Opinión

  • | 2011/09/14 18:00

    ¿Llega la Paz?

    Bien haremos si nos damos cuenta y nos enfocamos en que el problema ya no es cuál es el camino para la paz sino que la paz es el camino para que Colombia apenas comience a salir adelante.

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Pareciera que todos los comentaristas y analistas convergen en que es posible llegar a lo que llaman la Paz.

Y lo primero que de eso se deduce es que se están dando las condiciones para ello.

Pero volviendo al análisis de economía política, esto se debe atribuir a un conjunto de circunstancias que hacen que los probables protagonistas sean más el accidente del momento –los que encarnan y representan el momento histórico que se ha ido construyendo–, que los que motivan y lideran este proceso.

La Paz puede llegar porque el momento histórico de las revoluciones fue superado; porque ya no existe el modelo alternativo al capitalismo y la democracia; porque ya no pueden ser desconocidas ni ignoradas lo justo y lo necesario de cumplir con las reivindicaciones de los insurgentes –o por lo menos hacia donde ellas se orientan–; porque la posibilidad de tumbar el poder del Estado con las armas no existe; porque la población ya no cree en la guerra –ni cree que con ella se logrará desaparecer la guerrilla, ni menos que esta tomará por esa vía el poder–.

Las personas que están en el escenario lo están porque los eventos los han llevado a tener que manejar esa situación. Ni la propusieron ni la crearon. Pero son la respuesta y tienen que moverse dentro de esa realidad que les trasciende.

Sí pesa su personalidad y sobre todo su capacidad de sincronizarse con el medio y el momento para que actúen en consonancia con ellos. Tiene sentido por ello comparar los casos de intentos anteriores.

Belisario actuó por fuera de la realidad de su momento, respondiendo más a una especie de manía por el éxito que hacía que, más que pensar y asentarse en el peldaño al cual llegaba, buscaba compulsivamente alcanzar el siguiente. Lograr salir de Amagá; educarse y ganar los títulos universitarios; tener relevancia como intelectual; lograr una importante carrera política; ser Ministro, Senador, Embajador, o cualquier cargo, no fueron su objetivo, ni como meta para satisfacción personal, ni como medio para desarrollar propuestas de gobierno: su visión al ser presidente no se dirigió a comprender los problemas fundamentales del país y a trabajar sobre ellos, sino a buscar una nueva etapa que le diera más figuración que la de simple administrador. Ni las condiciones estaban dadas, ni su posición personal fue más allá del deseo.

Andrés Pastrana trató el tema con la misma frivolidad que caracterizó a su gobierno. Como buen relacionista –que no estadista- aprovechó la coyuntura que le correspondió y supo establecer contactos con quienes en su momento eran los interlocutores –lo que se llamó la ‘buena química’ con Tirofijo–. Es obvio que, al igual que cualquier colombiano –y más cualquier presidente– tuviera el deseo de ser artífice de la paz. Pero el camino no es ni el nombramiento de una ‘Comisión de Paz’ sin criterio para la selección de sus componentes, sin responsabilidades o atribuciones definidas, sin directivas u orientaciones concretas, ni una ‘zona de despeje’ como la del Caguán, sin función o lógica que lo insertara en un proceso estudiado que permitiera como parte de actos concretos tener expectativas de resultados.

Para ellos era solo un deseo, un anhelo sin propósito estudiado, pero, hasta cierto punto, motivados en lo que esperaba la población. Era esta la condición favorable, pero no coincidía con una realidad objetiva que mostraba que las partes militaristas –tanto del Estado como de la insurgencia– tenían esperanzas y expectativas en la prolongación del conflicto; y las propuestas políticas que las sustentaban –el neoliberalismo naciente o la ‘revolución’, cuando aún no caía el muro de Berlín ni se habían producido las crisis del primero– no habían llegado a que se reconociera su falta de viabilidad.

El caso de Santos no es como el de los antecesores, ante todo porque el actual mandatario no se interesa tanto en el resultado para el país, sino en que a través de ello lograría la dimensión histórica que tanto le atrae. Para él es claro que cualesquiera que sean los logros en otras dimensiones –económicas, internacionales, de reformas legislativas o constitucionales- solo serán las de un gobernante más sin convertirse en un hito en la historia de Colombia. Y, en sentido contrario, por modestas o discretas que pudieran ser sus ejecutorias en el resto de los escenarios, si firma un ‘tratado de paz’ habrá dejado su huella en nuestros anales. Teniendo en cuenta su capacidad, tanto de análisis como de gestión, es posible predecir que bajo su gobierno se suscribirá un acuerdo con la guerrilla.

E igual, el caso de Cano difiere de los otras situaciones en la guerrilla, en la medida en que Marulanda era un líder indiscutido pero en el tablado de la confrontación. No tenía ni la vocación ni la preparación para jugar otro papel. Por eso, bajo su mando el ala militar tenía igual o más peso que la política. La nueva dirigencia –con Alfonso Cano a la cabeza– se inició en la guerrilla con propósitos y convicciones de naturaleza civilista; su objetivo han sido las reformas para cambiar el país y las armas solo un medio; lo hoy calificado como ‘terrorismo’ lo ven más como un mal necesario que como el instrumento ideal. Y es de suponer –y de esperar– que a su turno también sea lo suficientemente realista y lúcido para comprender la coyuntura, pudiendo acercarse más a cumplir sus objetivos mediante una negociación que continuando una guerra sin futuro.

De hecho ambos han intervenido en diferentes intentos de solución negociada al conflicto; Santos en ‘Encuentro de Puerta del Cielo’ con el ELN, en Alemania; como parte de la Comisión que buscaba verificar la zona del despeje en el Caguán y, en el Gobierno Uribe, tanto en Casa de Paz en Medellín como en La Habana. Por su parte, Alfonso Cano lideró las conversaciones tanto de Caracas como de Tlaxcala.

Sin embargo, que esto traiga la paz es poco posible. Una cosa es que, como se señaló al inicio, sea el momento propicio para renunciar al enfrentamiento bélico, y otra que de esto dependa la paz del país. La cantidad de armas, de odios, de ambiciones, de injusticia, aunados con el desempleo o la experiencia de los armados de cualquier bandera –incluyendo la oficial–, no permiten suponer que bastará con conversaciones o leyes para dar tranquilidad a lo que hoy es la sociedad llena de conflictos que hemos creado. La cantidad de ‘desempleados armados’ y entrenados no disminuirá sino aumentará.

Es el momento de comenzar a pensar en el postconflicto pero en esos términos. Es evidente que la guerrilla para mostrar su voluntad de iniciar el trámite tiene la carta de soltar los soldados y policías retenidos; le es más rentable su liberación que su retención; pero la insistencia en que es una obligación que deben cumplir unilateralmente no facilita esa posibilidad. Y, por otra parte, aún sin saber en qué momento se hará, sí ayudaría mucho saber qué piensa conceder el Gobierno. ¿Qué pasará con el ejército proporcionalmente más grande del continente? ¿Los ingentes recursos dedicados a la guerra a la subversión pasaran a ser presupuesto para la educación y la salud?

Bien haremos si nos damos cuenta y nos enfocamos en que el problema ya no es cuál es el camino para la paz sino que la paz es el camino para que Colombia apenas comience a salir adelante.
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