Opinión

  • | 2011/11/23 18:00

    La Hoguera y el Castillo de Madera

    En medio de un contexto internacional que sugiere que lo adecuado es hacer todo lo contrario, los colombianos resolvimos expandir riesgos.

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La compleja situación internacional no ha hecho sino enredarse en el último mes. Entre los insucesos más notables se destacan: la profundización de la crisis griega, cuyo gobierno colapsó, el alza importante que han sufrido las tasas de interés de los títulos de deuda pública en Italia, España y, más recientemente, en países como Austria, Bélgica y Francia; el fallido intento de las reuniones de la UE y del G20 para apaciguar las llamaradas financieras y la vergonzosa caída de MF Global, una importante corredora de futuros.

 Para pensar ordenadamente sobre las implicaciones de estos tiempos azarosos sobre la economía colombiana, conviene empezar por la tasa de cambio. Mi punto de fondo es sencillo: la suerte del peso colombiano, respecto del dólar americano, seguirá reflejando la suerte del euro en los difíciles meses que nos esperan, tal y como lo ha hecho en los últimos tiempos. Puesto en otras palabras, si usted quiere saber qué va a pasar con el peso colombiano en 2012, lo más provechoso es pensar qué va a pasarle al euro en ese mismo año. Así las cosas, es muy difícil concluir cosa distinta a que el euro, si es que sobrevive el 2012, se debilitará de manera importante respecto del dólar. Siguiendo con mi argumento, ello significa que el peso colombiano –junto con muchas otras monedas emergentes– se va a devaluar.

Bien sé que en nuestro medio la devaluación se toma como una noticia estupendísima. El mismo ministro de hacienda, en su folclórica alocución ante la asamblea de la Andi en agosto, declaró en elocuente tono el credo nacional: “devaluación o muerte”. Pero, contrario a lo que piensa el inspirado dignatario, a veces la devaluación y la muerte tienen más de complemento que de sustituto.

En primer lugar, en un contexto de devaluación, tener pesos pierde atractivo frente a la alternativa de tener dólares, lo cual implica que salen, o entran menos capitales. Segundo, las tasas de interés suben, afectando adversamente la demanda privada interna, tanto a nivel del consumo como de la inversión. Tercero, el precio de activos distintos a la moneda misma –las casas, los bonos, las acciones y demás– también tienden a caer, mermando patrimonialmente a los hogares y las empresas, tanto como al Gobierno.

Obviamente, nada podemos hacer desde nuestra pequeña parroquia para apagar el incendio que nos rodea. Ese naipe ya está barajado y, gracias a los ineptos políticos del primer mundo, la mano nos salió terrible. Lo que resulta pasmoso es que, fiscalmente, andamos en plan de construir castillos de madera al pie de la hoguera. Veamos cuatro de los muchos ejemplos.

Primero, resolvimos que los recursos de las regalías, que serán considerables en virtud de las reformas de 2003, no harán parte del debate presupuestal anual y por ende no se pueden usar para cosa distinta a las que, increíblemente, nos dio por constitucionalizar. Segundo, resolvimos que este es el momento para emitir un cheque en blanco a favor de un número indeterminado de víctimas, sin condicionarlo a la disponibilidad de recursos ni impedir que el concepto de “lucro cesante” multiplique por varias veces la gigantesca contingencia creada. Tercero, resolvimos que el desafío fiscal que implica la unificación de los regímenes de salud, ordenado por sentencia constitucional en 2008, ni siquiera merece atención, mucho menos una reforma de fondo, razón por la cual ya importantes servidores públicos andan diciendo –palabras más, palabras menos– que llegó la hora de que se acabe la figura del aseguramiento privado. Cuarto, resolvimos que este era el momento perfecto para cambiar las reglas del juego en plena marcha y subirle todavía más los impuestos a todas aquellas empresas que andan en plan de reinvertir, es decir ahorrar, sus utilidades.

 Al pie del incendio que nos barajó el destino, resulta casi insólito que la política económica en Colombia haya consistido en construir un palacio de madera al pie de las violentas llamaradas. Desafortunadamente, yo no creo que haya tiempo para blindarlo completamente, aun si hubiera las ganas y la voluntad de hacerlo.

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