| 7/21/2011 1:00:00 PM

El gato y el ratón

Las calificadoras de riesgo están castigando con su látigo a varias economías del planeta. La pregunta es si lo hacen por convicción, o para limpiar su imagen.

Moody’s, Standard & Poor’s y Fitch han capturado la atención de la prensa económica mundial en las últimas semanas. Los downgrades, o rebajas en la calificación de la deuda soberana y de los papeles de las entidades financieras de Portugal, Irlanda y Grecia –que en algunos casos han llevado a estos títulos hasta el nivel de bonos basura– han contribuido a profundizar la debacle europea y a extender el pánico a Italia y España, cuyas primas de riesgo se dispararon a niveles récord.

Debido a esto, las calificadoras están en el centro de una agria polémica. Ellas han agitado las aguas justo en momentos en que los organismos multilaterales de crédito y la Unión Europea gestionan rescates en varios países para evitar el colapso de la región. Muchos critican a las calificadoras por oportunistas, pues parecería que tratan de limpiar su reputación por cuenta de la deuda soberana, mientras hace tres años estuvieron entre los causantes de la crisis financiera, pues no alertaron a tiempo sobre los problemas que tenían los grandes emisores privados de deuda hipotecaria.

Europa es la más crítica con las agencias calificadoras. La canciller alemana, Angela Merkel, está abogando por la creación de un organismo europeo de este tipo. Su principal argumento es la necesidad que tiene Europa de reducir su dependencia frente a las tres poderosas agencias calificadoras anglosajonas: Moody’s, Standard and Poor’s y Fitch (aunque esta última pertenece a un grupo francés, Fimalac).

Al otro lado del planeta, Estados Unidos está con los nervios de punta ante la posibilidad de una rebaja en la calificación de la deuda soberana del país. Con un rasero implacable, las tres agencias calificadoras están haciendo alarde de su “prontitud” para encender las alarmas sobre una crisis que desde hacía años estaba cantada. La pelea en el Congreso norteamericano sobre el tope al endeudamiento federal ha sido un bocatto di cardinale para las agencias, que ahora también anuncian su preocupación por una posible suspensión de pagos de los Estados Unidos, un escenario impensable para muchos. Asesores legales de alto nivel aseguran que la decimocuarta enmienda de la Constitución es muy clara cuando ordena el cumplimiento de la deuda soberana sobre cualquier otro gasto. Por ser constitucional, el Presidente podría unilateralmente endeudar al país para cumplir sus obligaciones sin necesidad de un consenso en el Congreso.

El problema con las calificadoras está en los conflictos de interés. Sus ingresos dependen fundamentalmente de los clientes privados que les pagan fuertes honorarios para que emitan las calificaciones. Varias investigaciones sobre las causas de la crisis financiera internacional han señalado que la tardanza de las calificadoras para pronunciarse sobre la calidad de la deuda hipotecaria en 2008 pudo deberse a la dependencia que estas entidades tenían frente a esos contratos. En ese momento, su trabajo no se caracterizó por la diligencia que manifiestan hoy frente a la deuda soberana. Definitivamente, no están usando el mismo rasero.

El historial de equivocaciones por parte de las calificadoras es extenso: no alertaron sobre la crisis asiática, la mexicana, la rusa, los desplomes de los imperios Enron, Countrywide, Lehman, AIG, las burbujas de las puntocom, ni la más reciente crisis financiera. El propio Fondo Monetario Internacional, también en algo responsable de algunas crisis, alertó en varias ocasiones sobre el mal manejo de estas firmas. No se anticiparon a las crisis, pero en cambio sí las profundizaron al rebajar las calificaciones a posteriori. En lugar de ser una fuerza estabilizadora independiente, se comportan como el resto del mercado y las acentúan.

¿Por qué un país que está haciendo todo por cumplir, y que va a cumplir, tiene que pagar una altísima prima por un supuesto riesgo? España no va a dejar de pagar su deuda y Estados Unidos tampoco. La credibilidad importa y no tiene sentido que las calificadoras, por reaccionar a los sustos del mercado, les impongan un sobrecosto onerosísimo.

Quizás los propios mercados financieros se van a encargar de resolver el problema y llevar a las calificadoras a la irrelevancia. Algunas de las mayores casas de inversión en Nueva York y Londres han fortalecido sus equipos propios de análisis y hoy prestan menos atención a las calificadoras. Un ejemplo es Pimco, el mayor inversionista del mundo en el mercado de bonos, que hoy tiene sus propios análisis, tanto para los papeles privados como para la deuda soberana.

El problema mayor está en los fondos “pasivos”, que se conforman para seguir diversos índices en el mercado y están obligados, por sus propias reglas, a vender papeles cuya calificación caiga por debajo de determinados niveles. Sin embargo, ya se ve una tendencia de los administradores de estos fondos a buscar cambios en las reglas de su constitución para evitar castigos innecesarios en el valor de los activos a su cargo.

La influencia de las calificadoras se ha mantenido a lo largo del tiempo, a pesar de las controversias. Quizás ahora, cuando sus dictámenes van a hacer pasar a los países más grandes el mismo calvario por el que han pasado los pequeños, los mercados buscarán en serio el remedio para un problema que todos reconocen pero que nadie ha sabido resolver.
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