| 2/4/2005 12:00:00 AM

El rezago latinoamericano

Es triste ver cómo una región que lo tiene todo, se queda rezagada de la economía global por la incapacidad de sus dirigentes para tomar las decisiones necesarias.

En la reunión anual del Foro Económico Mundial en Davos, llamó la atención la escasa participación latinoamericana, tanto en la temática de las discusiones como en la presencia de líderes de esta región. Es como si América Latina hubiera perdido su interés por el mundo y éste se hubiera olvidado de América Latina. La única representación importante fue la del presidente del Brasil, Luiz Inacio Lula da Silva, quien aprovechó la visita a este centro de esquí suizo para mandar el mensaje de que él y su país están sintonizados con la economía de mercado. Incluso, África parece tener un lugar más relevante en la agenda global que América Latina.

La ausencia de la región de las discusiones mundiales es preocupante, pues mientras que aquí seguimos en la eterna discusión acerca del modelo de desarrollo que más conviene, el mundo avanza a pasos agigantados. Mientras los países del Este de Asia lograron reducir la pobreza de 30% a 15% en los últimos diez años y los del Sur de ese mismo continente pasaron de 41% a 31%, la pobreza en Latinoamérica se mantiene inmodificada.

Lo peor es que no se está haciendo nada. Por el contrario, como lo afirmó el ex presidente mexicano Ernesto Zedillo ante un grupo de asistentes al foro, la región, obnubilada por el buen crecimiento de 2004, sigue jugando al realismo mágico, cuando la realidad es bien diferente.

Los países de Latinoamérica, a pesar de ser bastante heterogéneos, comparten una serie factores comunes que explican por qué la región no logra avanzar. En todos los países, las instituciones son débiles y la relación entre el poder político y el económico es demasiada cercana. Esto lleva a la adopción de políticas que van en favor de las minorías y en detrimento de los intereses colectivos.

Si la región no modifica estas estructuras precapitalistas ni hace la tarea en materia de reformas estructurales pendientes, sobre todo en las finanzas públicas y en la flexibilización de los mercados de trabajo, en quince años habrá aumentado la brecha frente a los demás países en desarrollo. Sin embargo, Latinoamérica no quiere oír.

Estos dos últimos años se han caracterizado por un flujo masivo de capitales hacia la región, atraídos por la alta rentabilidad, que no solo han aliviado las presiones de financiamiento, sino que han llevado a la apreciación de las monedas. La fortaleza cambiaria ha generado la falsa ilusión de que las cosas están mejorando, ya que en términos de dólares la deuda pública se ha reducido y el ingreso per cápita ha aumentado.

Para la gran mayoría de los países, esta mejora en los indicadores será pasajera. Al ser producida por un efecto puramente cambiario, se va a reversar cuando aumenten los intereses en Estados Unidos, como de hecho va a suceder, y vuelvan a salir los capitales de la región.

Lo triste es que el costo social de la incapacidad de los dirigentes para tomar las decisiones adecuadas es excesivamente alto. Los niños que no se educan hoy por cuenta de los elevados déficits fiscales serán los desempleados y los pobres del futuro. Algo similar sucede con los sistemas de salud y las obras de infraestructura, tan necesarios para el desarrollo. Pero es que el desarrollo no se logra si los países no toman la decisión de buscarlo. Se requiere visión y liderazgo, algo que, como se pudo apreciar en Davos, brilla por su ausencia en la región.
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