| 2/18/1998 12:00:00 AM

"¡Con permiso, yo me piso!"

Faltan seis meses para la terminación del gobierno. Ciento ochenta días mal contados, que a muchos colombianos se les hacen una eternidad y al gobierno un tiempo muy corto. Esta percepción se traduce en un comportamiento paradójico: la mayor parte de la gente no espera nada del gobierno y el gobierno considera que su tiempo se le ha acabado. Es una situación de anomia en la que la falta de decisiones no sorprende e incluso es recibida con satisfacción.



Esta situación, que podría ser favorable en una economía que fuese por buen rumbo, es muy delicada para una economía que, por el contrario, va por mal camino. Nos preocupan tres áreas en particular: la situación fiscal, la situación cambiaria y la situación energética.



De seguir como vamos, Colombia alcanzaría durante 1998 el déficit fiscal más alto de América Latina, superando a Haití y a Jamaica, los campeones del año anterior. El gobierno, mientras argumenta que el déficit es "estructural" y que la situación política no permite otra cosa, sigue acelerando su gasto corriente y, lo más preocupante, sus compromisos futuros. Los primeros dos meses del nuevo ministro de Hacienda indican que el gobierno trata de gastarse en los seis meses que le quedan el espacio del año completo y de muchos años más. Con esto, la solución del problema fiscal quedaría en otras manos.



La situación cambiaria refleja, además del cambio del mercado internacional de capitales, la convicción del sector privado sobre la inconsistencia de las políticas macroeconómicas en el nuevo contexto. La respuesta racional ante la globalización y la inevitable movilidad de capitales no es menos, sino más disciplina fiscal. Ante un fisco expansivo, una política monetaria laxa sería suicida. Y una política contractiva, como la que ya se intentó en 1996, es un muy lejano "second best" que, cuando más, lograría ganar tiempo. Pero no resuelve mucho.



La situación energética refleja así mismo la nueva filosofía del gobierno. Por razones ajenas a su control, el fenómeno de El Niño ha hecho estragos en los embalses. Hoy en día la probabilidad de no abastecer la demanda es demasiado alta. Un gobierno responsable racionaría el consumo para tener el menor impacto en el bienestar de la población y removería las distorsiones de la oferta para permitir la mayor disponibilidad de energía. Pero el gobierno sólo quiere comprar tiempo.



Es preciso superar esta anomia de final de gobierno. Seis meses son demasiado valiosos para desperdiciarlos esperando elecciones. Está bien que el Presidente utilice su tiempo para viajar visitando a su médico o al Papa. Pero cuando la economía se encuentra caminando en el filo de una navaja, es inaceptable que la política sea posponer las decisiones más importantes. Para los ajustes macroeconómicos y energéticos, seis meses de buenas decisiones podrían marcar toda la diferencia.
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