| 2/19/2014 8:00:00 PM

La mano del diablo

La tragedia argentina deja importantes lecciones para Colombia.

La más reciente edición de la revista The Economist dedica su carátula al ocaso de Argentina, un país que pasó del cielo al infierno en los últimos cien años. Hace un siglo los argentinos eran la envidia del planeta: su economía crecía más rápido que la de Estados Unidos, su PIB per cápita era mayor que el de Alemania, Francia o Italia, su población era una de las más jóvenes, lindas y educadas del mundo y sus condiciones para la agricultura eran una de las mejores sobre la faz de la tierra.

En 1914, recuerda la revista, se abrían en Buenos Aires tiendas europeas que no existían ni en Manhattan –como el caso de la británica Harrods– y otra docena más de almacenes de marca. Las calles bonaerenses estaban atestadas de ambiciosos hombres de negocios del Viejo Continente. Los cafés se llenaban con los más importantes intelectuales de la época.

Hoy la historia es otra. Argentina ya no es ni siquiera la tercera economía más grande de América Latina. Sus vecinos chilenos y uruguayos –aquellos que los argentinos menospreciaban– hoy son mucho más ricos que los gauchos. Los argentinos tampoco son los más educados, pues los niños de México y Brasil obtienen mejores calificaciones en los exámenes internacionales.

Como si fuera poco, ya ningún extranjero quiere ir a Buenos Aires. La inversión extranjera en Argentina cayó 32% en el primer semestre del año pasado, mientras en la región tuvo un crecimiento de 6%, según los últimos datos de la Cepal. La fuga de divisas ha llegado a tal punto que el Banco Central argentino perdió en los dos últimos años un tercio de sus reservas al pasar de US$47.000 millones a US$32.700 millones, pese a los controles cambiarios. Ni hablar del despelote que se vive a raíz de los cortes de energía ocasionados por el duro verano.

¿Qué pasó? ¿Cómo pudo uno de los países más prósperos del mundo venirse a pique de semejante manera? ¿De quién es la culpa? La respuesta está en los gobiernos populistas que ha tenido Argentina en las últimas décadas, que datan desde Juan Domingo y Eva Perón hasta Néstor y Cristina Kirchner. Gobiernos que han seguido la misma regla general: cerrar la economía para tratar de proteger una serie de industrias ineficientes.

Cristina Fernández de Kirchner no solo mantiene impuestos sobre las importaciones agrícolas, también ha creado una serie de gravámenes sobre todas las exportaciones agroindustriales. La Unión Europea (UE) se viene quejando ante la Organización Mundial de Comercio por las trabas a la importación de unos 600 productos. Según Global Trade Alert, más de la tercera parte de las categorías de productos que Argentina importa están cubiertas por algún tipo de medida proteccionista. Sin duda es una estrategia que electoralmente le da réditos a Cristina, pero que está acabando con la economía de un país que hace cien años fue un coloso mundial.

Son muchas las preguntas que Colombia se debe hacer a la luz de este ejemplo. Con la mirada puesta en la creación de riqueza en el largo plazo, ¿se justifica poner sobrearanceles a la importación de confecciones para proteger a los textileros? ¿Es sensato proteger a los ensambladores nacionales? ¿Vale la pena poner salvaguardias a las importaciones de acero, como se discute en la actualidad?

A corto plazo, esas medidas pueden generar un alivio. En el largo plazo, crean señales distorsionadas que alejan a los sectores de la eficiencia. Las consecuencias pueden ser fatales y ahí está el caso de Argentina para demostrarlo. Y también está el caso de Chile, que abrió sus fronteras, encontró su camino hacia el crecimiento y hoy encabeza todas las listas de competitividad en América Latina.
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