Opinión

  • | 2012/01/18 18:00

    Crisis y Rebeldía

    El descontento ciudadano y la expansión de la crisis financiera marcaron el año 2011. ¿Qué conexiones hay entre las dos dinámicas?

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Una hipótesis: el año 2011 será recordado, ante todo, por la combinación de dos fuerzas, no totalmente independientes, desde luego: la protesta ciudadana que se vivió a lo largo y ancho del mundo y la modorra económica, cada día más compleja, en la cual siguió sumido gran parte del mundo desarrollado y, de manera creciente, los países emergentes.

Las manifestaciones populares comenzaron, casi literalmente, con el comienzo del año. En una sucesión tan vertiginosa como sorprendente, el descontento popular tumbó algunos de los tiranos más notables del medio oriente, empezando por Ben Ali en Túnez a comienzos de enero. En mayo surge el llamado movimiento 15M en varias ciudades de España y en septiembre, comienza una movilización popular en Nueva York, procesos que rápidamente se extienden a otras partes del mundo, incluida Colombia. En 2011 también quedó claro que a las dificultades emanadas del sistema financiero y su compleja interacción con el sector hipotecario, se suman rápidamente las ligadas a la deuda pública de diversos países, empezando por el sur de Europa y los Estados Unidos.

En el contexto de esta transmisión de los huecos –de los balances del sector privado a los balances del sector público– el contagio, es decir el efecto que tienen dificultades observadas en el mercado de deuda pública de un país específico sobre el de otros países, fue y sigue siendo parte importantísima de la dinámica financiera general. Diversas e interesantes son las conexiones entre este par de columnas vertebrales que marcaron tan decisivamente, casi definieron, el año y son múltiples las implicaciones que dichas conexiones tienen para el futuro. Una primera conexión, creo yo, es la desigualdad.

Hay diversas formas en que la explicación de la creciente desigualdad observada en Estados Unidos es también parte importante del proceso que llevó a la crisis de 2008 y al descontento de 2011. El profesor R. Rajan, de la Universidad de Chicago, por ejemplo ha planteado que la política pública implementada para combatir la creciente desigualdad americana, a su vez consecuencia del cambio técnico, incluyó la toma de excesivos riesgos financieros en materia, por ejemplo, de la vivienda social. El profesor D. Acemoglu, de MIT, plantea que la desigualdad, al menos entre el extremo más alto de la distribución y el resto –el ya célebre 99%– se explica porque los plutócratas ejercen poder, se mimetizan con los políticos, sesgan a su favor la política pública, y ello causó un sesgo en contra de la prudencia financiera y a favor del despilfarro.

Una segunda conexión, me parece, es algo muy abstracto que llamaré, por conveniencia, velozfilia: apego a la velocidad, al “ya mismo”. La manera vertiginosa en que la trágica auto inmolación de un muchacho de Túnez, previamente maltratado por la fuerza pública, redundó en la expresión masiva y transnacional de una inconformidad latente y, finalmente, en el derrocamiento de varios tiranos, es poco menos que pasmosa. El punto es que en 2011, uno pudo observar vértigos (y hasta naufragios políticos) muy similares en su esencia, que se originan en varios de los principales mercados financieros del mundo. Una señal equívoca emanada de Atenas a las 10 de la mañana, impacta los mercados en Madrid y Roma, por no ir más lejos, a las 10:01 y tiene nerviosos a los políticos a las 10:02.

Lo malo es que la desigualdad, como problema, y la velozfilia, como metodología, no combinan. Al contrario, pueden antagonizar perversamente. Si una parte del exceso de desigualdad se explica por el cambio técnico, que premia al trabajador capacitado y castiga al que no lo es, no hay más remedio que el lentísimo de crear oportunidades. Me parece que, al respecto, la tesis de Rajan, en el sentido de que la desesperación por luchar contra la desigualdad con políticas sociales anhelosas de resultados rápidos es una parte importante de la explicación de la crisis de 2008 en Estados Unidos, es muy razonable, y debería llamar a la cautela.
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