| 5/25/2017 12:01:00 AM

¿Por qué pocas universidades tienen reconocimiento de calidad?

En Colombia, solo 16% de las instituciones de educación superior están acreditadas en alta calidad. Semana Educación analiza cómo funciona este reconocimiento y por qué lo tienen pocas universidades.

Estudiar en una universidad acreditada en alta calidad es un factor determinante para muchos jóvenes a la hora de escoger un pregrado. No en vano, las más recientes cifras del Observatorio Laboral muestran que hasta 2014 un recién egresado de una institución acreditada de alta calidad recibía un salario promedio de enganche de $1’899.592, frente a los $1’664.788 que obtenía quien salía de una no acreditada.

La acreditación de calidad no solo implica un mejor salario de enganche en el momento de vincularse al mercado laboral, además facilita la consecución de créditos para financiar los estudios universitarios. Así mismo, para las universidades significa un reconocimiento de cara a la comunidad académica nacional e internacional, al tiempo que asegura procesos de fortalecimiento institucionales, pedagógicos, curriculares e investigativos. 

Pese a todos estos beneficios, de las 288 instituciones de educación superior que hay en el país, solo 47 están acreditadas en calidad, lo que equivale a 16% del total. De estas, 14 son públicas, 28 privadas y 5 de carácter especial; es decir, instituciones que están adscritas al Ministerio de Educación Nacional (MEN), pero que no reciben recursos del sector oficial.

Conseguir esta distinción se ha convertido en una meta para todas las Instituciones de Educación Superior (IES), pues una vez se obtiene, las universidades pueden aumentar el costo de los programas que ofrecen para destinar los recursos extras, principalmente, a contratar profesores capacitados de tiempo completo y mejorar la infraestructura. 

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¿Y si es tan bueno, por qué tan pocas universidades están certificadas en calidad? La profesora de la Universidad Javeriana, Gloria Melguizo, cree que son varias las razones, entre las que menciona los altos costos de estos procesos, así como el hecho innegable de que hay instituciones de mala calidad. 

Agrega que estos procesos pueden llevar a un incremento de las matrículas, lo que podría reducir los estudiantes, cuyo pago es el ingreso más importante para las universidades. Además, la acreditación de alta calidad brinda mayor potestad al Estado para ejercer control y vigilancia, una situación que choca directamente con la autonomía de la que se benefician las IES.

‘Debería ser obligatorio’

La carrera por la certificación de alta calidad comenzó en 2015, tras un anuncio de la exministra Gina Parody en el que estableció que a partir de 2018 los préstamos del Icetex no podrán ser usados para estudiar en instituciones colombianas de educación superior que no tengan esta certificación. 

De acuerdo con el MEN, “esto supone la garantía de unas condiciones básicas de calidad”, y añaden que, cuando las instituciones de educación superior alcanzan una etapa de consolidación y madurez “lo ideal es que se preparen para someterse a una evaluación más exigente que conduce, de resultar exitosa, al reconocimiento de la alta calidad de sus programas y luego de la institución”.

Hernando Bedoya, profesor e investigador de la Universidad de los Andes, considera que este reconocimiento debería ser obligatorio y ser el mínimo requisito para que las IES puedan funcionar. En este sentido, agrega, existe una gran cantidad de universidades que cuentan con el aval del Estado para funcionar pero son de muy mala calidad porque el primer filtro para operar es un requisito muy fácil de cumplir. Sin embargo, sostiene, las universidades acreditadas de alta calidad tampoco obtienen buenos resultados en las mediciones internacionales, excepto instituciones como Los Andes o la Nacional. De hecho, solo estas dos aparecen en la lista de las 300 primeras del mundo en el ranking de la consultora QS. 

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En Estados Unidos, líder indiscutible de estos rankings, la metodología es diferente porque quien otorga este reconocimiento no es el Estado, sino agencias privadas a las que autoriza el Departamento de Educación. 

Edna Bonilla, profesora de la Universidad Nacional, advierte, por su parte, que los estándares establecidos para obtener la acreditación de alta calidad no necesariamente indican que las universidades que tienen esta certificación sean de gran nivel. “Llenar una cantidad de formatos no se traduce en mejores estándares. Lo que se tiene que hacer es una apuesta fuerte en investigación y en ofrecerle educación a la mayor cantidad posible de jóvenes”, reitera.

Bonilla considera que sería importante trabajar en diferentes aspectos, como la educación terciaria, más que pensar en los criterios de acreditación de alta calidad. “En otros países la educación terciaria es reconocida y apetecida por los jóvenes que no ven la universidad como una opción”, asegura. 

El Padre Jorge Humberto Peláez, S.J., rector de la Javeriana, se declara defensor de los procesos de acreditación, pero advierte que el sistema colapsó porque las estructuras diseñadas hace más de 20 años han sido desbordadas por la avalancha de programas que se presentan. “Los procesos son lentos, la información que se presenta queda desactualizada porque la visita se realiza muchos meses después, hay repeticiones y reprocesos, no hay suficientes pares calificados para realizar las visitas, etc., etc. Es necesario hacer una reingeniería de los procesos”, explica, mientras que Pablo Navas, rector de la Universidad de los Andes, opina que las universidades no acreditadas no son malas per se, pues todas no pueden tener el mismo modelo, ni todas tienen la capacidad de contratar doctores y hacer investigación.

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“En Estados Unidos hay 4.900 instituciones y solo 120 hacen investigación. Las universidades que se dedican a investigar cuestan mucho dinero y en Colombia no hay plata para más. Homogenizar el modelo de acreditación es un error”, subraya.

Independiente de quién tenga la razón con respecto a la utilidad de estas acreditaciones, lo cierto es que la calidad educativa es una de las principales falencias que se debe mejorar en el país.

Así funciona

El primer paso para que una universidad se acredite consiste en una autoevaluación. Posteriormente, el Consejo Nacional de Acreditación (CNA) mide el proceso y comunica sus resultados al MEN, que decide si entrega o no la certificación. Primero se certifican los programas y luego sí la institución. Se trata de evaluaciones independientes.

El reconocimiento tiene un periodo de vigencia de tres a diez años, dependiendo de la decisión de la cartera educativa. Al momento de vencer, se realiza una nueva solicitud para renovar.

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