| 10/29/2004 12:00:00 AM

Informalidad costosa

Mientras que Colombia no entienda que el crecimiento económico se origina en el desarrollo de las empresas formales, el país estará condenado a un desempeño mediocre.

El lanzamiento en Colombia del libro El misterio del capital, del economista peruano Hernando de Soto, debería servirnos para reflexionar acerca de la informalidad y sus consecuencias sobre el desarrollo y el crecimiento. El momento no puede ser más oportuno, pues coincide con la discusión de importantes reformas económicas en el Congreso de la República, la negociación de un TLC con Estados Unidos, que hace urgente la generación de empresas competitivas, y un debate cada vez más caldeado sobre el crecimiento de la informalidad en Bogotá.

Hernando de Soto preside el Instituto para la Libertad y la Democracia en Perú, catalogado como el segundo think tank en importancia del mundo. Su libro explica por qué el capitalismo triunfa en Occidente y falla en el resto del mundo. Para él, la razón está en que la formalidad de los países en desarrollo es tolerable para los formales, que ya están en el sistema, pero muy agresiva para los más pobres. Aquí identifica De Soto una gran paradoja. Parece que la informalidad beneficia a los más pobres, pero realmente los condena, a ellos y a la sociedad entera, a una condición de subdesarrollo.

La informalidad existe debido a los altos costos que implica empezar, operar y salir de una empresa, y a los altos impuestos que las empresas deben pagar al fisco. Estos costos estimulan a los individuos a permanecer en la informalidad. Las empresas informales, en su afán por no ser descubiertas y clausuradas, dividen su operación en pequeñas unidades, lo cual les impide tener economías de escala. Como resultado, los negocios informales se mantienen como empresas atrasadas y cuya productividad está muy por debajo de cualquier estándar internacional.

Estos negocios pueden ser grandes empleadores y por eso, con frecuencia, son vistos en forma favorable por los gobiernos. Sin embargo, pagan mal a sus empleados y no cumplen las normas laborales. Además, aunque el sistema envía la señal de que operar en la informalidad significa no tener costos, en realidad ocurre lo contrario. Operar en la ilegalidad implica altos costos de transacción representados en los sobornos. Así, la informalidad no solamente condena a un país a la baja productividad, sino que además se convierte en el peor enemigo de los derechos de los trabajadores más pobres y en caldo de cultivo de la corrupción. No debe sorprender que informalidad y subdesarrollo estén íntimamente vinculados.

Ahora, cuando se discute en el Congreso una reforma tributaria con el único fin de asegurarle unos recursos al gobierno, sin tener en cuenta las consecuencias sobre la economía, vale la pena llamar la atención acerca del impacto de los crecientes impuestos sobre la informalidad. En este sentido, la propuesta de gravar los patrimonios por encima de los $500 millones, como propone el contralor Antonio Hernández G., o superiores a los $1.000 millones, como aparece en la propuesta del gobierno, va en detrimento de la creación de empresas legales y fomenta la informalidad.

El reto de formalizar la economía es enorme e involucra a todos los actores de la sociedad. Lo importante es entender que la informalidad no nos llevará lejos, sino que nos está hundiendo. Aunque parezca que se está favoreciendo a un sector de la población, lo cierto es que mientras exista serán más los que pierden que los que ganan. Como lo afirma De Soto en una entrevista con Dinero (ver edición 198), "si no hubiera informalidad, habría más desempleo, pero si esa informalidad se legalizara habría todavía muchísimo más empleo".
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