| 7/23/2010 12:00:00 PM

Entre euforia y realismo

En estas semanas, Santos ha mostrado el talante que tendrá su Gobierno. Ha acertado con sus movidas y los colombianos están optimistas. Sin embargo, el trabajo apenas comienza.

Con gran euforia ha recibido el país las primeras actuaciones del presidente Santos. Sus gestiones en Europa y los nombramientos de los Ministros y de quienes serán sus más cercanos colaboradores han tenido amplia aceptación. La distancia que se nota frente al presidente Uribe no solo es vista con buenos ojos, sino realmente con alivio, pues marca el fin de un estilo de gobernar que, si bien tuvo varios aciertos, generó también grandes cuestionamientos.

El ambiente que se respira ante al nuevo Gobierno es de optimismo, y eso está muy bien. Cuánto dure este sentimiento depende fundamentalmente del propio presidente Santos. Hasta ahora, ha mostrado independencia para actuar y mantenerse alejado de los intereses de los políticos. Sin embargo, la jornada apenas comienza.

Poner la economía a marchar y cumplir con las promesas de campaña, como crecer al 5,5% anual de manera sostenida y generar 2,4 millones de empleos formales en cuatro años, requiere mucho más que poner a andar las cinco "locomotoras" de los discursos de la campaña (infraestructura, agricultura, vivienda, innovación y minería). Esas locomotoras no podrán tomar velocidad si Colombia no realiza las reformas pendientes y corrige las distorsiones estructurales críticas que frenan su economía.

Para lograr los objetivos anunciados, sería indispensable ir a las causas más profundas de los problemas. Será difícil formalizar el empleo sin atacar los factores que estimulan la informalidad. Los cambios en las obligaciones parafiscales que generan sobrecostos para las empresas que quieren ofrecer empleo, y en el sistema de subsidios que incentiva la permanencia de las personas en la informalidad, son necesarios si quiere tener éxito en la lucha contra la informalidad.

Algo similar ocurre en el frente fiscal. El nuevo Gobierno, contrario a la gran mayoría de economistas, no considera indispensable llevar a cabo la reforma tributaria estructural cuya necesidad ha sido diagnosticada en Colombia desde hace más de quince años. Espera ajustar las finanzas públicas y llevar la deuda pública a un sendero de sostenibilidad mediante el mayor recaudo tributario que se obtendrá a partir del crecimiento económico y de los programas de formalización laboral, unidos a los controles a la evasión y los ingresos por petróleo. De nuevo, es posible que se quede corto y que se vea en la necesidad de llevar a cabo dicha reforma, si no quiere olvidarse de cumplir los objetivos de crecimiento que se planteó.

Las reformas que el país tiene pendientes son complejas y políticamente arriesgadas. Es por ello que gobierno tras gobierno las han ido posponiendo. Sin embargo, resultan impostergables en una Colombia que podría estar a las puertas de recuperar el grado de inversión en los mercados internacionales de capital. Si no se hacen las reformas, podría perderse una oportunidad histórica para consolidar un modelo de alto crecimiento.

El presidente Santos tiene el caudal político necesario. Debería aprovecharlo para llevar a cabo las reformas, tan pronto como sea posible. Es una gran oportunidad para mostrarle al país y al mundo de qué se trata el arte de gobernar, cuando lo ejerce una persona que tiene todas las credenciales.

Durante su campaña, Santos habló de gobernabilidad y de la capacidad que tendrá su gobierno para sacar adelante las reformas necesarias, dado que cuenta con el apoyo del Congreso. Sus actuaciones hasta ahora muestran que entiende cuál es el camino que debe recorrer. Si algún presidente ha llegado al poder con el capital político necesario para enfrentar los obstáculos que se oponen al crecimiento de largo plazo del país, ese es Juan Manuel Santos. Esperemos que no se rinda luego ante las "realidades políticas" que menguaron el legado de sus antecesores.

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