| 5/14/2015 5:00:00 AM

¿Y del gasto qué?

Los sistemas de alerta son fundamentales para cualquier actividad.

Advertir la configuración de riesgos y establecer procedimientos de reacción permiten, por ejemplo en el caso de las aeronaves, cambiar de rumbo ante la inminencia de una zona torrencial; no tenerlos, por el contrario, puede significar una catástrofe.

En materia de economía esa tarea está en manos de muchos actores. Y todo parece indicar que, paulatinamente, los sistemas de alerta de la economía colombiana están lanzando señales preocupantes.

La lista es larga. Primero, la confianza del consumidor tocó su nivel más bajo desde junio 2009, según la encuesta de Fedesarrollo. Lo más preocupante es que la reducción se explica, fundamentalmente, por una caída en las expectativas de los consumidores frente al futuro económico. En general, la mayor parte de los colombianos está esperando que en los próximos doce meses las cosas empeoren. Dicho esto, se podría concluir que 60% de la economía colombiana (es decir, el consumo) está considerando seriamente reducir el ritmo. Lo mismo está pasando con los proyectos de inversión que, dada la reforma tributaria y la devaluación, se han visto pospuestos.

A esto hay que sumarle otros factores que están mostrando señales de deterioro. La economía se está desacelerando y prueba de ello es el ritmo en la demanda de energía: de crecer cerca del 4% en el último año, en abril pasado lo hizo apenas al 2%. Según las cifras, la demanda de energía en la construcción cayó 14,4% en los primeros cuatro meses del año.

Además, han aumentado las quejas de los empresarios por las cargas tributarias, que han empezado a comerse buena parte de sus utilidades. En la encuesta de la Andi, los impuestos figuran entre las preocupaciones más importantes de la industria. Según el tributarista Santiago Pardo, y citando cifras del Banco Mundial, Colombia tiene una carga tributaria de 75% en promedio contra la utilidad, muy por encima del promedio de la región y solo superada por Argentina y Bolivia.

Esto ha llevado a muchos expertos a reducir sus proyecciones de crecimiento de Colombia, hasta alrededor de 3%; otros son más pesimistas y ya ven un crecimiento apenas de 2%, como Merrill Lynch.

Según las cuentas del gerente del Banco de la República, José Darío Uribe, el país necesita garantizar una tasa de crecimiento de 3,5% para impedir, al menos, que el desempleo vuelva a crecer. Así, si la economía no reacciona, podría presentarse un deterioro en el mercado laboral colombiano.

Si por el lado del sector real la situación parece deteriorarse, en materia de precios la preocupación sigue vigente. El Índice de Precios al Consumidor (IPC) no ha bajado, y Credit Suisse ya espera que este año el país se ‘vuele’ la meta de inflación que se puso el Banco de la República, cuyo rango alto es de 4%; hasta el momento, la inflación anual va en 4,64%. Parece difícil que el Emisor pueda llevar la inflación a su cauce. Si bien esto no quiere decir que necesariamente se van a subir las tasas en los próximos meses, sí dice claramente que no se van a poder bajar. Justamente eso es lo que va a necesitar pronto la economía colombiana para impulsar el crecimiento.

El otro frente de incertidumbre es el fiscal. La urgencia del Gobierno por incorporar medidas fiscales al Plan de Desarrollo evidencia las preocupaciones. El aumento de las erogaciones presupuestales, como las originadas por el paro de profesores, aprietan aún más las cuentas. Hasta el momento nadie ha hablado seriamente de recortes de gastos con el objetivo de balancear las cuentas públicas.

El entorno internacional sigue complejo. En Brasil, el banco central sigue subiendo tasas para recuperar su credibilidad, a pesar de que ya varios analistas esperan un crecimiento negativo para este año, mientras Estados Unidos nada que concreta su recuperación definitiva y continúa mostrando lánguidos crecimientos, como el 0,2% del primer trimestre de este año.

Si todas las señales se concretan, el panorama podría ser crítico: desaceleración de la economía, tasas al alza, carga tributaria excesiva en las empresas, reducción de la inversión y expectativas de consumo en franco descenso. Sin embargo, las herramientas de política no parecen estar engranadas: lo monetario está supeditado a los resultados de inflación; lo fiscal tiene como única salida trabajar en la ejecución y vender Isagen para que la financiación de la construcción de vías de 4G se realice.

Ninguna de las alternativas es fácil, pero algunas cosas son claras. Es prácticamente imposible aumentar más los impuestos que ya recaen sobre una inmensa minoría sin afectar el aparato productivo. Si los malos augurios se convierten en realidad, la renta petrolera va a caer $20 billones en 2016, según las cuentas de Fedesarrollo. Así, la presión sobre las finanzas públicas va a ser enorme. A este respecto, el informe que presente la misión de expertos tributarios será crucial.

Pero aún más importante es trabajar por el lado del gasto. En los últimos años, Colombia montó una arquitectura de redes de apoyo social que es, en las condiciones actuales, insostenible hacia el futuro. Si el Estado colombiano no revisa profundamente su estructura de gastos y retoma muchas de sus reformas estructurales, como la de pensiones, el espacio que tendrá el sector privado para crecer será minúsculo y nos condenará al estancamiento. La eterna política colombiana de gravar y gravar para gastar y gastar ha llegado a su límite. Sería bueno que el país y su dirigencia se dieran cuenta de esto.
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