| 1/18/2012 6:00:00 PM

¡Hasta cuándo!

El Túnel del Oriente, una obra que lleva entre el tintero 16 años, pone en evidencia que el modelo para construir infraestructura en el país no es viable.

Una de las pocas cosas en las que la opinión pública parece estar de acuerdo es en la urgencia de resolver los problemas de infraestructura de Colombia. La agenda en materia de carreteras, puentes, puertos o aeropuertos es vital y prioritaria. Nadie pone en duda.

Por eso sorprende que las autoridades sigan dando tumbos en el que es, tal vez, el punto más sensible en la agenda de desarrollo para los próximos años. Eso acaba de ocurrir con el Túnel de Oriente, una obra clave del departamento de Antioquia, que busca reducir los tiempos de tránsito entre Medellín y Rionegro.

Resulta que el Ministerio del Medio Ambiente ordenó recientemente la suspensión de los trabajos, pues tiene dudas sobre el impacto de las obras en el suministro de agua para cuatro municipios: Medellín, Envigado, Guarne y Rionegro.

El Túnel del Oriente es un proyecto ambicioso: tiene un costo estimado de $845.000 millones y una extensión cercana a los 9 kilómetros; eso lo convertiría en el más largo de Colombia. Se espera que cuando entre en servicio, en 2014, reducirá a 18 minutos el viaje entre esos dos puntos del departamento. Actualmente, el viaje de Medellín a Rionegro se demora hasta una hora; además, representa una solución al eterno problema de derrumbes en la vía Las Palmas, que en cada temporada de lluvias bloquea el acceso a la capital antioqueña por esta zona.

De este túnel se viene hablando desde hace 16 años, cuando Álvaro Uribe era gobernador de Antioquia. Luego de muchos tropiezos y cambios de diseño, en octubre del año pasado, finalmente, el entonces gobernador, Luis Alfredo Ramos, puso la piedra fundamental y dio inicio a los trabajos. Hasta ahí la historia parecía tener un final feliz.

Sin embargo, el ministro del Medio Ambiente, Frank Pearl, sorprendió al anunciar que era necesario suspender las obras por tres meses, mientras se establece si cumple o no con las normas ambientales.

Los hechos ponen en evidencia todos los errores que Colombia viene cometiendo en materia de infraestructura.

El primero de ellos es la incertidumbre frente a los estudios y diseños. Nadie entiende por qué hasta ahora, cuando ya empezaron las obras, una autoridad encuentra razonable averiguar sobre el impacto en las fuentes hídricas de un proyecto de esa magnitud. Este tema será siempre motivo de disputa. En el caso del Túnel del Oriente, el consorcio señala que la firma Integral realizó los análisis respectivos y allí no advierten sobre ningún impacto en el suministro de agua para los habitantes de la región. Parece que en Colombia es imposible lograr que una obra tenga un sustento técnico suficiente que le dé tranquilidad a todo el mundo. El país tiene que superar estas eternas discusiones antes de avanzar en cada proyecto. Ese sigue siendo un Talón de Aquiles.

El segundo aspecto tiene relación con la inestabilidad en las reglas de juego: nadie puede hoy garantizar que los contratos van a transcurrir sin problemas. Si bien una concesión es un “organismo con vida propia”, no es posible que la pauta sea la inestabilidad en las reglas de juego. Y allí son responsables tanto el Estado, como los empresarios encargados de ejecutar las obras.

El tercer fenómeno es que la política de infraestructura ha sido reemplazada por la politiquería con la infraestructura. Cada gobierno llega al poder con su propia agenda. En el caso del Túnel de Oriente, el ahora gobernador de Antioquia, Sergio Fajardo, ha señalado su desacuerdo con la iniciativa, porque no la considera prioritaria. En Bogotá, por poner otro ejemplo, el nuevo alcalde parece tener su opinión sobre el nuevo trazado del metro o la conveniencia del tranvía o el Transmilenio o la Avenida Longitudinal. Hay que lograr acuerdos sobre lo fundamental para fijar políticas de largo aliento, porque el país no aguanta más demoras.

El problema final, que no ha podido ser resuelto, es el eterno conflicto entre ambiente y carreteras. La institucionalidad sigue mostrando enormes deficiencias. Hay demasiadas autoridades ambientales (Ministerio, CAR, Secretarías) que a menudo se pisan las mangueras. Es obvio que hay que cuidar la naturaleza, pero también es claro que la población necesita ver resultados urgentes en infraestructura. En este proyecto en particular, la decisión del Ministerio va en contravía de la licencia que la Corporación Autónoma del Río Nare (Cornare) había expedido. Proteger la naturaleza es un imperativo, nadie pone eso en tela de juicio, pero las autoridades tienen que impedir esta clase de incongruencias que hablan mal de la institucionalidad.

2012 empezó con la expectativa de avances en la construcción de nuevas vías. El ejemplo del Túnel de Oriente pone de presente que seguimos dando palos de ciego y que el modelo de desarrollo de infraestructura debe ser revisado. Es necesario corregir con urgencia el camino, porque los proyectos que se vienen son importantes. A estos asuntos hay que darles prioridad para llegar a feliz puerto.
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