| 2/12/1999 12:00:00 AM

¿Desarrollo a medias?

Tras finalizar el primer mes de 1999, los indicadores sugieren que la recesión continúa más fuerte que nunca. El deterioro de los mercados financiero y de trabajo es espeluznante. La recesión ha adquirido una dinámica cuasi-explosiva. Al ritmo que van las cosas, la recuperación del segundo semestre no está tan segura. Es el momento para volver a examinar con detalle el paquete de políticas. El plan de desarrollo, presentado la semana anterior al Congreso, resulta particularmente oportuno.



Es el primer plan de desarrollo en la historia del país que no tiene por propósito buscar nuevos espacios para aumentar el gasto público. Ello, que es consistente con el llamado a la disciplina fiscal que se ha propuesto el Ministro de Hacienda en cada uno de sus actos, es una verdadera innovación que ayuda a desactivar una de las dos principales fuentes de desequilibrios del país. Punto a favor.



Pero el plan tiene tres limitaciones importantes.



La primera, se queda corto en la reducción del tamaño del Estado. Se recorta mucho la inversión pública nacional, pero no tanto los gastos de funcionamiento y el gasto descentralizado. No se ve la intención firme de utilizar las facultades de reorganización del Estado para reducirlos. Por ello, el Plan descansa demasiado en nuevos ingresos y renuncia a la meta de lograr equilibrio en las cuentas fiscales en los próximos cuatro años.



La segunda, le falta compromiso con la meta del desarrollo exportador. Frente a los documentos del Consejo de Comercio Exterior no avanza en las políticas y recursos para aumentar las exportaciones. Menos de US$100 millones en ciencia y tecnología en 4 años no ayudan mucho. Y un presupuesto de apoyo a exportaciones por sólo $11.725 millones en todo el gobierno es una pena. El Plan incluso titubea en la propia meta de duplicar las exportaciones, al postergarla. Por ello, requiere programar déficits en cuenta corriente de casi 5% en promedio en los siguientes cuatro años, lo cual resulta extremadamente riesgoso en el actual entorno internacional.



La tercera limitación, quizá la más importante, es que el Plan es aterradoramente inconsistente en el espacio que abre a la inversión privada. Como se muestra en nuestra sección de tendencias (página 18), el Plan no prevé un aumento de la participación de la inversión privada en el PIB en los siguientes cuatro años, a pesar de suponer mucha mayor inversión en infraestructura y minería. ¿Reduciendo a una tercera parte el espacio macro para las inversiones empresariales que den soporte al desarrollo exportador, llegaremos muy lejos?



Todo esto nos lleva a cuestionarnos si no está incompleta la ecuación con la que juega el gobierno en su programa macroeconómico y de desarrollo. Si, en medio de la recesión, el ajuste fiscal no se lleva a cabo para impulsar seriamente las exportaciones y, sobre todo, la inversión privada, ¿cuál es la consistencia del Plan? ¿Cómo va a lograr la competitividad? ¿Cuál es el empleo que va a impulsar? ¿Cuál es el ingreso que va a crear para disminuir la pobreza y lograr la cohesión social?



Sin inversión privada ni exportaciones que impulsen el crecimiento de la economía y del empleo, ¿no será, entonces, un plan de desarrollo a medias? ¿No tendrá esto que ver con la profundización de la espiral recesiva con la que comenzó el año?
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