| 8/12/1999 12:00:00 AM

Crear empleo

Una tasa de desempleo del 19,7% en 4 ciudades, del 19,8% en 7 ciudades o del 19,9% en 10 ciudades no es para complacencias. El mayor desempleo de 260.000, 300.000 y 340.000 personas en los últimos 12 meses es un resultado lamentable que alimenta la desconfianza de los colombianos en el gobierno y en el país.



Si el desempleo creció por la recesión, por el desarreglo financiero y cambiario y por los insostenibles costos laborales, el desempleo bajará con la recuperación de la economía, el ajuste macroeconómico, la reducción de los costos y la flexibilización laboral. Ese tiene que ser el norte de la agenda pública. Tras su pobre primer año, el gobierno busca ahora enfrentar el problema con una reforma laboral y un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional.



Excelente que el gobierno busque flexibilizar las normas laborales. La eliminación de la tabla creciente de indemnización por despido, la reducción de los sobrecargos por dominicales, festivos y nocturnos, la sujeción de los compromisos convencionales a la situación económica de las empresas, así como la flexibilización de las jornadas de trabajo o de la unidad de empresa son naturales en un país moderno. Estas iniciativas ayudarán, sin duda, a crear gradualmente empleo. Pero deben complementarse con acciones más de fondo para la emergencia laboral. La reforma del contrato de empleo público, una de la mayores distorsiones laborales actuales, debe enfrentarse. Hay que discutir, sobre todo, mayores reducciones de costos para la creación de empleo y esquemas más modernos de socialización del riesgo de desempleo. ¿Por qué no pensar en un salario integral para todos los empleados, privados y públicos, de más de 2 salarios mínimos? ¿Por qué no atar las primas y remuneraciones a las ganancias de las empresas? ¿Por qué no crear legislación laboral de emergencia para regiones y momentos con alto desempleo? ¿Por qué no convertir los impuestos del SENA y las Cajas de Compensación en un fondo para subsidiar directamente la creación de empleo, al que se sumaría todo el Fondo de Regalías? ¿Por qué no universalizar de verdad la seguridad social en salud para los más pobres y desempleados? ¿Por qué no plantear un moderno y eficiente sistema de seguro de desempleo?



El concurso del FMI, por su parte, puede llegar a ser una buena noticia, siempre que las autoridades no lo crean un aval para sus resultados del primer año y sigan difiriendo --con más financiamiento externo-- los urgentes ajustes fiscales y cambiarios. El proyecto de presupuesto para el año 2000, por doloroso que parezca, es inevitable. Como son necesarias las reformas estructurales para romper las tendencias deficitarias de las finanzas públicas. Pero vemos dos peligros en el horizonte. Primero, y paradójicamente, la lentitud de las autoridades en el ajuste fiscal. Juan Camilo anunció para los próximos tres años un déficit del gobierno central estable alrededor del 4% del PIB. Y una reducción del déficit consolidado para el 2002 más débil que la del anterior gobierno. Si esta indecisión fiscal se acompaña con el apretón monetario y crediticio que el FMI aplica a países con restricciones externas, las perspectivas son oscuras. Así las cosas, el programa con el Fondo, aún satisfaciendo a Wall Street, contraería aún más la economía y el empleo. Bienvenido el acuerdo con el FMI, siempre y cuando ayude a acelerar la transición en el manejo económico para que con equilibrio fiscal, recuperación del crédito privado y tasa de cambio competitiva el país emprenda un proceso de crecimiento sostenible. En la economía y en el empleo. Más desempleo no tendría sentido.
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