| 10/10/2008 12:00:00 AM

La fortaleza del dólar

La profundización de la crisis y su expansión al resto del mundo ha dejado en claro la posición del dólar como moneda de reserva global, así como el potencial de Estados Unidos como motor del mundo.

Durante los años de la gran expansión económica, cuando el mundo entero estaba de fiesta, se hablaba con frecuencia de la debilidad del dólar y la pérdida de su condición como moneda de reserva mundial. Para muchos, los días de fortaleza del dólar estaban contados y pronto sería reemplazado por el euro o el yuan chino. Incluso se llegó a temer que, frente a la debilidad del dólar, los bancos centrales del mundo optaran por dejar de invertir sus reservas en los bonos del Tesoro de Estados Unidos.

Todo cambió con la crisis financiera. A pesar de que la crisis se gestó en Estados Unidos y su economía muy posiblemente está ya en recesión, los capitales del mundo hoy fluyen en manada hacia este país, en busca de la seguridad que no encuentran en otros mercados. Como resultado, en pocas semanas el dólar ha recuperado buena parte del valor perdido en los últimos años.

En buena medida, este comportamiento de los inversionistas es una reacción frente a la forma como las distintas autoridades económicas han enfrentado la crisis hasta ahora. Mientras que en Estados Unidos tuvo lugar una acción coordinada entre el Gobierno, la Reserva Federal y el Congreso para poner fin a la crisis, en Europa hay poca coherencia, pues ni siquiera se han puesto de acuerdo sobre cómo responderle a los depositantes.

Esto ha elevado los temores de los inversionistas frente a las consecuencias que el debilitamiento y posible quiebra de los bancos europeos tendrían sobre sus inversiones. De hecho, mientras en Estados Unidos el FDIC (Corporación Federal de Garantía de Dépositos) garantiza hasta US$250.000 por depositante en caso de que una entidad financiera se quiebre, en Europa no hay ningún tipo de coordinación entre los países frente al tema. Cada uno actúa de manera independiente.

Esto, sumado a la posibilidad de que la economía mundial entre en recesión, exacerbó la desconfianza de los inversionistas y llevó a una paralización de los flujos de capital, afectando los mercados de Asia y América Latina, que hasta el momento se habían visto bien librados.

Así, una crisis que hasta hace poco se veía como algo fundamentalmente local -un problema de Estados Unidos- se convirtió en una crisis global que requiere medidas globales para controlarla. Alcanzar una respuesta coordinada global, sin embargo, va a ser difícil de lograr.

Además, la crisis podría ser un punto de inflexión para los países en desarrollo, como lo ha dicho Robert B. Zoellick, presidente del Banco Mundial. En un discurso el lunes pasado, Zoellick afirmó que la inversión se vería afectada por la reducción de las exportaciones y los flujos de capital. Dijo, adicionalmente, que la desaceleración del crecimiento y el deterioro de las condiciones financieras, sumado al apretón monetario, tendrían un impacto negativo sobre los negocios y muy posiblemente sobre los bancos. El entorno para los países en desarrollo, entonces, tiende ahora a ensombrecerse.

En estas condiciones, hay que enfatizar la necesidad de actuar con mucha cautela. No es el momento para sobreendeudarse, ni para tomar riesgos innecesarios. Estamos en una situación difícil que podría empeorar y de la cual aún ni siquiera podemos imaginar sus consecuencias.

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