| 3/1/1995 12:00:00 AM

Index Televisum

CONTINUANDO SU SECULAR tradición de reglamentar lo irreglamentable con la esperanza de controlar lo incontrolable, nuestros políticos acaban de engendrar un anacronismo legislativo más. Con la Ley de Televisión pretenden definir el número de canales, su cubrimiento, los operadores, concesionarios y contratistas, los programas, su contenido y el horario en que se pueden transmitir. Todo ello celosamente controlado por una junta omnisciente y omnímoda cuyos miembros "no podrán tratar en privado o con terceras personas, los asuntos que son de competencia de la junta". Ni con los otros miembros, ni con los amigos, ni con su señora.

Singular respuesta a la explosión simultánea de las telecomunicaciones y la informática, que está conduciendo a desarrollos como el DBS, que permitirá llevar 500 canales de televisión directamente a cada hogar, o la red Internet que enlaza millones de computadores en todo el mundo. Cándida percepción de la viabilidad de controlar las características de instantaneidad, interactividad, especialización, alcance masivo y transnacionalidad de los nuevos medios.

En los umbrales del siglo XXI, nuestros legisladores se comportan como lo habrían hecho en el siglo XV a raíz de la invención de

la imprenta. Y no se puede descartar que ahora, con cinco siglos de retraso, promulguen también la Ley del Libro, el Periódico, la Revista y el Panfleto. En ella podrían definir cuántas editoriales pueden existir, a quién pueden pertenecer, quién las puede dirigir, cuántas publicaciones pueden imprimir y cuál debe ser su contenido. La Ley de Televisión les podría servir de modelo porque es tan completa que incluye hasta una lista de preceptos que bien podría titularse Index Programorum Prohibitorum.

A estas leyes podrían seguir la Ley de la Radio, la Grabadora y el CD, la Ley del Módem, y ¿por qué no?, la Ley del Teléfono y el Fax, esta última con su respectivo Index Telefonorum et Faxorum Prohibitorum, que podría ser editado por Publicar. Continuarían así nuestros legisladores con su tradicional función de detener una avalancha con el dedo. Porque, a pesar de sus bien intencionados devaneos, la fuerza incontenible de las nuevas tecnologías arrasará con los últimos vestigios de su acción fiscalizadora y retrógrada. Sólo entonces nuestra sociedad, en la cual se han reglamentado hasta las condiciones para ser buen actor, podrá ocuparse de sus prioridades.
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 531

PORTADA

La Bolsa de Valores necesita acciones urgentes

Con menos emisores, bajas rentabilidades y desbandada de personas naturales, la Bolsa busca recuperar su atractivo. Finca raíz, su nueva apuesta. ¿Será suficiente?