Opinión

  • | 2011/10/13 14:00

    Y del pueblo,¿qué?

    La pregunta que se plantea es si los indicadores que usamos nos dan las señales correctas sobre lo que debemos hacer, ya que los que escojamos serán los que determinan si actuaremos en un sentido o en otro.

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Una anécdota que se atribuye a Alfonso López Pumarejo cuenta que una vez asistía a la Junta Directiva del Banco de la República nombrado por la SAC (Sociedad de Agricultores de Colombia) cuando quien como Ministro de Hacienda la presidía hizo la presentación del programa de Gobierno donde planteaba las metas que se fijaban y las medidas para alcanzarlas.

Terminada la exposición se levantó el ex presidente y en tono entusiasta le dijo: “Es un gran programa, coherente y bien presentado; lo felicito señor Ministro, tal vez solo le falte una cosa…”

Sorprendido, el Ministro que no se esperaba esto, pues no había visto signo de aprobación o de gran interés mientras daba sus cifras y sus programas, agradeció los elogios y preguntó: “¿Qué le falta señor Presidente” “El pueblo, Sr. Ministro, ¿Qué pasa con el pueblo”.

Cierto o apócrifo el cuento refleja la inquietud que debemos tener respecto a los gobiernos donde la aplicación de la tecnocracia olvida los temas y los problemas de la población. Hoy nos repiten que la deuda del Estado colombiano ha subido su puntaje ante las calificadoras de riesgo; que tenemos un gran aumento de las reservas de divisas; que somos considerados uno de los mejores destinos de inversión; que el ministro Echeverry es considerado el mejor de Latinoamérica, que el producto bruto crecerá más de lo esperado; que ya habrá TLC y con él se inicia una época de prosperidad; hasta se afirma que estamos blindados frente a la crisis mundial… En fin, que ante el mundo de los tecnócratas economistas somos un modelo envidiable.

Para los economistas políticos el panorama no es tan iluminado. Seguimos siendo el país con mayor desempleo de la región; también el de más desigualdad; y los índices de pobreza compiten entre los más bajos. La inseguridad en las ciudades es creciente. Ante las catástrofes naturales no hay ni previsión antes ni atención después. El conflicto interno –bajo cualquier denominación que se le ponga– afecta a millones de colombianos, siendo una enfermedad que no tiene ya nadie en el hemisferio. Los escándalos por corrupción no tienen paralelo con ningún otro país; los procesos políticos giran alrededor exclusivamente de ambiciones y posiciones personales sin ninguna representación de grupos poblacionales.

Como en el caso del diablo, cuya mayor diablura consiste en hacer creer que no existe para que no lo combatan, los primeros promulgan que ya no hay izquierdas y derechas porque los problemas no son políticos –de conflictos de interés entre grupos poblacionales–, sino de manejos técnicos, de conocimientos y administración eficiente.

Sin embargo, sí hay la derecha que cree que el orden natural es que los más privilegiados sirvan de especie de tutores de los menos privilegiados; que el camino para que todos tengan satisfacción depende de la cantidad de riqueza de la colectividad; que la manera de lograrlo es el mercado y la libre competencia; y que la compensación de las desigualdades debe proveerse por razones y medios asistencialistas; en resumen, que lo que determina el progreso y el bienestar de un país y en lo cual los esfuerzos del Estado deben concentrarse es en sus finanzas y el crecimiento del Producto Interno Bruto, el PIB.

Y una izquierda que cree en un orden social que debe buscar la igualdad; que la armonía y la tranquilidad social dependen del equilibrio más que de la riqueza colectiva; que la solidaridad debe prevalecer sobre el interés individual; que el ciudadano ante el Estado lo que tiene son derechos; y que por eso satisfacer las necesidades de la población y reconocer la prioridad de la cohesión social no son de naturaleza de una obligación moral, sino la función del gobernante y el objetivo y esencia del Estado.

En lo que ambos coinciden es en que los indicadores son instrumentos tanto de administración como de medición para efectos comparativos, y por la importancia y la dificultad para crear unos que sean expresivos y útiles para este propósito el presidente francés Nicolás Sarkozy creó la Comisión para la Medición del Desempeño Económico y el Progreso Social designando a los Nobel Stiglitz y Amartya Sen para dirigirla.

La pregunta que se plantea es si los indicadores que usamos nos dan las señales correctas sobre lo que debemos hacer, ya que los que escojamos serán los que determinan si actuaremos en un sentido o en otro. Eric Zencey da una especie de respuesta señalando que vivimos lo que describe como el reflejo del proceso Shumpeteriano (de ‘destrucción creativa’, cuando las estructuras económicas –sistemas, relaciones y tecnologías de producción– se vuelven obsoletas y son reemplazadas por otras más avanzadas) al cual deben adaptarse los conceptos y los indicadores con los que trabajamos.

El PIB es solo una medida de un aspecto de la economía pero dice muy poco de cómo va el país o del impacto sobre la población. Hoy se reconoce que excluye actividades que contribuyen y forman parte del mayor valor de la producción, como los trabajos de voluntariado o las labores del hogar y el servicio doméstico. Otra distorsión es no contar como costos la disminución de recursos naturales o el deterioro del medio ambiente y, por el contrario, asumir como positivo lo que se genera para corregir o compensar esos daños.

Igualmente, oculta el hecho reconocido de que en los últimos 30 años en prácticamente todas las sociedades ha aumentado la desigualdad, y el crecimiento del PIB ha coincidido con el deterioro en la calidad de vida y la sostenibilidad del medio ambiente.

Con todas esas deficiencias y limitaciones no tiene sentido adelantar políticas que tienen por principal propósito el crecimiento del PIB. El progreso debe manifestarse –y por lo tanto medirse– en la mejora del conjunto de lo que compone la calidad de vida de la gente. Es indispensable diseñar indicadores que tengan eso en cuenta.

Es lo que en alguna forma dicen las protestas ciudadanas que se indignan con los gobiernos que, obsesionados con los resultados de las finanzas del Estado, se desentienden de la atención a la seguridad y los problemas del ciudadano, a la disminución de la contaminación de los ríos o a la congestión y contaminación de ruido o del aire del tráfico vehicular, por no representar estos nada para el PIB sino probablemente obstáculos para su crecimiento.

Aparecen entonces nuevas ramas como la economía del comportamiento, la de la economía evolutiva, la del bienestar, la del capital social, la de la información asimétrica; todas procurando indicadores en sentidos diferentes y, sobre todo, todas renunciando a la premisa de la racionalidad de los mercados, al supuesto de los mercados perfectos; es decir, en concreto, a la economía de la eficiencia del mercado.

Incluso el Premio Nobel cambió desde 1995 de ciencias económicas a ciencias sociales, abriéndose a campos como las ciencias políticas, la psicología y la sociología, incluyendo dos miembros no economistas en el comité de selección (anteriormente, el comité del premio estaba compuesto por cinco economistas).?El equipo de gobierno actual, el mismo –a comenzar por el Presidente– que dirigió el país cuando Andrés Pastrana y cuando la mayor crisis que ha tenido el país con el apogeo del neoliberalismo, parece ‘blindado’ a toda esa evolución y sigue la misma ortodoxia de esa época.
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