De la apatía a la esperanza

| 12/9/2002 12:00:00 AM

De la apatía a la esperanza

El año 2002 ha sido testigo de la transformación del sentimiento de un país, de la total apatía a la esperanza. El año comenzó en medio del profundo escepticismo que produjo el rompimiento de los diálogos de paz con la guerrilla. A este episodio le siguieron meses de incertidumbre, desaceleración económica y controversia política, en una situación agravada por el tono de los debates entre los candidatos a la Presidencia de la República. Todo esto se reflejó en el bajo crecimiento económico.



Solo a mediados de mayo cambió el ambiente de zozobra, a raíz del triunfo de Alvaro Uribe. Su contundente victoria en una sola vuelta electoral, sumada al estilo sencillo, austero y decidido que impuso el Presidente a partir del mismo día de la elección, impulsaron un cambio en las expectativas sobre el futuro del país. La gente volvió a creer y mostró su disposición para apoyar al nuevo Presidente en todo lo que fuera necesario para sacar a Colombia adelante.



Los colombianos han estado dispuestos a dar pruebas de su apoyo al Presidente, como lo demuestra la buena receptividad que han tenido la declaratoria del estado de conmoción interior y la imposición del impuesto al patrimonio para el financiamiento de la guerra. El país le ha respondido al presidente Uribe cuando este ha pedido el apoyo de la población, desde las caravanas en las carreteras hasta las redes de informantes y colaboradores y, más recientemente, en las iniciativas legislativas y el referendo. El sentimiento de la opinión hacia el presidente Uribe es extraordinariamente positivo y, hasta el momento, los colombianos sienten que él les ha cumplido.



No obstante, hasta ahora lo único que ha habido son buenas intenciones de parte y parte. La apatía se convirtió en esperanza, pero aún es mucho el camino que falta por andar antes de que la esperanza se convierta en realidades positivas permanentes. El año 2003 debe señalar una transición de las intenciones a las realizaciones.



El año que se inicia será difícil, no solo por razones internas sino también externas, pues el mundo entero está viviendo un momento particularmente duro.



En lo externo, el presidente Uribe debe manejar las consecuencias que tiene sobre Colombia el hecho que la economía mundial no despega. Estados Unidos, el motor del crecimiento mundial, no logra un arranque definitivo, al tiempo que se debate ante la posibilidad de iniciar una guerra con Iraq. Europa no sale de su letargo y Asia debe convivir con la recesión japonesa, que jalona su crecimiento hacia abajo. Suramérica, por su parte, está enredada por cuenta de las dificultades políticas en las economías más grandes, como Brasil, Argentina y Venezuela.



En el frente interno, el Presidente debe sacar adelante el referendo, no solo por lo que este implica en términos económicos, sino porque el fracaso del mismo podría acabar con su popularidad y afectar su capacidad de gobernar hacia adelante. A todo esto se suma el hecho de que debe mostrar resultados en materia de orden público, empleo, pobreza y sostenibilidad fiscal. De igual forma, el Presidente debe trabajar de manera más coordinada con sus ministros, pues la descoordinación e improvisación en este frente le han salido muy costosas al país. Prueba de ello son los resultados obtenidos hasta ahora en las reformas tributaria y pensional. No solo no cumplen los objetivos inicialmente planteados, sino que además dejan un mal sabor en la opinión pública.



Iniciamos pues el nuevo año con la esperanza de que el presidente Uribe logrará enderezar lo que hasta ahora no ha podido y que los colombianos seguirán apoyándolo en sus iniciativas. A medida que el tiempo pasa, el juicio sobre su gestión será más exigente y ceñido más a resultados que a intenciones. En el año 2003, todos los ojos estarán puestos sobre el presidente Alvaro Uribe.

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