Opinión

  • | 2011/11/09 18:00

    La decadencia de Occidente

    Los ‘indignados’ están pidiendo un cambio, una reivindicación de los valores que antes defendía Occidente y un rechazo a la distorsión que hoy prevalece.

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Se presenta una duda sobre un tema de carácter histórico-universal alrededor de si la crisis que se presenta en el mundo es la crisis del modelo neoliberal, la crisis del capitalismo, o simplemente la decadencia de Occidente.

Los síntomas que llevan a esta inquietud son bastante diversos: por supuesto la situación de las economías que simbolizaban el éxito de ese modelo –Estados Unidos; Europa, como una unidad y en cada uno de los elementos que la componen; Japón, como copia oriental del modelo, o los países satélite como los nuestros– están todas desconcertadas sin entender ni poder manejar lo que les permitió imponerse sobre otras civilizaciones; es decir, los sistemas comerciales y financieros que distanciaron a Occidente de otras culturas hoy están haciendo agua y dependiendo de que otros países como China, India o Rusia les sirvan de locomotoras.

Estados Unidos, que ha sido la figura emblemática de ese éxito, hoy se encuentra como el más afectado y con los peores indicadores de resultados entre quienes fueron vanguardia de ese modelo. Un estudio publicado por la fundación Bertelsmann de Alemania concluye que la distribución de la riqueza en Estados Unidos se encuentra entre las más desiguales de los países industrializados. Estados Unidos ocupa los últimos cinco lugares con referencia a varios temas como prevención de la pobreza, salud y acceso a la educación, por encima solo de Grecia, Chile, México y Turquía.

Otros estudios señalan que con 30 millones de pobres (buena proporción de ellos indocumentados que ni siquiera existen en los registros) tiene más cantidad que casi todos los países subdesarrollados y cae en proporciones casi iguales a las del tercer mundo. El Estado de Nueva York –sede de la llamada capital del mundo– se caracteriza por la mayor desigualdad con respecto a los ingresos de todos los 50 estados, y la región metropolitana de la ciudad de Nueva York tiene las mayores desigualdades de ingresos que cualquier otra unidad poblacional, como todas las grandes metrópolis. (En el caso nuestro es claro que América Latina no es la región donde existe un mayor número de pobres, pero sí que es la de mayor desigualdad del planeta.

Colombia, con diferencias escandalosas entre clases y entre regiones, está peor que todo el continente –puesto que ya hasta Brasil nos superó–, y en Colombia, Bogotá, con un Gini de 62%, tiene el récord con la brecha más grande del país).

Y no se trata solo de un problema de lo que existe y se reconoce hoy en cuanto al fracaso económico y social del modelo; sino que esta condición de regresividad que lo caracteriza hace que, como el cangrejo, se esté avanzando hacia atrás en comparación con los modelos alternativos de otras regiones.

La posición de los americanos como abanderados de los derechos humanos o de la moralidad o de la misma ‘defensa de la democracia’, no puede estar más abandonada, desprestigiada y deslegitimada. Ejemplo que vale recordar por el mal uso que uno oye, es el del ‘apoyo’ a la liberación democrática de Egipto, cuando a lo largo de los últimos diez años, por nuestra condición de principales receptores de ayuda militar americana, sabemos que solo Israel y Egipto –en su orden– superan los recursos que habían destinado al respaldo del régimen.

La antorcha y la esperanza de que la cultura occidental siga liderando al mundo están probablemente en Europa o, por lo menos, así parecen haberlo entendido sus principales gobernantes. La decisión tomada de no permitir la caída de Grecia no se sabe si nació del temor a un efecto castillo de naipes con el resto de los países en problemas, o si fue la conciencia de que un frente común de Europa –una Europa unida y eventualmente federada– tiene mejores posibilidades de futuro que cualquier otra región del mundo.

Pero sea por la razón que sea, el compromiso parece definitivo. Tanto que las mecánicas son aún desconocidas y seguramente complicadas. Poner los recursos en el fondo común de emergencias o condonar la deuda con los países acreedores son en efecto decisiones soberanas de los gobiernos. También ordenar y al mismo tiempo facilitar la capitalización de los bancos acreedores son pasos que parecen fáciles por la autoridad de los Estados. Pero el manejo de las deudas con los bancos privados o, con mayor razón, la deuda con los particulares puede ser más difícil de insertarlo en ese paseo.?La opción alterna, casi que atractiva como precedente, podría ser el caso del default de Argentina. A ello podría llevar el referendo propuesto por el primer ministro Papandreu.

Pero justamente ese fue un default y no un arreglo; fue acompañado de la renuncia a la dolarización; y el ‘corralito’ produjo toda clase de agitaciones por parte de los tenedores internos de deuda pública. Que el resultado fue positivo lo dice no solo la reelección abrumadora de la Sra. Kirchner –que muestra la satisfacción interna–, sino los indicadores de crecimiento y la nueva situación internacional de Argentina. Pero que no es repetible en Grecia lo dice el que como país suramericano los argentinos tienen el territorio más rico y la economía más desarrollada de la región (recuérdese que por esta época del siglo pasado era el cuarto del mundo, por encima incluso de los Estados Unidos), mientras que los griegos son la zona más pobre y más atrasada de su propio continente.

Más allá de la economía, el peligro es que esa Europa caiga en la visión americana según la cual la ‘democracia’ y el capitalismo son el fin de la historia y eso acabará tarde o temprano con la confrontación entre las civilizaciones. En la medida en que esa visión persiste y los elementos de poder económico y moral pierden peso, la supremacía bélica –que es la que le queda a Estados Unidos– se ha convertido en el único instrumento para imponerla.

Tenemos las barbaridades de Irak o Afganistán, donde, so pretexto de defender esos valores propios de occidente mas no de esas naciones, se ha acabado con los regímenes que respondían a la verdadera autodeterminación de los pueblos, pero sobre todo con los pueblos que no coincidían con ellos (en ambos países el número de muertos civiles por la intervención americana es cientos de veces más que las bajas que sufren sus tropas). O el cinismo de cuando, sin intervenir con sus propias tropas y negando cualquier interferencia, se dedican a promover y apoyar levantamientos como en Libia o Egipto y después proclaman como victoria propia la caída de esos gobiernos. Pero lo grave es que tenemos hoy la retórica de que tratamiento similar debe dársele a Siria y a Irán, y pareciera que han logrado hacer caer a Europa en esa tentación.

Por el momento, el movimiento de ‘Ocupemos Wall Street’ se expresa más contra el sistema económico que contra otros aspectos de la decadencia de Occidente. Pero, como lo expresan los gritos de las varias modalidades de ‘indignados’ de Europa, lo que están pidiendo es un cambio, una reivindicación de los valores que antes –en su versión humanista– defendía Occidente –lo justo, la ética, la solidaridad,– y un rechazo a la distorsión americana que hoy prevalece, de que por encima de ellos está lo pragmático, lo funcional.
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