| 4/11/2008 12:00:00 AM

CAMPO, PERSPECTIVAS

? El agro pasó de ser el sector estigmatizado de la economía colombiana a convertirse en uno de los que encierra mayor potencial. Debemos hacer lo que sea necesario para hacer de este potencial una realidad.

Algo inusitado está ocurriendo en el campo colombiano. Después de años de abandono y desplazamiento masivo de la población hacia las ciudades por falta de oportunidades, hoy las tierras agrícolas reciben visitas de inversionistas de todas partes del mundo, quienes tienen la mira puesta en proyectos de gran envergadura. Se necesitan tierras para producir palma de aceite, caña de azúcar y remolacha como insumos para biocombustibles, soya, leche y muchos otros productos. Todos son proyectos modernos de gran escala, orientados a abastecer la gigantesca demanda de alimentos que enfrenta el mundo, la cual se ha manifiestado ya en incrementos descabellados de los precios.

Colombia tiene la tierra necesaria para estas actividades, con dos grandes ventajas en comparación con otros países del mundo. Por un lado, no tiene que tumbar selva, algo que es muy mal visto en los mercados internacionales, por sus consecuencias ambientales. Por otra parte, no tiene que dejar de sembrar alimentos para acomodar nuevas producciones, al contrario de lo que ocurre en muchos países. Por ejemplo, la producción de biocombustibles en Colombia no implica desplazar producción de comida para la población, un factor que en Estados Unidos está generando una resistencia política de grandes proporciones al cambio en las fuentes energéticas.

El área dedicada a la actividad agrícola en Colombia se acerca a cuatro millones de hectáreas. De ellas, una cuarta parte está dedicada al cultivo del café. Los colombianos nos hemos acostumbrado a que esta área es suficiente para el consumo interno y para generar un volumen de exportaciones, pero esta explotación está muy por debajo del potencial. Hoy se está hablando de ampliar el área explotada a veinte millones de hectáreas, con lo cual Colombia podría convertirse en despensa del mundo, justo cuando se hace evidente que, por cuenta del crecimiento de la población y de la entrada de los estratos más pobres en la economía de consumo, la demanda global de alimentos en el Siglo XXI se va a multiplicar en órdenes de magnitud.

No hay que ser un genio de la planeación para vislumbrar el impacto que una transformación de este calibre tendría sobre la realidad económica de Colombia. Podría ser la salida para lograr el desarrollo económico del país.

Esto no va a ocurrir, sin embargo, si seguimos con la trayectoria que llevamos en temas como infraestructura de todo tipo (carreteras, puertos, cadenas de frío, titulación de tierras, cadenas de comercialización y desarrollo de tecnología ligada al campo, entre otros temas). Hoy, buena parte de la rentabilidad se queda en la comercialización. Transportar cualquier producto desde el campo hasta su destino final es tan difícil que su precio termina multiplicándose varias veces. Se habla, por ejemplo, de las hortalizas como un producto con gran potencial exportador. Sin embargo, sacarlas del campo y llevarlas a los mercados externos en condiciones óptimas es imposible. No existe en el país la infraestructura necesaria para lograrlo.

Incluso, desde una perspectiva de más corto plazo, si el gobierno está tan preocupado con la inflación de alimentos, debería concentrar sus esfuerzos en solucionar estos obstáculos.

Esta oportunidad histórica para la agricultura colombiana es una realidad. Colombia tiene el potencial para convertirse en un gran exportador de alimentos hacia el mundo. Sin embargo, este resultado no va a llegar por sí solo. Tenemos que hacer las inversiones necesarias para lograrlo. No dejemos pasar esta oportunidad que tantos beneficios podría traer al país.
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