| 1/23/2009 12:00:00 AM

Con Obama el juego es otro

El año 2009 será recordado por la llegada de un presidente de origen afroamericano a la Casa Blanca y el comienzo de la transición hacia un nuevo orden económico mundial.

Durante los años de prosperidad económica, que fueron muchos, difícilmente alguien habría podido imaginar que el mundo llegaría al grado de vulnerabilidad en que se encuentra hoy.

Muchos creyeron que se había encontrado un modelo para la prosperidad de largo plazo. La integración de China e India a la economía global, con sus ejércitos de mano de obra capacitada y poco costosa, generaba una oferta barata de productos a los países desarrollados y una demanda inmensa por productos básicos provenientes del mundo en desarrollo. Al mismo tiempo, los nuevos y sofisticados productos financieros permitían redistribuir los riesgos y canalizar los ahorros globales hacia el lugar donde se necesitaran. La idea era que habíamos hallado una especie de nuevo equilibrio mundial, en el cual había cabida ilimitada para todo tipo de excesos.

Sin embargo, el modelo contenía los elementos de su propia destrucción. El consumo exorbitante, particularmente de los hogares de Estados Unidos, y la ingeniería financiera que permitía convertir en propietarios de vivienda a toda una población que no tenía realmente capacidad económica para serlo, gestaron una burbuja que finalmente explotó a mediados de 2007.

El resultado es la peor crisis económica mundial desde la Gran Depresión. Diez y ocho meses después de iniciada, las autoridades no han podido controlarla y ahora ella amenaza con llevar al mundo a una nueva depresión.

Nadie sabe cómo ni cuándo saldrá el mundo de esta crisis. Sin embargo, es claro que la economía mundial será diferente cuando esto ocurra. Estados Unidos será una economía endeudada por varias generaciones y no podrá ejercer como gran motor de demanda para el planeta. En el nuevo orden económico, esta tarea se distribuirá entre muchos países. Los países emergentes ganarán cada vez más preponderancia en los asuntos de la economía global.

A este respecto, vale la pena citar un artículo reciente del economista chileno Sebastían Edwards, publicado en Letras Libres (México y España), en el cual recuerda la definición del capitalismo del economista austriaco, Joseph Schumpeter. Según este, el capitalismo es una sucesión interminable de destrucción creativa, en la que nuevas ideas y tecnologías desplazan a compañías antiguas que se vuelven obsoletas y desaparecen.

Vivimos un punto clave en esta redefinición del capitalismo mundial como lo plantea Schumpeter. Además, el momento histórico coincide con la iniciación de la presidencia de Barack Obama, el primer afroamericano que llega a ese cargo. Es todo un símbolo de cambio, en una nación que se ha caracterizado por su racismo e intolerancia frente a las minorías. Obama no tiene la solución para todo lo que está pasando, pero tiene la credibilidad y la confianza necesarias para desarrollar una administración que siente las bases institucionales de esta nueva etapa de la economía mundial.

Para ser parte del nuevo orden global, Colombia tiene que entender que se trata de un juego diferente y que su aproximación debe ser también diferente a la del pasado.

La importancia del gobierno de Obama no se puede evaluar únicamente desde la perspectiva de la aprobación del TLC. Colombia tiene que ir más allá y convertirse en un jugador más global, que asuma un papel de liderazgo en la transformación de Latinoamérica en esta nueva etapa. Con la llegada de Obama a la presidencia y el despliegue de un nuevo orden económico internacional, se abre la oportunidad para que América Latina se mueva hacia la construcción de sociedades más modernas, competitivas, abiertas y tolerantes.

Colombia puede jugar un papel importante en el escenario internacional. Sin embargo, tiene que elaborar una visión de sí misma que vaya más allá de la guerra contra las Farc y la firma del TLC. El país debe desarrollar su capacidad de propuesta en una agenda de temas que van desde la cooperación económica con otros países en desarrollo (incluyendo los países de Asia), hasta los temas álgidos del cambio climático y las transformaciones de la sociedad de la información, entre muchos otros.

El país tiene las capacidades para hacerlo. Ahora bien, debe asumir las tareas que le corresponden en el ámbito internacional y aportar a la construcción de las estructuras económicas que determinarán la marcha del mundo en este siglo.

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