| 4/2/2004 12:00:00 AM

ESTADOS UNIDOS, LA OIC Y EL TLC

Los países productores sueñan con un nuevo pacto de cuotas de café, a partir de la reincorporación de Estados Unidos a la OIC. Pero, eso no es lo que quiere Washington y, quizás, tampoco lo que más le conviene a Colombia.

El anuncio hecho por el presidente Uribe desde Washington, respecto a la posibilidad de que Estados Unidos ingrese de nuevo a la Organización Internacional del Café (OIC), ha generado gran entusiasmo. La noticia fue recibida como si el regreso de ese país a la organización, tras haberse retirado durante quince años, implicara una gran diferencia en el sentido de mejorar las condiciones para los productores de café o influir sobre los precios del grano.

No hay tal. Desde la suspensión de las cláusulas económicas en el marco del Acuerdo Internacional del Café en 1989, mediante las cuales los países consumidores subsidiaban a los productores, el papel de la OIC se redujo al de acopiar estadísticas. El hecho de que Estados Unidos ingrese nuevamente no va a cambiar esto. Es más, como condición para su reingreso, Estados Unidos está pidiendo la suspensión de la Resolución 407 de la OIC, la cual establece controles de calidad a la exportación de café en los países productores. Si está solicitando la eliminación de cualquier tipo de control al comercio del café, difícilmente podría esperarse que ese país avance hacia el restablecimiento de un nuevo esquema de cuotas de exportación.

Esta actitud es consistente con la política comercial estadounidense, que busca impulsar la prosperidad de los países pobres al facilitar el comercio y no por la vía de ayuda económica. Todos los tratados de libre comercio que ha venido negociando con diferentes países, y también el que está próximo a negociar con Colombia, siguen esta misma estrategia.

Mejor que buscar el retorno al esquema de cuotas de exportación -que, sin duda, dio frutos en su momento-, es seguir avanzando hacia la liberación del mercado del café en Colombia. En este sentido, hay que destacar los avances de la reforma tributaria de 2002.

En ella, se pasó de un esquema de precio fijo para el caficultor a otro en el cual se le permite beneficiarse de los mayores precios del mercado internacional, así como del impacto de la devaluación, algo que estaba reservado para el Fondo Nacional del Café. Hay una mayor conexión del productor con el mercado internacional. Si el precio cae demasiado o la revaluación es excesiva, entra a operar el sistema de apoyo gubernamental a la caficultura, conocido como AGC.

Para quienes participan en el negocio cafetero, esta sola medida implicó un gran avance, no solo hacia la transparencia, sino también porque significa una menor intervención del mercado por parte de la Federación de Cafeteros, como ente encargado de la política cafetera en representación del gobierno. El empresario productor cuenta ya con reglas del juego claras que le permiten planear su negocio. Adicionalmente, y esto es muy importante, el nuevo esquema permitirá el desarrollo en el país de las operaciones a futuro de café.

Esta ley es un ejemplo de lo mucho que se puede lograr cuando se deja que los mercados operen libremente. Por lo demás, esto no va en contra de la institucionalidad cafetera. Por el contrario, afianza la importancia de estas instituciones en la supervisión y la facilitación del comercio.

Los pactos de cuotas fueron buenos en el pasado y ayudaron al país, pero no es conveniente extenderlos indefinidamente. A la larga, terminan siendo muy costosos en términos de pérdida de la competitividad. Colombia se demoró quince años en aprender esta lección. ¿Para qué volver al pasado?
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