Conociendo al Presidente

| 10/18/2002 12:00:00 AM

Conociendo al Presidente

Cuando los votantes eligieron a Alvaro Uribe Vélez para regir los destinos del país durante los próximos cuatro años, albergaban una expectativa extraordinaria, pues pensaban que era la única persona capaz de sacar adelante a Colombia en su hora más difícil. Desde la posesión, el Presidente no solo no ha defraudado esta expectativa, sino que la ha aumentado hasta niveles sin precedentes.



La encuesta Invamer Gallup del pasado mes de septiembre muestra que Uribe tiene un 72% de popularidad, el nivel más alto para un Presidente en la historia reciente del país. La percepción del gobierno Uribe como no corrupto alcanza un 74%. Por su parte, en la medición que se realizó en la reciente asamblea de Anif con el Opinómetro, el porcentaje que calificó a Uribe como excelente o bueno llegó a 87%. En una audiencia tan exigente, la personalidad de Uribe se impuso sobre otras percepciones, pues cuando se preguntó la opinión sobre el ajuste económico planteado por el Presidente, el 79% opinó que este es insuficiente para enderezar la economía.



De acuerdo con un trabajo de Young & Rubicam, en el cual se establecen las bases sobre las cuales se podría construir la Marca Colombia, Alvaro Uribe se destaca como una marca altamente poderosa (página 72), la gente percibe al Presidente como una persona dedicada y en la cual se puede confiar. En otras palabras, los colombianos lo estiman como a un verdadero líder.



Una sensación similar fue la que dejó entre las personas con quienes se reunió en su viaje a Estados Unidos. La transparencia y firmeza con que expresó los problemas de Colombia, así como el compromiso para hacer lo que sea necesario para corregirlos, fueron lo que finalmente le abrió las puertas de las multilaterales y del FMI, así como la aceptación de los banqueros de Nueva York.



El estilo de Uribe es refrescante. En todos los foros empresariales donde asiste recibe grandes aplausos, porque mantiene el tono comprometido, austero y sin triunfalismo que utilizó cuando se dirigió a los colombianos el día que ganó las elecciones, y, al mismo tiempo, plantea los problemas sin rodeos. Con frecuencia, deja a un lado los escritos y prefiere usar el tiempo respondiendo preguntas del auditorio. Sus respuestas son directas y cuando aparece una iniciativa que vale la pena, se compromete en ese mismo momento con una decisión.



Los resultados también impresionan. Aparte del éxito en Washington, logró convencer al Congreso de la necesidad de incluir el recorte del gasto público en el referendo. También, algo que hace pocos meses habría parecido imposible, logró que los colombianos volvieran a salir en masa a las carreteras el pasado puente del 12 de octubre, cuando llevaban años sin hacerlo ante el temor por su integridad personal.



Esta acogida genera enormes responsabilidades, tanto en el gobernante como en los gobernados. El Presidente debe aceptar que una popularidad del 72% no puede durar toda la vida. El capital político hay que gastarlo mientras existe, buscando las metas más altas. A medida que toma decisiones duras, el Presidente afectará intereses. Esto le costará en términos de apoyo. No deberá vacilar cuando ocurra.



Los ciudadanos, por su parte, deben tener madurez y entender que ningún presidente es un superhombre y que nada que valga la pena se logra sin costos. El impuesto al patrimonio es solo la cuota inicial del sacrificio. El riesgo latente es que la gente le quite su apoyo a Uribe a medida que las cosas se pongan difíciles y se vea que, si bien los costos se pagan de contado, los resultados solo se logran con paciencia. Las buenas noticias recientes han ayudado a mejorar el ánimo, pero las verdaderas pruebas están por venir.
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