| 7/2/1999 12:00:00 AM

Agenda de cambio

La economía colombiana acaba de pasar por una experiencia muy dura. Al finalizar el segundo trimestre no registró signos de recuperación, sino de creciente desequilibrio financiero. La producción y el empleo siguieron en caída libre, reduciendo los ingresos de todos los colombianos. Estuvieron bajo ataque algunas instituciones financieras y también nuestra moneda. La intervención del gobierno logró aplacar la explosiva desconfianza.



Tales síntomas de fragilidad no son el costo del ajuste. La desactivación de las crisis de confianza tampoco se puede interpretar con complacencia. La economía es vulnerable ante la magnitud de los desequilibrios, los pobres resultados de los programas y la respuesta de las autoridades, tardía e insuficiente. Tales síntomas deben más bien ser interpretados como alarmas sobre la profunda necesidad de cambio. Las autoridades económicas no pueden seguir a la zaga de los acontecimientos, apagando incendios. El país, para acelerar el cambio, tiene que construir una agenda integral y ambiciosa de decisiones efectivas.



La urgencia está en los frentes financiero y fiscal. Los mayores impuestos, el creciente apoyo al sistema financiero y los crecientes alivios a deudores hipotecarios y empresariales sirven para ganar tiempo. Pero el problema no se resuelve sino con un redimensionamiento en serio del aparato de Estado, la erradicación de la corrupción, la eliminación de los bancos estatales y una gran movilización de nuevos ahorros para capitalizar bancos y empresas privadas. Con o sin Fondo Monetario Internacional.



La verdadera salida del hueco en la economía colombiana pasa por la recuperación de su competitividad para conquistar nuevos mercados. Con el desplazamiento y ampliación de la banda se crea un marco para lograr una tasa de cambio alta y sostenible, tarea que debe emprenderse ahora mismo, comprometiendo toda la política macroeconómica con ese objetivo. Y que debe complementarse con una verdadera política de competitividad, para hacer posible que el aparato productivo duplique las exportaciones.



Si la locomotora del sistema económico va a ser la empresa privada, hay que promover activamente una institucionalidad empresarial eficiente. Las empresas tendrán que ser abiertas a nuevas ideas, a nuevas alianzas, a nuevos accionistas y a mayor competencia. Las reglas internas y externas del juego de mercado tienen que ser estables, pero transparentes y eficientes. La capitalización y la movilización masiva del mercado de capitales deberán acompañarse de reformas profundas al gobierno empresarial, cuyas debilidades están en la base de gran parte de nuestras dolencias.



Y, no menos importante en medio de la crisis, la protección social debe volver a ganar espacio en la agenda pública y privada. No tiene sentido que el país haya visto duplicar su desempleo en tres años sin hacer mayor cosa para enfrentarlo. Ni tampoco lo tiene el que la educación no haya logrado conquistar el corazón del gobierno y los empresarios. Si algo puede traer paz y bienestar es más empleo, más educación y mejor seguridad social ante la zozobra por la vida.



La superación de los desequilibrios macro y la fragilidad financiera, el desarrollo de la competitividad, la promoción del sector privado y la protección social son los cinco objetivos hacia donde deben mirar creativamente el gobierno, el Congreso y el país. No para el futuro lejano, sino dentro de los dos meses que quedan después del 20 de julio para sacar provecho de este segundo aire con que ahora cuenta la economía. Que puede ser efímero.
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