La lección del Foro

| 2/8/2002 12:00:00 AM

La lección del Foro

El Foro Económico Mundial (WEF, por su sigla en inglés), que acaba de terminar en Nueva York, dejó un resultado diferente a los de años anteriores. La tragedia del 11 de septiembre fue una presencia permanente en el evento y subrayó el resultado esencial de las deliberaciones: el mundo busca un nuevo guión para su progreso económico y social. En otros años, el Foro sirvió para articular una gran visión y proyectarla hacia adelante. Al comenzar los años 90, WEF era el escenario donde se discutía la transformación de los países comunistas de la antigua Unión Soviética. Al finalizar esa década, el tema era la evolución del sistema productivo a partir de la Nueva Economía. Ahora, los líderes de la política, la academia y los negocios en el planeta pudieron constatar que las grandes visiones del pasado han sido superadas por la realidad. Ni ellos ni sus colegas tienen una fórmula salvadora.



La incertidumbre es general. Solo Estados Unidos tiene la capacidad para impulsar la economía mundial , pero nadie sabe cuándo ocurrirá esto. Europa ha decepcionado (página 22). La crisis de Enron ha resquebrajado la confianza en la calidad de la información de las empresas, pilar de la inversión y el crecimiento. La implosión de Argentina ha inducido una profunda reflexión sobre el destino de los países en desarrollo y la clase de ayuda que se les puede prestar. El terrorismo es una sombra mundial.



Colombia debe tener en cuenta esta reflexión de los líderes mundiales. Un mensaje inequívoco es que el sentido común, la cautela y las cuentas claras están a la orden del día. A los países en desarrollo les van a pedir menos diseños espectaculares de política y más claridad en las cuentas básicas para permitirles el acceso a los mercados internacionales.



La reforma pensional que el gobierno ha llevado al Congreso (página 26) es un ejemplo clásico de una fórmula compleja que, por no atacar el problema esencial, termina causando enormes perjuicios a un sistema fundamental para el ahorro y la inversión. Todos pierden, pero el que más pierde es el país. No se logra el equilibrio fiscal, se perjudican los ahorros de millones de afiliados a los fondos de pensiones y, lo peor, el cambio en las reglas del juego para las AFP pone en riesgo la inversión extranjera. Es un lujo que el país no se puede dar.



Y hay que insistir: ante la comunidad internacional, el nivel de deuda pública de Colombia no augura nada bueno. Recientemente, el gobierno logró canjear una parte de la deuda de TES en dólares, con vencimientos entre el 2002 y el 2004, por nueva deuda con vencimiento a 10 años. Lo hizo a una tasa razonable y el beneficio es claro. En otra oportunidad, la operación habría recibido solo alabanzas de los analistas. Hoy se reconoce su utilidad, pero nadie pierde de vista que la verdadera sostenibilidad fiscal solo vendrá cuando la deuda pública se reduzca como proporción del PIB.



Los recursos que el país está destinando para el servicio de deuda, hoy 40% del presupuesto de la Nación, se desvían de la inversión en educación y tecnología, esenciales para el crecimiento. En términos de la tasa de inversión, Colombia figura hoy en el último lugar del ranking de competitividad del WEF. Un país sin inversión simplemente no puede crecer.



En este mundo de incertidumbre, la transparencia, otra área en la que estamos muy mal (página 16), es requisito vital para la inversión. La transparencia no empieza por no decirles mentiras a los demás. Empieza por no decírselas a sí mismo. Si seguimos bajando nuestros estándares de exigencia como sociedad y pensando que al aplicar soluciones a medias no tendremos que enfrentar los problemas de fondo, aumentaremos nuestras probabilidades de llegar a una catástrofe.
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