| 12/10/2010 12:00:00 PM

Las lecciones de Irlanda para Colombia

Irlanda era un buen ejemplo para Colombia. Pero de lo que no se debía hacer.

Irlanda luce hoy como otra de las grandes pifiadas del discurso del crecimiento económico de finales de los años 90 y los comienzos de la década actual. Por un momento, ese país pareció haber descubierto un modelo mágico: bajar impuestos y atraer inversión extranjera en servicios. La economía irlandesa era como el patito feo del cuento, que en cuestión de dos décadas pasó de pariente pobre a ostentoso cisne europeo.

El atractivo del 'tigre celta' era obvio: bajos impuestos, pocas regulaciones y una fuerza de trabajo joven y capacitada. Esa fue la receta que aplicó a comienzos de los años ochenta el primer Ministro de la isla, Charles Haughey. Sus reformas abrieron la economía y atrajeron un número considerable de inversión de empresas de la talla de Intel, Dell, Microsoft, Google y Yahoo. La premisa era instalarse en un paraíso tributario, con bajos impuestos corporativos (12,5%) y una postura radical respecto a la reducción de la regulación sobre las empresas.

Gracias a esta combinación, Irlanda fue testigo de un enorme boom económico a finales de los noventa. Las exportaciones y la construcción de vivienda fueron los sectores líderes. Luego vino el desastre. El sector financiero prestó plata sin control y alimentó una burbuja en los precios de la finca raíz. El banco más grande llegó a tener activos que doblaban el producto interno bruto irlandés. El país pasó de crecer del 3% al 6% anual, e incluso hubo años en los que llegó a una poderosa tasa de 10%.

El lío es que ahora Irlanda ha vuelto a ser el patito feo de Europa. Tras un monumental rescate por 85.000 millones de euros, realizado recientemente, hoy atraviesa por la peor crisis financiera y económica de toda su historia. Economistas de la talla de Kenneth Rogoff, Joseph Stiglitz, Paul Krugman y Barry Echengreen coinciden en que esto solo puede empeorar. La deuda gubernamental podría llegar a 102% del PIB en el año 2013 y el desempleo, que ya está en 13,5%, podría dispararse aún más. Al estar maniatada por el euro, Irlanda no puede salir de su agujero por la vía de una devaluación. Dolor, dolor y dolor es el diagnóstico.

El precio que se le pide para superar la caída es muy alto e inequitativo. Irlanda se comprometió con la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional a aplicar un brutal régimen de medidas tributarias y reducciones de gastos. La "carta de entendimiento", de 38 páginas, habla de recortes presupuestales de US$7.800 millones en 2011, aumento del IVA al 23%, reducción del salario mínimo en más del 11% y recortes en los beneficios para los desempleados. Además, el gobierno tendrá que echarle mano a la plata del fondo nacional de reserva de pensiones. Lo único que se salvó es la simbólica tasa del 12,5% de impuesto a la renta.

Además, Irlanda, que alguna vez atrajo los mejores talentos de negocios del mundo, hoy ve cómo la gente se va para otra parte. Dell, por ejemplo, acaba de trasladar toda su operación a Polonia. Muchas otras empresas siguen por el mismo camino.

¿Qué salió mal en Irlanda? Una suma de políticas erradas. Primero, la creencia de que la competitividad se logra solo a punta de bajos impuestos. Segundo, prestar de manera imprudente durante una época de bajos intereses. Tercero, y muy reciente, la decisión política de salvar un enorme sistema financiero que, tras vivir años de excesos, se lava ahora las manos y les pasa la cuenta de cobro a los pobres asalariados.

La mayor lección para Colombia es aprender que entrar en una carrera para bajar impuestos más velozmente que el vecino no equivale a crear competitividad. Deberíamos revisar nuestros devaneos con ese modelo. Ministros colombianos quisieron imitarlo y crearon una versión criolla: zonas francas especiales, deducciones de impuestos para las empresas por inversión en activos fijos, contratos de estabilidad jurídica y múltiples exenciones tributarias sectoriales. Durante los ocho años de la administración Uribe se crearon en el país cerca de 60 nuevas zonas francas y se dieron exenciones, según algunos analistas, por hasta $8 billones anuales. No hay evidencia que compruebe que esas inversiones no se habrían hecho también sin las exenciones.

Mejor, deberíamos aprender del modelo alemán: muchas empresas de tamaño mediano, muy especializadas, sin gabelas tributarias, con altas exigencias en materia regulatoria (particularmente en el tema ambiental) y con una fenomenal inversión en su capital humano. Gracias a su imparable competitividad, Alemania es la única economía europea que crece en este momento al 3,5% y tiene la tasa de desempleo más baja en 18 años.

Irlanda, efectivamente, era un buen ejemplo para Colombia. Pero de lo que no se debía hacer.

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