y recortó de manera sistemática el estímulo fiscal, alargando así la recesión.

El libro de Bernanke busca posicionar su legado. Primero, frente a las críticas de la derecha que, por un lado, argumenta que políticas tales como la expansión cuantitativa (QE) podrían disparar la inflación y causar una depreciación del dólar; y,segundo, frente a las críticas de la izquierda, que argumenta que la respuesta oficial hizo mucho para ayudar a Wall Street y poco para los americanos comunes y corrientes.

Bernanke escribe que la crisis de 2008 se entiende mejor como un pánico tradicional con algunos nuevos actores. “La magnitud del pánico a la altura de la crisis fue la razón más importante, debido a la gravedad de la gran recesión”, afirma. Sin ese pánico, argumenta, los precios de la vivienda no habrían caído tanto y la actividad económica no se habría resentido de la manera en que lo hizo, después de que en la década anterior el consumo del estadounidense había pasado de 62% a 67% del PIB.

Algo que dará para discutir a varias generaciones de economistas será la diferencia fundamental entre la crisis de 2008 y la de 1930-31. En un artículo reciente, Paul Krugman afirma que no cree que esa diferencia básica entre estos periodos radique en la reacción de la política monetaria y en los salvamentos que el banco central llevó a cabo, hecho que no se presentó en 1929, cuando los banqueros centrales se quedaron con los brazos cruzados.

Según Krugman, hay otra gran diferencia entre el mundo en 2008 y el de 1930: el tamaño del gobierno, y por lo tanto el papel de la política fiscal. En este campo, Krugman no habla de la política fiscal discrecional pero sí de los estabilizadores automáticos, como el seguro de desempleo que se activa en tiempos de crisis.

Por estos factores, el déficit presupuestario de Estados Unidos se amplió mucho más entre 2007 y 2010, que el registrado entre 1930 y 1933. De este modo, la caída fue mucho más suave, simplemente porque los impuestos y el gasto son mayores como porcentaje del PIB, y por lo tanto el déficit adicional era algo bueno, ya que apoyaba la demanda agregada en un momento crucial cuando esta había caído drásticamente.

Para Krugman, el entorno fiscal jugó probablemente un papel más importante que las acciones monetarias en limitar los daños. El camino opuesto lo siguió Europa y allí el desempeño económico es hoy peor al que tuvo en momentos similares en la década de los 30 del siglo pasado.

Más allá de las críticas y ampollas que pueda levantar este libro, es claro que Ben se preparó desde siempre para enfrentar una crisis y, con o sin la ayuda del gobierno, lo demostró con creces.
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