| 10/15/2004 12:00:00 AM

El ejemplo de China

Los chinos entendieron que, para crecer y generar riqueza, necesitaban inversión privada. Cambiaron el modelo y hoy su economía es la sexta del mundo. Una lección para Colombia.

China es uno de los grandes motores del mundo. Al menos bajo un criterio, el de su impacto marginal sobre el crecimiento de la economía global, la influencia de China es ya comparable a la de Estados Unidos. Por cuenta de China y su contribución al crecimiento, el mundo crecerá este año 5%, un punto por encima del promedio histórico de las dos últimas décadas. Es el mayor importador mundial y el principal receptor de inversión extranjera. Un ligero decrecimiento de su economía se sentiría en todo el planeta.

Lo logrado por China no es por azar ni sucedió de la noche a la mañana. Es el trabajo de muchos años en los cuales se ha seguido una ruta consistente, una jornada que se inició cuando sus líderes reconocieron que para crecer era indispensable permitir el libre desarrollo de la actividad privada. Incluso se modificó la constitución política del país para dar espacio a la empresa privada.

Para hacer posible la transformación de esta economía comunista hacia una de mercado, el gobierno chino ha estimulado el ingreso de inversión extranjera mediante el otorgamiento de múltiples beneficios. La inversión ha llegado atraída, además, por el bajo costo de la mano de obra y el tamaño del mercado.

Como resultado, los sectores más dinámicos son precisamente las industrias con inversión extranjera y propiedad privada, en los cuales la productividad del trabajo es diez veces superior a la del resto de la economía. Son grandes empleadores capaces de absorber la mano de obra que está siendo desplazada de la agricultura y las empresas estatales.

Gracias a esta revolución, China experimentará en los próximos años un gigantesco proceso de urbanización. Al prepararse para esta transformación, la política de las autoridades contempla la creación de 10.000 nuevas ciudades en la parte oeste y central del país.

La velocidad del cambio en China y el ahínco de las autoridades de ese país para respaldar el proceso contrastan con los múltiples obstáculos que hay en Colombia para el desarrollo de la actividad privada.

En Colombia es indispensable desatar un proceso de atracción de inversión, ambicioso y con proyección de largo plazo. Los niveles de inversión actuales no son suficientes para que el país crezca sostenidamente por encima del 4%, la tasa mínima que se requiere para aumentar el empleo y reducir la pobreza. Si no ponemos una meta de inversión de largo plazo y la perseguimos por encima de cualquier distracción, Colombia no saldrá de su pobreza.

Esta necesidad la conocemos todos, pero incluso así, las medidas que se toman parecen encaminadas únicamente a alejar cada vez más la inversión. Ejemplos en este sentido son el hundimiento reciente en el Congreso de la Ley del Inversionista y la contrapropuesta al proyecto de reforma tributaria por parte de esta misma entidad.

El cambio permanente en las reglas del juego es la peor estrategia para atraer a los inversionistas. Garantizar las reglas para los proyectos de inversión era lo que pretendía la Ley del Inversionista. No obstante, no prosperó, y hoy estamos igual que siempre, sin garantías.

De otra parte, la propuesta de reforma tributaria del Congreso busca generarle al gobierno los recursos que requiere, pero de una forma totalmente diferente a la que había solicitado. En lugar del impuesto generalizado del IVA, el Congreso propone gravar más el patrimonio. Es difícil imaginar un error más grande cuando lo que se necesita precisamente es que las empresas inviertan.

Un impuesto de renta de 38%, el impuesto al patrimonio ya existente (0,3% para los patrimonios superiores a $3.000 millones) y el impuesto a las transacciones financieras llevan a que Colombia figure entre los países con las tasas de tributación más altas. Es un mensaje directo para los inversionistas: váyanse, aquí no nos hacen falta, tenemos otras prioridades.

Para crecer se necesita generar riqueza y para lograrlo se requiere inversión. La única forma de conseguirla es trabajar en llave con el sector empresarial. No se puede seguir repartiendo el mismo ponqué sin permitirle que crezca. Este es el camino de la popularidad en el corto plazo, pero con el tiempo trae más pobreza para todos.
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