Opinión

  • | 2011/10/12 14:00

    A enfrentar la crisis

    ¿Qué tan preparados están los países latinoamericanos para la nueva crisis internacional?

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Después de haber estado luchando por contener la apreciación de sus monedas, súbitamente los países suramericanos han visto dispararse los tipos de cambio. Con devaluaciones de cerca del 10% en Colombia y Uruguay, y en torno al 14% en Brasil y Chile, entre la primera semana de septiembre y la primera de octubre, el ambiente económico en estos países pasó de la euforia a la cautela, o cuando menos a la sorpresa.

Tras el giro que han dado los tipos de cambio está la severa corrección que han tenido los precios de los productos básicos: en esas mismas semanas el precio del cobre cayó 24%, el café 23% y la soya 18%. Aunque el petróleo ha aguantado un poco mejor, su precio ha caído cerca del 10%.

Los inversionistas aún siguen bastante confiados en la solidez de las economías latinoamericanas, a juzgar por el comportamiento de los márgenes de los títulos de deuda soberana. En efecto, Brasil, Chile, Colombia, México, Perú y Uruguay tienen márgenes sustancialmente más bajos que España o Italia. Sin embargo, estos seis países latinoamericanos han visto aumentar sus márgenes cerca de 50 puntos básicos desde la primera semana de septiembre.

Las salidas de capitales han sido incipientes, pero podrían acelerarse si una eventual agudización de la crisis europea creara una situación de pánico financiero semejante a la que generó la quiebra de Lehman Brothers en septiembre de 2008. En ese caso, habría un desplome aún más brutal de los precios de los productos básicos y devaluaciones mucho más sustanciales de las monedas latinoamericanas, como ocurrió entonces.

Alemania y Francia han dejado claro que respaldarán a toda costa sus sistemas financieros, pero aún está en duda si podrá crearse un mecanismo de soporte para los bancos de los países periféricos, como Italia, donde el fisco es demasiado débil para ofrecer una garantía confiable. Por lo tanto, todavía no puede descartarse una nueva crisis con los ribetes de la de hace tres años.

En diversos aspectos, los países latinoamericanos están hoy mejor preparados para enfrentar la crisis. Han logrado acumular más reservas internacionales y algunos han tenido además la precaución de asegurar su acceso a fuentes adicionales de liquidez del Fondo Monetario Internacional. Los balances financieros de los grandes bancos y empresas latinoamericanas son ahora más resistentes, pues tienen más recursos líquidos, están mejor regulados y no parecen haberse embarcado en innovaciones financieras riesgosas. Con todo, en Chile, Brasil y México habría severas contracciones crediticias si la banca europea se viera forzada a recortar sus créditos (directos y a través de sus sucursales).

Las posiciones de política macroeconómica son en general sólidas, pero menos holgadas que hace tres años. Los coeficientes de deuda están ahora más elevados, el gasto público ha crecido más que el PIB y los ingresos tributarios se han vuelto mucho más vulnerables a los precios de los productos básicos. Lo cual significa que habrá menos espacio para las políticas fiscales contracíclicas. Lo mismo ocurre con las políticas monetarias, pues se parte de tasas de interés más bajas que al comienzo de la crisis de 2008.

Aunque fuera profunda, una crisis de corta duración podría ser manejada por la mayoría de países latinoamericanos sin mayores repercusiones sobre la estabilidad de sus sistemas financieros o sobre la sostenibilidad fiscal. Pero la crisis que se avecina puede prolongarse por años, pues Europa carece de los resortes políticos e institucionales que le permitieron a Estados Unidos orquestar una pronta recuperación en la crisis pasada. Peor aún: esta vez Estados Unidos podría ser una tara adicional para remontar esta nueva crisis.

Con este panorama, los gobiernos latinoamericanos tendrán que ser muy mesurados en el uso del escaso margen con que cuentan para adoptar políticas fiscales y monetarias contracíclicas.

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