| 9/1/2016 12:00:00 AM

Editorial: El dilema

Los resultados del PIB para el segundo trimestre del año sorprendieron al país. Pero no todas son malas noticias. El sector financiero ratifica su proceso de crecimiento y en la industria las expectativas aumentan.

Los resultados del PIB para el segundo trimestre del año sorprendieron al país. El crecimiento trimestral de 2% para el periodo abril, mayo, junio fue el más bajo en los últimos 7 años, después del tercer trimestre de 2009, cuando la cifra llegó apenas a 1,3%, y menor al 2,3% que esperaba el mercado.

Estas cifras y la tendencia que traen llevaron al Gobierno a revisar su pronóstico de crecimiento económico para este año y pasarlo de 3% a 2,5%. Alrededor de los datos hay noticias preocupantes y es necesario que el Gobierno empiece a estructurar planes para reactivar algunos de los sectores cuyos crecimientos están deprimidos o no tienen la dinámica que se esperaba. El sector minero-energético sigue con su tendencia decreciente y tuvo una caída de 7,1% anual, completando un año en recesión. Allí, la tarea para el Ministerio de Minas y Energía es ajustar la política para reactivar la inversión en el sector, estimular la exploración y asegurar hacia el futuro un mayor número de reservas de barriles de petróleo que hoy tiene una expectativa de poco más de 7 años. Incluso, algunos hablan de la posibilidad de revisar el government take y el impacto que tiene en las finanzas de las petroleras.

El otro sector que ha mostrado decrecimiento es el de telecomunicaciones. A diferencia del pasado, cuando era uno de los principales dinamizadores de la economía, para el dato más reciente registró -1,6% y en lo corrido del año -0,8%.

Una de las señales más preocupantes es la de construcción, que creció apenas 1%, y en especial la de obras civiles, que tuvo -0,4% en el trimestre y 0,1% en el semestre. Una de las mayores apuestas del Gobierno ha sido el desarrollo de infraestructura y los proyectos de Cuarta Generación (4G). En la primera ola, de los 10 proyectos 6 ya tienen cierre financiero definitivo, pero esos cierres se esperaban para principios de año. Los otros avanzan en su estructuración. Y en la segunda ola son 9 proyectos sin cierre definitivo hasta el momento. Esto se explica porque el sector financiero ha aumentado las exigencias para apoyar las obras, tratando de mitigar riesgos ambientales, sociales o sectoriales –como el efecto Conalvías–, pero, dada la inflación y la complejidad de la estructuración, los márgenes están cada vez más limitados y los cierres más enredados.

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Asimismo, el comercio muestra una desaceleración. También hay señales de alerta en sectores como el agro, a los que el Fenómeno del Niño les pasó factura, o los de energía y agua.

La desaceleración sorpresiva del crecimiento genera temor, porque sugiere que la demanda interna se ha debilitado. La pérdida de ritmo de la actividad comercial indica que el consumo privado se está resintiendo por el incremento de las tasas de interés, el endeudamiento y la alta inflación. Al mismo tiempo, el lento incremento de la construcción insinúa que la inversión, que cayó muy fuerte en el trimestre anterior, no se ha recuperado.

Sin embargo, no todas son malas noticias. El sector financiero ratifica su proceso de crecimiento y en la industria las expectativas aumentan. Este sector tuvo un incremento de 6% anual que, desde luego, estuvo impulsado por la entrada en operación de la Refinería de Cartagena (Reficar), aunque también se destaca el comportamiento en producción de bebidas, metalurgia, molinería y muebles. Estos segmentos, gracias a la depreciación de la tasa de cambio, han logrado un espacio importante en la sustitución de importaciones. No obstante este repunte, la debilidad de la demanda tanto interna como externa es un riesgo en el mediano plazo.

En estas circunstancias, las estrategias de estabilización macroeconómica podrían agravar el ciclo. La alta inflación, la desalineación de las expectativas y el amplio déficit externo sugieren que todavía hace falta estrechar la política monetaria. Sin embargo, hacerlo podría ahogar el consumo y la inversión. El dilema para la política monetaria es difícil. Elevar la tasa de interés pone en peligro el crecimiento, pero no hacerlo arriesga la credibilidad de la autoridad monetaria.

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La disyuntiva de la política fiscal tampoco es fácil, porque requiere balancear el riesgo de perder el grado de inversión con el peligro de agravar la desaceleración. Para mantener el elevado déficit de las finanzas públicas en la senda de disminución exigida por la regla fiscal, se requiere incrementar los ingresos por medio de una reforma tributaria, para reemplazar la renta petrolera y compensar la extinción del Gravamen a los Movimientos Financieros y el CREE. Si fuera posible, la reforma incluso debería proveer recursos adicionales para financiar el posconflicto. Sin embargo, un incremento del IVA y de los impuestos a la renta de las personas tendría efectos adversos sobre el consumo privado. Tampoco es factible aumentar la carga tributaria a las empresas, porque perjudicaría la inversión y la generación de empleo formal.

Las autoridades tienen, en consecuencia, la difícil tarea de encontrar una combinación de políticas que mantenga la estabilidad macroeconómica con el menor daño posible sobre la frágil actividad económica.

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