Opinión

  • | 2011/09/14 18:00

    ¿De dónde saldrá el optimismo?

    El mundo desarrollado no superará fácilmente la crisis que se avecina.

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Las crisis suelen ser causadas por excesos de optimismo, de gasto y de endeudamiento. Al estallar, las crisis destruyen el optimismo, deprimen el gasto y bloquean los canales normales del crédito. Pero no es posible salir de ellas sino con nuevas dosis de optimismo, gasto y endeudamiento.

Laboriosamente, hace unos meses el mundo desarrollado estaba saliendo de la crisis. En mayo se creía que el último trimestre de 2011 sería ya de sólida recuperación. Pero las últimas proyecciones producidas por la Ocde muestran que en los tres meses que quedan de este año tanto Estados Unidos como Europa no tendrán prácticamente ningún crecimiento. Y Alemania, que había sido el bastión de la recuperación europea, caerá francamente en recesión.

La desaparición de todo optimismo fue el único evento crucial de los últimos meses. No hubo ningún cambio fundamental en Estados Unidos ni en Europa capaz de justificar semejante derrumbe en las perspectivas. En Estados Unidos se debilitó la confianza de que el sistema político encuentre cómo aumentar el gasto y el endeudamiento públicos en el corto plazo, y a la vez consiga restablecer la sostenibilidad fiscal de mediano plazo. Y en Europa desapareció toda esperanza de que los gobiernos logren una respuesta coordinada para enfrentar los problemas de los países periféricos.

En su discurso del 8 de septiembre el presidente Obama planteó un programa de reducciones de impuestos a la nómina y mayores gastos en subsidios de desempleo e inversión en infraestructura que ayudaría a evitar la muy posible recesión de 2012. Una propuesta balanceada y sensata orientada a crear optimismo, elevar el gasto público y privado y aprovechar el enorme espacio de endeudamiento con que cuenta todavía el gobierno de Estados Unidos. Sin embargo, muy posiblemente enfrentará la oposición republicana en el Congreso antes de alcanzar a levantar los ánimos de consumidores e inversionistas. Tampoco ayudará a crear confianza el enfrentamiento que seguramente habrá entre los Demócratas y Republicanos que forman el panel bipartidista encargado de proponer antes de diciembre recortes de gasto por US$1,5 billones para estabilizar la situación fiscal en los próximos diez años.

La situación es mucho más oscura en Europa. Para evitar una debacle del sistema financiero habría que optar muy pronto, bien sea por una unión fiscal de algún tipo para respaldar a los países en problemas, o por una fragmentación de la unión monetaria que permita a unos países recuperar la competitividad mediante una devaluación y a los demás protegerse del inevitable contagio. Pero lo más posible es que sean los hechos desordenados, y no un plan coherente, lo que dicte el desenlace. Hasta entonces será difícil que se recupere el gasto o que el sistema financiero esté dispuesto a ampliar su portafolio y asumir más riesgos.

Pero igual que en Estados Unidos, el problema más difícil en Europa en los próximos años no será aumentar el gasto o el endeudamiento sino recuperar el optimismo.? ¿De dónde saldrá el optimismo en Estados Unidos en un año electoral, posiblemente en recesión, y con posiciones tan opuestas entre uno y otro partido sobre la política fiscal en el corto y en el mediano plazo? Y en Europa, ¿qué optimismo colectivo podrá haber con actitudes nacionales tan poco conducentes a la coordinación de las políticas y ante el posible fin del sueño de la unificación?

Pero los “espíritus animales” de que hablaba Keynes suelen ser impredecibles. Igual se derrumban un día y renacen más adelante con causas que solo pueden identificarse a posteriori. El liderazgo, los avances tecnológicos y los nuevos mercados han sido en el pasado fuentes de resurgimiento del optimismo, a pesar de que en momentos de crisis las reservas de estos recursos siempre parezcan haberse agotado.
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