| 11/28/2003 12:00:00 AM

La miopía del cortoplacismo

Hace un año, escribíamos que la reforma tributaria que se estaba tramitando en el Congreso no era suficiente para enfrentar el problema fiscal y que muy posiblemente en un año estaríamos en una situación similar: de cara a un nuevo proyecto de reforma tributaria.

Era claro en ese momento que sin una reforma bien hecha, que además estuviera acompañada por otras reformas que atacaran el problema desde el lado del gasto, se mantendría el desequilibrio de las finanzas públicas.

El gobierno coincidía plenamente con el diagnóstico. Por esta razón, optó por colgarle al Referendo todo lo que quedaba faltando para resolver el problema fiscal. La popularidad del presidente Uribe en los primeros meses de gobierno daba para todo.

Además, el Referendo era una fórmula conveniente pues permitía a todos quedar bien. Al gobierno, por no pedir más impuestos, y al Congreso, por no tener que aprobarlos.

Un año después, sin embargo, la situación es más crítica, pues el Presidente ya no tiene la zanahoria del Referendo y, además, el gobierno debe encontrar la manera de sustituir los recursos que había logrado en la reforma anterior por cuenta de la ampliación de la base de IVA, fórmula que posteriormente la Corte declaró inconstitucional.

Lo más grave es que a esta altura del paseo ya nadie quiere darse la pela política de hacer las cosas bien. El Presidente está pensando en los dos años y medio que le quedan de gobierno y el Congreso en las próximas elecciones parlamentarias. El corto plazo se impone, al amparo del individualismo de las decisiones del Presidente y de los integrantes del Congreso.

La reforma que presentó inicialmente el gobierno para rescatar la situación tras la derrota del Referendo iba en el sentido correcto, al buscar nuevamente el impuesto a las pensiones, la ampliación de la base del IVA y la unificación de sus tarifas. No obstante, al haber incluido también la exención a la reinversión de utilidades, generó un sesgo impopular que llevó al Congreso a presentar una nueva propuesta en el sentido contrario, con el restablecimiento del impuesto al patrimonio.

Nada más miope que esto, si de lo que se trata es de lograr que el país sea cada vez más justo y equitativo. Gravar el capital bajo el argumento de que se está gravando a los más ricos es una gran equivocación, pues lo único que se logra es ahuyentar a los ricos que pagan impuestos y estimular la evasión. Como resultado se pagarán cada vez menos impuestos.

El impuesto al patrimonio va en contra de la inversión y el ahorro, precisamente lo que más necesita el país para crecer y salir del estancamiento económico y la pobreza. Una reforma tributaria que desestimule la inversión productiva es lo peor que le puede pasar al país en un momento en que, por fin, los empresarios e inversionistas están volviendo a tener confianza en Colombia.

Es cierto que se requieren más recursos tributarios para financiar las necesidades de gasto del gobierno, pero estos no pueden conseguirse de cualquier manera, a costa del futuro del país. La fórmula que se requiere es bien conocida. Solo hay que aplicarla.

Para hacer lo correcto, sin embargo, hay que dejar de pensar en los votos de las siguientes elecciones y empezar a pensar en el país. No tiene ningún sentido que el Congreso de la República deba desgastarse cada año en la discusión de un nuevo proyecto de reforma tributaria, para que el gobierno logre la financiación del año siguiente. No hay que olvidar que en los últimos 12 años el país ha tenido 10 reformas tributarias y que cada vez estamos peor. Qué desgaste inútil.
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