| 5/28/2010 12:00:00 AM

¿Hacia la enfemedad holandesa?

Ya hay señales de que Colombia podría transitar hacia el camino de la enfermedad holandesa. ¿Qué se está haciendo para evitarlo?

Los cambios en la participación de los diferentes sectores en el ranking de las 5.000 empresas más grandes de Colombia durante la última década son fiel reflejo de la transformación productiva que está ocurriendo en el país. Los datos hablan por sí mismos. La elevada participación de las empresas del sector petrolero en el ranking, así como su contribución a las ventas y utilidades totales, es quizás el ejemplo más contundente. También es ilustrativa la creciente presencia de empresas pertenecientes a los llamados sectores "de talla mundial", como energía eléctrica y servicios conexos, servicios tercerizados a distancia (BPO&O; por su sigla en inglés) y software y tecnologías de la información.

En contraste, las empresas pertenecientes a sectores más tradicionales, como automotor, textiles y confecciones, cosméticos y aseo, industria gráfica y cuero y calzado reducen su participación, tanto en número de empresas como en su aporte a los resultados.

El comportamiento de la inversión extranjera directa (IED) sigue la misma tendencia. La IED que llegó al país multiplicó su volumen cuatro veces entre 2002 y 2009. El 86% se dirigió a los sectores petrolero y de minas y canteras, mientras tan solo 14% se dirigió a los demás sectores. Las cifras de exportaciones totales del país confirman la misma historia. Pese al gran esfuerzo del Ministerio de Comercio, Industria y Turismo por cambiar la composición de la oferta exportadora, ella está más concentrada hoy que al comienzo de la década en productos básicos (55%): petróleo y derivados, carbón, ferroníquel y café. Si a estos se suman los otros productos mineros, el porcentaje aumenta a 61%.

Las cifras son elocuentes. La transformación del sector productivo colombiano es una realidad que hay que reconocer, más aún ahora cuando empieza un nuevo gobierno.

Colombia no es hoy un país petrolero, ni tampoco un país minero, en el sentido de que sus volúmenes de producción son muy inferiores a los de países que sí son grandes productores. Es un país con petróleo y con un gran potencial minero. Esto obliga, necesariamente, a pensar en tres temas.

El primero es de orden macroeconómico y se refiere a cómo manejar el flujo de recursos externos que -vía inversión y exportaciones- le van a entrar al país por cuenta de los sectores petrolero y minero.

El segundo es de gestión pública y se refiere a cómo dar un manejo adecuado a las regalías, para que verdaderamente aporten al desarrollo del país y no se queden en los bolsillos de unos pocos.

El tercero es de política comercial y tiene que ver con la necesidad de ampliar la oferta exportadora hacia productos diferentes a materias primas. Por supuesto, esto se relaciona con el acceso a mercados que dan los tratados de libre comercio, pero el tema va más allá e incluye el establecimiento de condiciones adecuadas para que las empresas puedan ser competitivas. Independientemente de la medida que se quiera usar -bien sea el índice de competitividad global del Foro Económico Mundial, el Doing Business del Banco Mundial, o el índice de IMD, la escuela de negocios suiza- Colombia no es competitiva y no lo va a ser, por mucho que se manipulen los resultados de estas mediciones o se pretendan controlar los titulares de prensa. No lo es, porque simplemente no hemos hecho la tarea (ver pg. 34).

Un claro ejemplo de las tareas que debemos emprender, y quizás el más ilustrativo, es lo que ha pasado con la infraestructura vial, en la cual no se han tomado las decisiones mínimas para que el país salga del atraso. Otro es lo ocurrido con el TLC con Estados Unidos -que también estuvo a punto de suceder con el TLC con la Unión Europea- donde uno o dos sectores, que no vacilan en sobreponer sus intereses particulares al interés general, lograron imponer la agenda. No puede ser que un país que ya está mostrando señales de que va por el camino de la enfermedad holandesa, se dé el lujo de no firmar tratados de libre comercio con los mercados más grandes del mundo.

La transición macroeconómica hacia una economía caracterizada por una alta participación de minería y petróleo tiene grandes implicaciones para el bienestar de todos los colombianos. El tema deberá estar en el centro de la discusión y las decisiones en el próximo gobierno. Para evitar las consecuencias negativas de esta transformación, los colombianos deberemos comprometernos con una agenda de cambio que tendrá que ser ejecutada por el próximo Presidente, quien quiera que sea. Se necesitará una acción rápida y decidida para evitar que la oportunidad minera y petrolera se convierta en una gran frustración.

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