| 7/24/2013 6:00:00 PM

Un año turbulento

El año electoral que comienza se anuncia turbulento. No es fácil leer hoy la bolita de cristal. Pero si el gobierno y la sociedad logran resolver adecuadamente y sin violencia esos sacudimientos, a partir de agosto de 2014 puede brotar en firme un embrión de nuevo país.

Por: Socorro Ramírez, doctora en ciencia política de la Universidad de Sorbona.

El presidente Santos se juega su reelección en los diálogos de paz, pero éstos tropezarán con dos hechos importantes. En primer lugar, con la oposición del expresidente Uribe y su larga cauda (incluso militar o paramilitar), que le apostarán a la derrota de Santos y del proceso a cualquier costo, así el país deba pagar la cuenta. Han empezado a jugar incluso al peligroso “ca-ta-tumbo”!

Por otro lado, los diálogos de paz tropezarán en el 2013 con la convergencia entre protesta social y negociaciones con las guerrillas, que pone contra la pared al gobierno. Las FARC y al ELN intentarán aprovecharlas, mientras las conversaciones con éstas les dan a los movimientos populares un implícito poder de chantaje. “Si no se llega a acuerdo con nosotros, no hay paz”. Y ambos lo saben. Por eso –y por el auge de luchas sociales en el mundo- las protestas se prolongarán y ampliarán en el 2014. Es posible que a ellas se sumen algunas regiones rurales y el sector educativo urbano. El gobierno tendrá que renunciar a su criminalización y a la represión violenta si quiere mantener su imagen de gobierno abierto y reformista, que le abrió la ley de tierras y de víctimas. Independientemente de si las guerrillas están presentes o no en los movimientos, éstos tienen profundas raíces y razones históricas que deben ser eliminadas si se aspira seriamente a la paz. En este punto, Santos tendrá que hacer valer su criterio ante el ministro de defensa y las mismas fuerzas de seguridad, lo que no será fácil.

En este difícil contexto, las negociaciones con las FARC (y con el ELN?) podrían no culminar en el 2013 como sería lo adecuado. No se romperán porque ni el gobierno ni las FARC (ni el ELN) tienen alternativas. Pero podrían ser suspendidas hasta agosto del 2014, como lo avizora ya con perspicacia Uribe y se apresura a montarse en ese nuevo carro. Si los diálogos se suspenden podrían dejar de pesar en la balanza electoral, y el principal argumento de las campañas -de Santos y de Uribe- quedará en el limbo. En ese escenario vacío podría moverse la izquierda con una audaz apuesta por la paz con reformas sociales, pero la debilita la división entre Polo Democrático, Unión Patriótica, Progresistas y Marcha Patriótica.

Las relaciones del gobierno con el Congreso se harán más complejas. Muchos padres de la patria estarán más pendientes de las perspectivas electorales que de la suerte del país. No habrá, pues, en 2014, grandes reformas legislativas. Y si Santos quiere la reelección se verá muy presionado para distribuir puestos y prebendas alimentando así el clientelismo y la corrupción.

El horizonte económico nacional tampoco está despejado. La economía se verá afectada por la incertidumbre que generan la turbulencia social, las elecciones y la corrosiva oposición mediática del uribismo. A este clima interno se le suman las dificultades de las mayores economías mundiales y los crecientes problemas de Brasil y Venezuela.

Las ‘locomotoras’ de la economía mostrarán cansancio. El caótico crecimiento de la minería se verá frenado por una combativa y creciente resistencia tanto en la prensa como en la calle. En torno a algunos de esos proyectos habrá nuevas movilizaciones sociales. Los precios del carbón se mantendrán bajos y los del petróleo se verán amenazados por el probable incremento de la producción estadounidense.

En el campo, los problemas estructurales acumulados y la incertidumbre frente a las negociaciones de la Habana afectan la productividad del sector agropecuario. La infraestructura y la construcción– seguirán jalando el tren. Y la todavía tímida revaluación del dólar reactivará un poco las exportaciones y la producción industrial. Sin embargo, no parece que el gobierno esté dispuesto a cambiar su modelo de crecimiento, más basado en la inversión extranjera (sobre todo en minería y en agroindustria) que en la producción nacional.

Con un crecimiento más lento, -muy lejano ya del optimismo inicial del presidente- el gobierno pierde capacidad de respuesta a las demandas sociales, y esto puede dar pie a mayor inconformidad y protesta.

En suma, las negociaciones con las guerrillas, que constituyen la clave del momento político colombiano, quedarán supeditadas a los acuerdos a los que el gobierno llegue con los movimientos sociales y populares. Esto le exigirá al presidente una definición mucho más clara de su gobierno a favor de serias reformas sociales, que chocarán contra Uribe y sus seguidores, muchos de ellos peligrosos. Si Santos tiene la lucidez para reconocerlo y el coraje para ponerlo en obra, le abrirá al país un sendero que le permitiría comenzar a salir del atolladero histórico en el que se encuentra desde hace largos años. Y si no los tiene, no ganará Santos sino que perderán sus rivales…
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