Opinión

  • | 2011/08/31 18:00

    Gulliver en la isla de los funcionarios aterrorizados

    Si usted fuese una persona de clase media, bien formada y joven, y le ofrecieran un puesto público importante, ¿lo tomaría?

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El libro Los Viajes de Gulliver de Jonathan Swift es una inagotable fuente de inspiración. En él, Swift puso a su personaje Gulliver a decir lo que supuestamente vio en sus viajes por países imaginarios como Liliput, para criticar así a la sociedad inglesa de 1726 sin referirse a personajes o situaciones reales. Estos viajes los adobó Swift con anécdotas fantásticas tan bien escritas y tan sorprendentes que aún hoy en día se usan palabras que él inventó hace 300 años, como “Yahoo”, para bautizar a grandes empresas. Incluso el famoso director de anime japonés Hayao Miyazaki basó su película El Castillo en el Cielo en una isla voladora llamada “Laputa” que aparece en Los Viajes de Gulliver. (Nombre que tradujeron al castellano en esa película como “Lapunta” por motivos obvios).

Cuenta Gulliver que en Liliput los altos cargos del Estado se proveían mediante concursos entre personas entrenadas desde jóvenes en el arte de bailar a gran altura sobre la cuerda floja. Y que cuando un cargo quedaba vacante, 5 o 6 candidatos pedían al rey que los considerara para ocuparlo, y el rey nombraba a quién pudiera saltar y bailar más alto sobre la cuerda floja sin caer.

Yo supongo que en esta parte de su libro, Swift quería dejar constancia de su escepticismo sobre la manera como la Corona Británica nombraba al Primer Ministro, figura que apareció en esa época con Robert Walpole, y cuya permanencia dependía –y aún depende– de la habilidad del Ministro para mantener el respaldo de la Cámara Baja del Parlamento.

Y también supongo que si Swift fuera un colombiano de nuestra época, habría hecho que Gulliver naufragara en una isla desconocida donde los funcionarios públicos se dividían en dos grupos: los que firmaban los contratos que requería el Estado para su funcionamiento mientras corrían sobre carbones ardientes, y los que se quedaban totalmente quietos y no decidían absolutamente nada. Finalmente, Gulliver narraría cómo la civilización se extinguió en esa isla cuando todos los funcionarios públicos que querían tomar decisiones acabaron quemados en los carbones, y quedaron únicamente quienes solo movían sus manos para cobrar sus sueldos.

Así, Swift habría ilustrado nuestra peculiar forma de combatir la corrupción que se basa en hacer imposible la vida de todos los funcionarios –buenos y malos– que tienen que tomar decisiones.

La capacidad de las autoridades colombianas para investigar delitos de cuello blanco ha sido siempre muy débil, tal vez porque hemos dedicado nuestros esfuerzos a investigar otra clase de delitos (secuestros, asesinatos, narcotráfico). Por eso, es casi imposible que nuestras autoridades judiciales descubran lo que efectivamente hicieron los presuntos funcionarios corruptos.

Pero como el público demanda resultados en este campo, a falta de hallazgos reales, la “lucha contra la corrupción” se trasladó a las trincheras de las investigaciones administrativas y de los juicios fiscales, cosa que dio a estas funciones un profundo contenido político y mediático, lo que a su turno ha llevado a que los investigadores de la Procuraduría y de la Contraloría pierdan objetividad y tiendan a volverse injustos y exagerados.

Y, encima, para tratar de hacer más contra la corrupción, hace algunos años Colombia criminalizó la celebración de contratos sin el cumplimento de los requisitos legales, lo que quiere decir –por ejemplo– que a una gerente del ICBF de profesión psicóloga, la Fiscalía puede acusarla de haber cometido un delito si se da cuenta de que firmó un contrato al que le faltó algún papel o requisito, sin que tenga que probarle que quería robar al Estado al firmarlo.

Y como a pesar de esto no hemos logrado frenar la corrupción, el Congreso expidió la ley 1474 de 2011, que prohíbe a los ex-funcionarios trabajar en asuntos relacionados con su experiencia durante los dos años siguientes al día de su salida del cargo, lo que llevará a que solo acepten ciertos cargos quienes tengan dinero para irse a estudiar algún máster mientras pasa su inhabilidad.

En este ambiente, si usted fuese una persona de clase media, bien formada y joven, y le ofrecieran un puesto público importante, ¿lo tomaría?

Hoy en día, la mayoría de los supuestos hallazgos que las autoridades anuncian con bombos y platillos se refieren a infracciones formales y no a verdaderos robos. Y mientras tanto, la combinación entre la prensa sensacionalista y la acción de las autoridades de control está paralizando la administración pública colombiana y afectando injustamente a personas inocentes.

Para combatir de verdad la corrupción, Colombia tiene que fortalecer su capacidad institucional para investigar los delitos de cuello blanco. Además, los colombianos tenemos que mirar con cuidado los antecedentes de las personas que son nombradas en la rama ejecutiva y, finalmente, tenemos que pensar más antes de votar.
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