| 10/16/2013 6:00:00 PM

Qué pereza Brasil

El próximo Mundial de Fútbol será en un país muy costoso, agobiado por la inflación, la falta de servicios públicos, los altos impuestos y una obsoleta infraestructura de aeropuertos, carreteras y vías férreas.

Nuestro país celebra la clasificación al Mundial de Brasil y miles de colombianos sueñan con poder asistir al campeonato. Muchos de ellos están haciendo cálculos sobre lo que valdrían tiquetes de avión, hospedajes, transporte, alimentación y boletería. Es un lujo que tan solo una minoría se puede dar en Colombia y que solo unos cuantos lograrán hacer realidad. Pero los fanáticos del fútbol que no logren viajar no deberían estar cabizbajos. Todo indica que la experiencia de los viajeros al Mundial 2014 será traumática durante el mes que dure el espectáculo.

Habrá que ver cómo estarán los estadios cuando llegue la hora de jugar. El ministro de los Deportes de Brasil, Aldo Rebelo, ha dicho que los atrasos de los estadios son significativos y, si la construcción sigue al ritmo actual, no estarán listos para las fechas esperadas. Rebelo confirmó además que el gobierno nacional no puede asignar nuevos recursos para acelerar la construcción. Por supuesto, el gobierno no tiene dinero, pero además aumentar los presupuestos sería un imposible político. Uno de los principales disparadores de las protestas masivas que se tomaron las calles hace unos meses fue, precisamente, la inconformidad de la población frente a los enormes gastos que implica el Mundial, en un país donde amplios grupos de la población padecen toda clase de necesidades.

Por supuesto, antes de llegar a los estadios, los viajeros habrán tenido que soportar el infierno de la infraestructura de transporte y los absurdos costos de los hoteles, la comida y los servicios.

Los fanáticos del fútbol deberán utilizar una terrible y desorganizada red de aeropuertos. Infraero, la compañía estatal a cargo de la operación, es una de las instituciones más incompetentes del Brasil. Entre 2007 y 2010 sólo ejecutó 800 millones de los 3 billones de reales que tenía para la adecuación de los aeropuertos. Desesperada, la presidente Dilma Rousseff adjudicó a finales del año pasado la concesión de tres de los más grandes aeropuertos a operadores privados. Sin embargo, los demás en la lista de nueve aeropuertos de ciudades mundialistas continúan bajo la operación de Infraero, sinónimo de despelote.

Quienes decidan evitar el avión y busquen transporte por tierra tendrán que enfrentar la deplorable infraestructura vial y férrea del Brasil. De hecho, ocupa el puesto 114 entre 148 países que mide el Foro Económico Mundial. La inmensa mayoría de carreteras están aún sin pavimentar y muy pocas han sido construidas en los tiempos recientes. El transporte público está lleno de buses obsoletos que acumulan largos años de servicio. Según la organización Contas Abertas, una entidad que fiscaliza el gasto público, sólo 1 de cada 5 reales asignados al transporte público federal se invirtieron realmente. Apenas 1,5% del PIB de Brasil se destina a inversión de infraestructura, tanto pública como privada.

Lo peor del cuento es que el gobierno brasileño ha evitado a toda costa la vinculación del sector privado en los proyectos de infraestructura. Cuando en 2007 el presidente Lula Da Silva anunció su Programa para la Aceleración del Crecimiento (PAC), dijo que lo haría sin ayuda de los privados. Los resultados fueron desastrosos: dos terceras partes de los proyectos están retrasados y acumulan millonarios sobrecostos. La red de ferrocarriles del noreste va a la mitad y sus costos se han duplicado. La red ferroviaria que atraviesa el estado de Bahía no ha empezado todavía. La carretera 163, crucial para el tránsito de camiones al norte del Brasil, sigue sin pavimentar desde 1970. Dilma Rousseff ha pedido por fin la ayuda del sector privado y ha dicho que va a subastar 7.500 kilómetros de carreteras y 10.000 kilómetros de vías férreas.

Cuando logren superar la pesadilla del transporte, los fanáticos del fútbol deberán pagar precios alucinantes por los bienes y servicios más elementales. Con una inflación que bordea hoy el 6% y una tasa de cambio a 2,3 reales por dólar, los turistas deberán estar listos para pagar US$40 por una pizza o US$250 por una noche en un hotel tres estrellas. Quienes quieran evitar los hoteles y prefieran arrendar, encontrarán que pueden reservar un apartaestudio en Copacabana durante el mes del Mundial por US$22.000. Todos estos son precios de hoy, pero seguramente serán más altos a medida que se acerquen las fechas del Mundial.

Según el Big Mac Index de The Economist, que calcula el precio de una hamburguesa en 48 países (y de paso estima también el nivel de sobrevaluación de sus monedas), la hamburguesa brasileña es una de las más caras del mundo y el real es una de las monedas más sobrevaluadas frente al dólar. Solo están por encima Noruega, Venezuela, Suiza y Suecia. Los viajeros olvidarán rápidamente sus quejas sobre la revaluación del peso colombiano cuando lleguen a Brasil y sientan lo que es venir de un país con moneda débil.

Como si eso fuera poco, los impuestos en Brasil son altísimos. El IVA, o impuesto al consumo, está en 20,5% en promedio (en Colombia es de 16%), muy por encima de otras economías de igual tamaño. La suma de sobrevaluación e impuestos lleva a que un carro en Brasil cueste 50% más que en México, o que un smartphone valga 50% más que en Estados Unidos. La vida en Brasil es cara, muy cara.

Así las cosas, los fanáticos que no dispongan de la pequeña fortuna que costará ir a ver los partidos a Brasil no deberían ponerse tristes. Van a disfrutar el fútbol desde sus casas, sin líos de aeropuertos, carreteras, precios inflados ni impuestos. Se habrán ahorrado mucha plata y muchos dolores de cabeza.
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