A Invertir

| 11/10/2000 12:00:00 AM

A Invertir

Durante el año que termina, la producción y las ventas de la economía se recuperaron gracias a la dinámica de las exportaciones. Las oportunidades externas, con una tasa de cambio favorable y crecimiento en el resto del mundo, permitieron que la economía dejara de caer. Las exportaciones dieron más dólares y mayor ingreso que le ayudaron a la macroeconomía. Pero también abrieron un ritmo de innovación empresarial mucho más profundo que el de casi ningún otro período de la historia (ver artículo de portada).



El país tiene que persistir y profundizar en la estrategia exportadora. Muchos empresarios están conquistando el mundo y transformando su manera de hacer las cosas. Pero hemos encontrado que están invirtiendo poco. Las empresas exportadoras están casi al máximo su capacidad, pero no se deciden a ampliarla. Es una señal de alarma. La sostenibilidad del modelo exportador, como el de toda la economía, depende de nuevas inversiones.



¿Por qué no invierten los empresarios colombianos? En general, porque no han visto al país traspasar las grandes encrucijadas del orden público y de las finanzas públicas. Y en particular, porque los nuevos proyectos aún resultan poco rentables y muy difíciles de financiar.



El país ha olvidado que la principal causa de la aguda recesión fue la enorme contracción de la inversión privada. Frente a lo cual la acción pública continúa ausente. No hay que esperar la paz para ponerle cuidado a la inversión empresarial. Hay que ponerla al frente, rápido y con instrumentos poderosos.



La claridad en las reglas fiscales es esencial. La combinación de ambiciones alcabaleras y de mucha inversión pública del gobierno en su último año son peligrosas. La inversión pública a costa de la inversión privada no es buena, como pasó en Bogotá durante la bonanza reciente de construcciones públicas. La inversión privada genera, en el corto y en el largo plazo, más empleo y crecimiento que la inversión pública. Por eso, recursos públicos para estimular la inversión privada tienen el más alto rédito social. Es crítico que la angustia del equipo económico por tapar el hueco fiscal no desestimule aún más la inversión. Los impuestos empresariales deben quedar por debajo del promedio latinoamericano y la exención de ganancias reinvertidas, más que eliminarla, hay que extenderla. Por demás, en lugar de seguir soñando con $2 billones de inversión adicional que financiarían los nuevos impuestos, al país le iría mejor si el Minhacienda, tras el pronunciamiento de la Corte, recorta en $2 billones el presupuesto recién aprobado para el año 2001 y así le abre espacio a la actividad privada.



Las tareas no son menos grandes en materia financiera. Con el pobre ahorro interno, el riesgo país en el exterior y la percepción de riesgo de las empresas colombianas ante los bancos nacionales, poco financiamiento está quedando para nuevas inversiones. En medio de las preocupaciones por el déficit fiscal y la crisis hipotecaria, el financiamiento empresarial, sobre todo del 95% de empresas no privilegiadas, está quedando en el olvido. Hay que pensar seriamente en el desarrollo de un nuevo marco normativo que estimule el mercado abierto de capitales, el capital de riesgo para la creación de empresas y la capitalización abierta de las empresas.



Para crecer en serio, el país tiene que exportar mucho más. Para exportar mucho más, es mucho lo que sus empresas van a tener que invertir. La prioridad de la política pública debe poner a la inversión empresarial como su máxima prioridad. Si no, no tendremos ingreso ni empleo ni progreso.
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