Opinión

  • | 2011/11/23 18:00

    Guillermo León tirando besitos

    Las Farc no se están acabando por la muerte de sus dirigentes, se están acabando porque sus dirigentes ya no tienen reemplazo.

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Cada uno es hijo de su época. Guillermo León Sáenz cumplió 20 años en 1968, cuando las Farc tenían cuatro años de fundadas. En ese entonces la expectativa de vida al nacer (hombres) en Colombia era de 59,9 años1, la mortalidad infantil era 78,92/mil niños, las mujeres parían más de 6 hijos3 y la mitad de la población vivía en el campo. Afuera, Fidel Castro celebraba 8 años en el poder en Cuba y la URSS llevaba 22 años librando la guerra fría, que habría de perder contra los Estados Unidos, 22 años después.

Pero los tiempos cambian. Durante los 43 años que han pasado desde 1968, la URSS colapsó, los países de Europa Oriental se volvieron capitalistas, el gobierno cubano se empantanó en un proyecto que no va para ninguna parte, Dilma Rousseff y José Mujica –ambos ex guerrilleros– llegaron al poder por la vía electoral, y Colombia se volvió un país predominantemente urbano, en el que la esperanza de vida (hombres 2011) llegó a 70,674, los hijos por mujer bajaron a 2,45 y la mortalidad infantil bajó al 9,886/mil niños.

Cuando la realidad les desvirtuó a las Farc los dogmas de su fe, ellos pusieron un muro de Berlín alrededor de su cabeza para poder seguir creyendo que la violencia es necesaria e inevitable –justificándose en un discurso forzado, según el cual los “factores objetivos” son más graves aquí que en cualquier otro país del mundo– y así siguen, después de 47 años en lo mismo, anunciando que las contradicciones se están agudizando y que el plan que tienen para tomar el poder va por buen camino.

Si Guillermo León hubiese entrado a estudiar antropología en la Universidad Nacional en 2010 –y no en 1968– estaría en la calle marchando, abrazando escudos policiales, participando en besatones y citando a Stephen Hessel, autor del libro Indignaos, quien dice –hoy– que la violencia vuelve la espalda a la esperanza, en vez de citar a Carlos Marx, quien escribió –hace 150 años– que la violencia es la partera de la historia.

Pero como cada quien cumple 20 años cuando le toca, el destino de Guillermo León fue entrar a las Farc, cambiar de nombre y volverse 'Alfonso Cano', renunciar a la vida normal, exterminar cismas, asesinar soplones, soldados y otros “enemigos del pueblo”, cobrar gramajes y extorsiones. Y sus manos, como las de tantos otros, se fueron tiñendo de sangre.

En el comunicado en el que dieron cuenta de la muerte de 'Alfonso Cano', las Farc anunciaron su intención de “tender los puentes necesarios” para unificar la lucha guerrillera con las marchas callejeras. En otras palabras, las Farc se proponen reclutar a los estudiantes que marchaban contra la reforma de la Ley 30 y cobrar sus victorias. Pero debe ser al revés. En vez de movilizarse a favor de la violencia, los estudiantes deberían movilizarse para liberar a las Farc de la violencia y plantear la salida para que la guerrilla deje la lucha armada. Si logran esto harían posible la verdadera revolución, porque los recursos que se liberarían permitirían pagar la educación gratuita, obligatoria y de calidad que ellos exigen.

Los estudiantes que marchan en las calles colombianas hacen parte de un movimiento pacifista que denuncia, en Colombia y en el mundo, la crisis de la democracia representativa. Se quieren sentir ciudadanos, quieren participar directamente en las decisiones que toma el Gobierno y están preparados para hacerlo. ¡Que participen! El país será mejor si abre las puertas para que este movimiento estudiantil, más maduro que el que encontró Guillermo León en su universidad en 1968, entre a la vida política y traiga consigo una nueva forma de vivir la democracia.

Entre los estudiantes que hace pocos días caminaban en las marchas contra la reforma de la Ley 30 debe haber varios de la facultad de Antropología de la Universidad Nacional. Tal vez alguno de ellos se llame Guillermo León, o Guillermina, o al menos William, pero ninguno se volverá 'Alfonso Cano'. Las Farc no se están acabando por la muerte de sus dirigentes, se están acabando porque sus dirigentes ya no tienen reemplazo. Ninguna persona que sea honesta puede pasar de tirar besitos por las calles a ordenar fusilamientos revolucionarios.

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