Opinión

  • | 2011/08/17 18:00

    Se oscurece el panorama

    América Latina debe prepararse para una nueva crisis mundial.

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En Estados Unidos el sistema político no ha logrado despejar la incertidumbre sobre la situación fiscal de mediano plazo y ha bloqueado cualquier posibilidad de aumento del gasto público. También está en entredicho la extensión de los estímulos tributarios para nuevos empleos y los seguros de desempleo ampliados, que por sí solos representan una inyección fiscal de 2% del PIB.

En este panorama de incertidumbre fiscal, la volatilidad en las bolsas de valores se ha recrudecido debido a la degradación por parte de Standard & Poors de la deuda del Tesoro y de diversas entidades que dependen del respaldo oficial. Paradójicamente, esto ha reducido a tasas irrisorias el rendimiento de los bonos del gobierno, en los cuales han buscado refugio los inversionistas. En un intento por atenuar la incertidumbre, la Reserva Federal se ha comprometido a mantener en los niveles actuales las tasas de intervención hasta 2013. Sin embargo, es improbable que esto produzca un repunte de la inversión o el gasto de consumo privados.

Observadores tan destacados como Nouriel Roubini sitúan el riesgo de una nueva recesión en Estados Unidos en torno al 50%. Los indicadores recientes le están dando la razón: el índice de pedidos en el sector industrial se ha desplomado, el mercado de viviendas está deprimido nuevamente, y el consumo privado pasó de crecer 3,6% en el último trimestre de 2010 a solo 0,1% en el último trimestre.

Los problemas de Estados Unidos afectarán a América Latina principalmente a través del comercio internacional, no a través de canales financieros. Los más afectados por una nueva recesión serían México y los países centroamericanos. En los demás dependerá sobre todo de qué ocurra con los precios de los productos básicos.

Las perspectivas en Europa son aún más preocupantes pues los temores de insostenibilidad fiscal se han extendido a Italia, España e incluso Francia. Esto, a pesar de una serie de medidas que se han tomado para apoyar a los países periféricos. A fines de julio se concedió un nuevo paquete de rescate a Grecia, se dio un alivio de tasas de interés a Irlanda y Portugal, y se autorizó a la Facilidad de Estabilización Financiera Europea para recapitalizar bancos e intervenir en los mercados secundarios de títulos de deuda. Después de mucha reticencia, en la semana del 8 de agosto, el Banco Central Europeo aceptó comprar títulos de España e Italia, lo cual trajo una cierta dosis de tranquilidad, aunque también suscitó otras dudas: ¿Tan mal están España e Italia? ¿Terminará el BCE por adquirir todos los títulos de esos países? ¿No está mezclándose la política monetaria con la fiscal, en contra de los preceptos de la Unión Europea?

Como en Estados Unidos, en Europa el sistema político ha estado por debajo de los desafíos, y no ha logrado producir una posición coherente y convincente de cómo se van a enfrentar los problemas fiscales de la unión. Pero más grave que en Estados Unidos, lo que está de por medio no es la sostenibilidad fiscal de mediano plazo, sino la estabilidad del sistema financiero en el corto plazo, la capacidad para enfrentar una posible crisis de solvencia financiera en los países grandes de la periferia y, en últimas, la sobrevivencia de la unión monetaria actual.

Cualquier desenlace de la crisis europea tendrá fuertes implicaciones para América Latina, tanto por canales comerciales como financieros. Los países del sur de la región dependen fuertemente de los ingresos de exportación y de la inversión extranjera directa proveniente de Europa. La banca española también sería un canal de contagio, en especial para Chile, México, Paraguay y Uruguay.

Los empresarios latinoamericanos son conscientes del deterioro que ha sufrido el panorama internacional. Hacia abril y mayo predominaba el optimismo: el balance entre los que esperaban que las condiciones mundiales mejoraran y los que esperaban lo contrario era muy positiva (en neto 29 de cada 100 empresarios). Ahora lo dominante es el pesimismo (el balance es negativo en 24 de cada 100 empresarios). Aunque este giro en la percepción de las condiciones de negocios ha ocurrido entre los empresarios de todas las regiones del mundo, el cambio ha sido especialmente agudo en América Latina: actualmente es la región con mayor predominio de empresarios pesimistas.

Lo que hagan los gobiernos latinoamericanos para reforzar la confianza será decisivo. El gran reto será aprovechar los instrumentos contracíclicos sin sacrificar la estabilidad fiscal ni la credibilidad de las políticas monetarias. Pero mucho dependerá de qué tan fuerte y prolongado sea el golpe que vendrá del mundo desarrollado.

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