| 11/27/2013 6:00:00 PM

Llega la hora

Las exigencias de la competencia global arrasarán con las empresas improductivas en los próximos cinco años. Es necesario que los empresarios se comprometan en serio con la construcción de un marco de política para la transformación productiva del país.

El debate sobre política industrial ha vuelto a prender motores en nuestro país. Distintos foros realizados recientemente, incluyendo uno del BID y otro del Consejo Privado de Competitividad, han puesto el dedo en la llaga: aunque Colombia es la quinta economía de América Latina, en realidad es uno de los países más rezagados en la región en cuanto a la dinámica de su aparato productivo.

La productividad total de los factores en Colombia es inferior hoy a la que se tenía hace 20 años (en este tema nos hemos quedado rezagados frente a países más pequeños, como Ecuador y Perú). Aunque fue precisamente hace dos décadas que Colombia recibió la asesoría de Michael Porter y la firma Monitor para buscar un redireccionamiento de sus empresas hacia una mayor productividad y competitividad, los resultados no se ven. Es como si Colombia hubiera escogido especializarse en la disciplina deportiva de la bicicleta estática. Los sucesivos gobiernos han sido muy activos generando programas bandera para enfrentar la situación, pero los resultados son exiguos.

Colombia se acerca ahora a un punto en el que tendrá que tomar decisiones serias sobre la materia. Como lo señaló acertadamente el informe de la OECD sobre políticas de innovación en nuestro país, el fin del largo periodo de auge de los precios internacionales de las materias primas tendrá consecuencias de alto impacto. Desaparecerá la opción de tener crecimiento sin generar aumentos en productividad, algo que fue posible en forma excepcional en la década anterior, debido al crecimiento de precios del petróleo y el carbón.

La situación está diagnosticada. Los esfuerzos de política pública para la transformación estructural del sector productivo han tenido resultados limitados en Colombia porque no ha sido posible alinear al sector público y el privado tras unas prioridades claras, siguiendo una agenda coherente. Nos hemos quedado en una proliferación de medidas que no dejan ninguna prioridad sobre la mesa, montadas sobre un aparato institucional de múltiples cabezas, donde unos componentes se contradicen con otros y ninguno tiene el músculo necesario para realizar su supuesta misión.

Hemos creado instituciones que terminan duplicando esfuerzos y multiplicando problemas de coordinación. En teoría, tenemos hoy un Sistema Nacional de Competitividad e Innovación, pero en la práctica nadie ha podido lograr que competitividad e innovación sigan una misma directriz. Entre tanto, el número de empresas que logra absorber métodos modernos para acelerar la productividad es extraordinariamente limitado.

Lo único que cambiaría esta triste historia sería una transformación fundamental en la actitud del sector privado hacia el problema. Al final, si las empresas no son competitivas es porque se han acostumbrado a sobrevivir en los equilibrios de baja productividad que han caracterizado a este país. Solamente será posible lograr avances reales si las empresas reconocen sus propias limitaciones y se involucran a fondo en las decisiones que se toman en sus ciudades y sus clusters sobre el tema de la competitividad. Sin ocuparse de descubrir nuevos consumidores y mercados, sin renovar su talento humano y sin experimentar nuevas propuestas para crear valor, la gran mayoría de las empresas colombianas se han acostumbrado a pensar que crecimiento es algo que solo pasa en las películas. Las discusiones de competitividad han sido vistas por muchos empresarios como eventos aburridos donde el único interés por participar, y esto a veces, está asociado a la búsqueda de algún subsidio o un beneficio derivado de algún programa del Gobierno.

Esa situación llegará pronto a su fin. La combinación de los tratados de libre comercio firmados por Colombia y el cierre del ciclo de altos precios de las materias primas implica que muchas empresas, e incluso sectores, se verán abocados a desaparecer. A medida que esto se vaya haciendo claro para todos, el Gobierno recibirá menos presión por diluir recursos para dar satisfacción a una multitud de intereses y buscará enfocarse alrededor de unas prioridades. En este difícil contexto tendrán que darse las nuevas definiciones de política para la transformación del sector productivo en el país.

Este es el momento en que muchos empresarios tienen que decidir si serán partícipes activos en el proceso, o si preferirán mantener una posición marginal, como en el pasado. De esa decisión dependerá su destino final.
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