| 7/19/2007 12:00:00 AM

Hacia un mejor mercado laboral

Detrás de las cifras sobre desempleo hay varios problemas de fondo en la operación del mercado laboral en Colombia. Es incomprensible que el cálculo de la población en edad de trabajar incluya a los niños y que no se esté haciendo nada al respecto.

En los últimos meses ha surgido una gran inquietud frente a lo que puede estar pasando con el empleo en Colombia. La economía crece a tasas históricamente altas, pero la tasa de desempleo no cede. Al analizar las causas más profundas de este fenómeno, resulta que el problema más importante no es la medición de la tasa de desempleo, sino la calidad del empleo y la existencia de incentivos perversos que destruyen puestos de trabajo.

La primera explicación para la persistencia de las altas tasas de desempleo es el comportamiento de la tasa global de participación. Este indicador, que mide la relación entre la población económicamente activa y la población en edad de trabajar (ocupados, desocupados e inactivos), se ha reducido considerablemente desde comienzos de la década.

Mientras que en el año 2001 la tasa de participación era del 61,9%, actualmente llega a 57,5%, según el Dane. Esto se explica por el aumento del número de personas inactivas, especialmente estudiantes, lo cual no resulta extraño si se tiene en cuenta que una parte de la población en edad de trabajar, el 16,9%, está compuesta por niños mayores de 12 años en la ciudad y de 10 años en el campo. Teniendo en cuenta el auge económico que vive el país, muchas familias probablemente han dejado de requerir el trabajo de estos niños, lo que ha permitido que ellos vuelvan a estudiar.

Lo anterior es importante porque la tasa de desempleo se calcula como el número de personas desempleadas sobre la población económicamente activa. Si el denominador cae, la tasa de desempleo aumenta.

Un segundo factor en el comportamiento de la tasa de desempleo es el incremento de la inversión en maquinaria y equipo. Esta inversión estuvo estancada durante un periodo muy largo, pero ha crecido a tasas superiores al 25% anual en los últimos tres años. Las condiciones no podrían ser más adecuadas para este tipo de inversión. Hay exenciones tributarias, los intereses están en niveles históricamente bajos y el tipo de cambio, quizás la variable más importante en este caso, es muy favorable para las importaciones.

Las buenas condiciones para la renovación tecnológica, sumadas al costo relativamente alto del trabajo, implican que los empresarios prefieran sustituir trabajo por capital, con el fin de ser más competitivos.

Estos son hechos objetivos que suscitan varias reflexiones sobre la calidad del empleo en Colombia.

Por una parte, es buena noticia que los niños dejen de trabajar y vuelvan a estudiar, pero es incomprensible que aceptemos que los niños formen parte de la fuerza laboral y de las estadísticas. Los niños tienen un derecho fundamental a la educación. Si se ven obligados a trabajar, no solamente violamos sus derechos, sino que queda comprometida la calidad de la fuerza laboral colombiana en el presente y en el futuro. Este es un tema cuya gravedad va mucho más allá de la contabilidad del desempleo. La sociedad colombiana, y el gobierno, tienen que asumir las medidas necesarias para que los niños no tengan que trabajar y puedan estudiar.

Por otra parte, el impacto de inversión en maquinaria sobre el empleo nos lleva a una discusión que han planteado el director de Fedesarrollo, Mauricio Cárdenas, y también otros economistas. Los sobrecostos del trabajo, por la vía de los impuestos a la nómina, perjudican en forma importante la generación de empleo. Es inconveniente financiar actividades propias del Estado con impuestos al trabajo, ya que esas actividades son de beneficio general y no específicas de los trabajadores que hacen los aportes. Se introduce una distorsión en el mercado de factores que va en contra del empleo. Los impuestos a la nómina crean incentivos para la inversión en maquinaria y también para la informalidad.

Las entidades que se financian con los impuestos a la nómina cumplen una tarea importante. Sin embargo, la financiación de esas entidades debería provenir de impuestos generales. La ganancia sería favorable en tres sentidos: más empleo, más competitividad y menos informalidad.

El debate no está en la cifra del desempleo, sino en la calidad de la fuerza de trabajo y de la estructura productiva que queremos tener como país.
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