| 9/29/2011 7:00:00 AM

El nuevo poder

Con la llegada de Juan Carlos Pinzón, Mauricio Cárdenas y Frank Pearl al Gobierno, ya son 9 los economistas dentro del Gabinete del presidente Santos. La influencia de los economistas en la política pública está en un máximo histórico.

Muchos han señalado que los recientes nombramientos de Ministros confirman la tendencia del presidente Santos a preferir bogotanos en su gabinete. Al parecer, sin embargo, la preferencia del presidente no solamente tiene un sesgo regional, sino también en lo que se refiere a la formación profesional. Con los nombres de Juan Carlos Pinzón (Defensa) Mauricio Cárdenas (Minas) y Frank Pearl (Ambiente) se completan ya  9 ministros economistas. En un gabinete de 15 puestos, los economistas son una mayoría indiscutible.

Los otros ministros economistas son Beatriz Uribe, en Vivienda; Juan Carlos Echeverry, en Hacienda; Mauricio Santamaría, en Protección; Juan Camilo Restrepo, en Agricultura; Hernando José Gómez, en Planeación Nacional, y Diego Molano, en el ministerio de las TIC. Catalina Crane y Samuel Azout, altos consejeros del Presidente con rango ministerial, son economistas. Y no sobra recordar que el jefe de todos ellos, Juan Manuel Santos, también es economista.

Este patrón tendrá consecuencias sobre la orientación y el estilo del Gobierno. Estos Ministros son tecnócratas; es decir, están en el gobierno fundamentalmente por su dominio de los temas técnicos, incluso por encima de sus inclinaciones políticas. Comparten, además, una orientación que podría llamarse ortodoxa. 

Sin embargo, para muchos otros actores importantes en la cosa pública, esa perspectiva de los economistas puede parecer antipática e incluso inconveniente. 

Los economistas se forman para entender cómo las motivaciones y decisiones individuales arrojan resultados colectivos. Esa formación les enseña que, con frecuencia, lo que parece intuitivamente cierto para las personas puede resultar inconveniente para la sociedad. Elevar los salarios por encima de la inflación no trae bienestar a los trabajadores, sino que reduce la productividad y eleva el desempleo. Abrir la economía al comercio internacional no debilita las empresas, a la postre aumenta la competitividad y genera más riqueza. Emitir dinero no les facilita la vida a los empresarios, sino que estimula la inflación. La lista de ejemplos de divergencias entre la visión de los economistas y lo que perciben los demás es tan amplia como la propia agenda pública. 

Esta diferencia de perspectivas entre los economistas y el resto de los mortales podría llegar a jugar en contra de la efectividad del Gobierno. Los economistas suelen ser vistos como seres fríos, teóricos y distantes de la realidad. Incluso cuando sus ideas son las correctas, la dificultad para transmitir su mensaje y la amplitud de la brecha que se abre entre quienes comparten el lenguaje y los que quedan al margen podría convertirse en un problema importante para que el Gobierno logre los resultados que busca. Será necesario que este selecto equipo de economistas recurra a las lecciones de su propia experiencia y a su sentido común para que logre superar estas barreras y movilizar al país en forma efectiva.

Estilo Santos

A Juan Manuel Santos le gustan los tecnócratas. De hecho, podría decirse que él es primero un tecnócrata y solo después un político, pues en su larga trayectoria en el sector público el único cargo de elección popular que ha desempeñado es la Presidencia de la República. A Santos siempre le ha gustado rodearse de tecnócratas y, en particular, de economistas. 

El economista Mauricio Reina, quien trabajó como viceministro de Comercio cuando Santos ocupó esa cartera en el gobierno Gaviria, recuerda que desde la década de los 90 hay un grupo de economistas cercanos al hoy presidente Santos que desde entonces trabaja con él.

Santos fue el primer ministro de Comercio, entidad creada a partir de 1992, y conformó en esa ocasión un equipo de economistas que hasta ese momento se había destacado en la academia y en Fedesarrollo, pero que posteriormente tendría una presencia muy importante en el sector público. Allí estaban Juan José Echavarría (luego miembro de la Junta del Banco de la República), Catalina Crane (quien fue viceministra de Hacienda de Santos durante el gobierno Pastrana y gerente de Procafecol), Patricia Correa (quien sería más tarde Superintendente Bancario) y María Angélica Arbeláez (hoy representante de Colombia ante el FMI). 

Más adelante, Santos trabajó de cerca con otros economistas que hoy tienen posiciones destacadas en su gobierno. Juan Carlos Echeverry fue director de Planeación Nacional en el gobierno Pastrana y hoy es Ministro de Hacienda. Juan Carlos Pinzón acompañó a Santos en el Ministerio de Hacienda y también de Defensa y, al llegar al Gobierno, Santos lo nombró primero Secretario General de la Presidencia y luego Ministro de Defensa.

Los economistas que están hoy en el Gobierno podrían ser clasificados en dos grandes grupos: los que vienen de la investigación y la academia, y los que han trabajado durante la mayor parte de sus carreras como directivos en los sectores público y privado.

Entre los primeros se cuentan Juan Carlos Echeverry, Mauricio Cárdenas y Mauricio Santamaría. Los tres se abrieron camino profesionalmente por su capacidad para desarrollar modelos y analizar políticas públicas desde una perspectiva macro. Juan Carlos Echeverry, por ejemplo, fue monitor del curso sobre monetarismo que dictaba Ben Bernanke en la Universidad de New York. 

En el segundo grupo están Juan Camilo Restrepo, Frank Pearl, Beatriz Uribe, Juan Carlos Pinzón, Hernando José Gómez y Diego Molano.

Juan Camilo Restrepo es profesional con doble titulación como abogado y economista de la Universidad Javeriana. Es un conocedor de los temas fiscales y agropecuarios. Tuvo que lidiar con dos enormes crisis: el apagón durante el gobierno Gaviria, como Ministro de Minas, y la recesión de 1999, como Ministro de Hacienda de Pastrana. En ambos casos se destacó por sus calidades gerenciales.

Frank Pearl hizo una carrera importante en el sector privado, tanto en McKinsey como en Valorem, y luego se lanzó a la gestión pública, empezando por su rol de Alto Comisionado para la Reinserción. 

Todos son economistas, pero acumulan larga experiencia en el manejo de los asuntos públicos y están lejos de ser solamente unos teóricos. Echeverry trabajó hombro a hombro con Santos moviendo la reforma constitucional de regalías en el Congreso bajo el gobierno Pastrana, y logró la aprobación de importantes leyes económicas en el primer año del actual gobierno. 

Sin embargo, las brechas entre las perspectivas de los economistas y quienes vienen de otras profesiones persisten y estarán en el centro del escenario. Podrían complicar las cosas en las decisiones por venir.

Tres frentes
Los economistas tienden a ver la sociedad como el resultado de decisiones individuales, movidas por el interés propio y sujetas a restricciones de recursos. Los mercados permiten que los individuos revelen sus preferencias personales a través de los precios y mueven a la sociedad hacia el logro de resultados eficientes.La tarea de gobernar consiste fundamentalmente en diseñar incentivos para inducir a las personas hacia los comportamientos más convenientes para la sociedad, y en equilibrar las cargas para que el objetivo de eficiencia conviva con el de equidad. No hay valores absolutos: una decisión no es buena o mala, los beneficios y costos que se derivan de ella hacen que sea mejor o peor que otras alternativas posibles. 

Este marco básico explica, en alta medida, la influencia que pueden llegar a tener los economistas. Más allá de los temas macroeconómicos, la aplicación de estos principios permite tomar decisiones en múltiples campos de política pública. Como afirma el viceministro de Hacienda, Bruce Mac Master, “los economistas hoy tienen mucho poder porque pueden identificar claramente lo que pasa en un sector específico, para regularlo. Hasta no hace mucho tiempo, todos creían que los únicos sectores que necesitaban ser regulados eran telecomunicaciones y servicios públicos. Pero hoy, en muchos aspectos, se necesita regulación”, explica.

Sin embargo, este enfoque con frecuencia choca con la visión del mundo que tienen otros. En particular, las distancias pueden llegar a ser muy grandes frente a los abogados, los políticos y los empresarios, tres actores que serán fundamentales para el logro de los objetivos que se ha planteado el propio gobierno. 

Los abogados tienden a concebir la armazón básica de la sociedad desde una óptica de principios y derechos fundamentales. Esto explica los extraordinarios conflictos que se presentan entre economistas y abogados respecto a temas como la salud, la educación y la seguridad. Basta recordar que la Corte Constitucional está obligada a proteger el derecho a la vida como algo inalienable, imprescriptible e irrevocable, sin que la Carta le sugiera que debe pensar en la mejor combinación entre los beneficios y costos económicos que encuentre en su camino. 

La distancia entre economistas y abogados en Colombia es extraordinaria. Los economistas colombianos tienden a buscar su formación académica en países anglosajones. Los abogados, en cambio, se mantienen en una tradición latina y buscan su formación en las escuelas jurídicas de Francia, España e Italia. Son dos formas diametralmente opuestas de concebir el ordenamiento institucional de un país. Esto tiene mucho que ver con los grandes conflictos que existen entre economistas y abogados colombianos en temas críticos de política pública. 

Los políticos, por su parte, ven al Estado como un problema de seres humanos de sangre caliente, donde el poder lo ganan quienes están cerca de los votantes, logran su empatía y producen resultados. Para un político, decirles a sus electores que lo que ellos ven con sus propios ojos no es más que una ilusión o una intuición equivocada sería el equivalente de un suicidio profesional. Los argumentos de economista sobre la inconveniencia de aumentar los salarios reales, por ejemplo, no serán bienvenidos jamás por ningún empleado que viva de su sueldo. Los políticos lo saben y actúan en consecuencia. 

Los conflictos entre la visión de los economistas y los políticos son evidentes en la creciente distancia entre el presidente Santos y el vicepresidente Angelino Garzón. Santos tuvo que echar para atrás el aumento del salario mínimo para este año porque se le estaba enredando la pita en el ámbito político. Muchos vieron esto como un triunfo de Garzón. La reciente intervención pública de Garzón respecto a la medición de la pobreza es otro capítulo de la misma historia: cuando los economistas dicen cosas que la intuición de la gente percibe como falsas, el terreno queda abonado para el avance de los políticos.

Los empresarios, finalmente, ven el mundo como un sitio donde lo más importante es la acción, la toma de riesgos y el logro de resultados concretos. Sin embargo, los empresarios les creen poco a los economistas cuando estos hablan de riesgos. Para los empresarios, hacer caso a los economistas sobre este tema podría ser comparable a tomar clases de natación con profesores que jamás se han metido a una piscina. 

Esta distancia puede ser un obstáculo muy importante para el avance de las políticas públicas. En la política de innovación, por ejemplo, el Gobierno parte de una perspectiva desde la cual lo más importante es la provisión de infraestructura (educación, laboratorios, capital semilla). Los empresarios saben que esto es importante, pero ven que al interior de sus organizaciones el tema esencial es avanzar hacia una cultura emprendedora y tomadora de riesgos. Respecto a este punto, sin embargo, los empresarios tienden a pensar que el diálogo con los economistas no les aporta mucho. 

La influencia de los economistas en el Gobierno puede ser una cosa buena, pues es verdad que su arsenal de instrumentos analíticos permite aclarar la toma de decisiones en los más diversos ámbitos. El problema podría venir si ellos dejan de considerar otras perspectivas o si desprecian las herramientas e instrumentos que manejan otros. La efectividad de estos economistas en el Gobierno tendrá mucho que ver con su calidad analítica, pero quizás le deberá aún más a su capacidad para respetar, comunicar y convencer, y para incluir en los procesos a los afectados por sus decisiones. 

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