| 10/26/2007 12:00:00 AM

En defensa de la flexibilidad laboral

Echar para atrás la ley que flexibilizó el contrato de trabajo en Colombia sería una gran equivocación.

Hoy asistimos en Colombia a un debate sobre la conveniencia de la reforma laboral introducida por la Ley 789 del año 2003. Puesto que la generación de empleo no ha sido elevada, se argumenta que es necesario deshacer la reforma laboral. Sin embargo, este cuestionamiento no tiene en cuenta el esquema de protección social que estaba detrás de la reforma, ni la manera como evolucionó la economía desde 2003, ni el bajo avance que hemos tenido en la tarea de capacitar la fuerza laboral para que esté a tono con el cambio tecnológico. Al considerar estos factores, se hace evidente que deshacer la reforma laboral no aumentaría el empleo, sino que, por el contrario, lo reduciría aún más.

Cuando se planteó la reforma laboral en la Ley 789 de 2003, la cual flexibilizó el contrato de trabajo, no se esperaba que la protección social disminuyera sino que, por el contrario, aumentara. La idea era que el grueso de este esfuerzo no debería recaer en los empresarios y en la rigidez del contrato de trabajo (factor que introduce sobrecostos y va en contra de la generación de empleo), sino que debería correr por cuenta de un sistema de protección social mejor estructurado, del cual formarían parte importante las cajas de compensación familiar. Esta idea se ha venido ejecutando y hoy los trabajadores colombianos se benefician de una red de protección social más sólida que la que existía antes de 2003.

Nadie esperaba una revolución en la contratación a partir de la ley, pues la reducción en los costos no era suficientemente grande como para producir ese efecto. Sin embargo, el resultado esperado era positivo.

Cuando el presidente Uribe se posesionó, la economía colombiana estaba de capa caída y los empresarios enfrentaban condiciones adversas a la inversión y a la creación de nuevos puestos de trabajo. En esa coyuntura, la aparición de la ley 789 no podía por sí sola generar mayor empleo en forma inmediata. Posteriormente, la economía empezó a mejorar, tanto por razones externas como internas. La expectativa era que la mayor demanda se reflejaría en crecimiento del empleo.

Sin embargo, la recuperación económica generó un cambio en los precios relativos que no fue favorable para la creación de empleo. La liquidez mundial indujo una reducción de las tasas de interés y una apreciación del peso. El costo del capital bajó en términos relativos frente al costo del trabajo. La inversión se despertó, incentivada además por los estímulos tributarios que el gobierno ofreció para la inversión en maquinaria y equipo. Los empresarios que tenían grandes rezagos se apuraron a ponerse al día en inversión, que era lo que tenían que hacer. Renovaron sus equipos y trajeron tecnologías nuevas, lo que en muchos casos implicó que redujeran personal en lugar de aumentarlo.

Al tiempo que esto sucedía, los costos del trabajo aumentaban, lo que hizo más intenso el sesgo en favor del uso del capital. Mientras que las tasas de interés se redujeron 200 puntos básicos entre 2003 y 2007, y el tipo de cambio se revaluó 14% en términos reales, el costo del trabajo, medido por el salario mínimo, aumentó 2% en términos reales, mientras que medido por los salarios industriales subió 15%.

Como consecuencia, el impacto de la reforma laboral sobre la generación de empleo fue bajo, a pesar del crecimiento económico.

Deshacer ahora la reforma laboral de 2003 y volver a incrementar los costos del trabajo solo serviría para agudizar aún más el sesgo a favor del uso del capital. Lo que debemos preguntarnos es cómo incrementar el empleo en una economía que ha entrado en una fase de modernización de su base productiva. La respuesta, necesariamente, es elevar la capacitación de la fuerza laboral. Es incuestionable que tenemos un serio rezago en este frente.

En lugar de atacar la reforma, que definitivamente es necesaria, hay que trabajar para educar la fuerza laboral, para hacerla más competitiva y productiva. Es una condición para que nuestras empresas puedan competir con éxito y generar puestos de trabajo bien pagos y estables.

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