| 10/25/2012 7:00:00 AM

El mundo en vilo

Cualquiera de estos dos hombres puede resultar ganador en las presidenciales de Estados Unidos del próximo 6 de noviembre. La economía será el factor decisivo en una elección que tiene repercusiones mundiales.

El planeta entero no habla de otra cosa que de las elecciones presidenciales estadounidenses del próximo 6 de noviembre. Al fin y al cabo, se trata de la primera potencia mundial y de la economía más importante del planeta, cuyos resultados electorales pueden cambiar el curso del mundo entero. La contienda está de infarto. Todas las encuestas, al 23 de octubre, daban un cerrado empate entre Mitt Romney y Barack Obama, con una intención de voto de 47% cada uno.

La verdad es que la situación favorece a Mitt Romney frente a Barack Obama. El presidente Obama perdió el amplio margen de ventaja que tenía hace apenas un mes y no ha logrado recuperarlo. Romney viene subiendo, mientras Obama está estancado. Si bien el balance está apretado, las cosas favorecen a Mitt Romney y él podría ser el inquilino de la Casa Blanca a partir de enero de 2013.

El empate en las encuestas es una situación puntual que difícilmente se mantendrá hasta el 6 de noviembre, fecha de las elecciones. El factor que definirá el nombre del nuevo presidente de Estados Unidos será el comportamiento de los votantes en los llamados swing states; es decir, los estados donde ningún partido ha tenido ventaja histórica y podrían inclinarse por cualquiera de los dos.

Según el sistema electoral de Estados Unidos, el presidente electo no es quien obtiene más votos, sino quien gana más puestos en el llamado colegio electoral. Cada estado contribuye con un número de votos para el colegio electoral, que depende del tamaño de su población.

Todos esos votos van, en cada estado, al candidato que gana. Por ese motivo, es vital para un candidato ganar en los estados más grandes. Entre los swing states que aportan más votos al colegio electoral están Ohio (con 18 votos), Florida (29), Pennsylvania (20), Michigan (16) y Virginia (13). Obama parece haber ganado terreno en Ohio, según recientes encuestas, pero lo ha perdido en Pennsylvania, Michigan y Virginia. En el caso de la Florida, muchos observadores creen que el estado ya se decidió por Romney.

Sin duda, el primer debate televisado entre los candidatos, donde Obama tuvo un desempeño que sus propios simpatizantes han reconocido como pésimo, influyó en el estado de ánimo de muchos votantes. Más allá de ese hecho puntual, la gran carga que lleva Obama es no haber sido un mandatario efectivo a la hora de solucionar los problemas de la economía. En su registro hay un déficit fiscal que casi se duplicó en los últimos cuatro años, 44 meses con una tasa de desempleo superior a 8% –solo en septiembre bajó a 7,8%– y un mediocre crecimiento como consecuencia de los coletazos de la crisis mundial.

La credibilidad del presidente en materia económica está en un punto muy bajo. De seguir así, Obama correría la misma suerte de los tres mandatarios que en las últimas cinco décadas vieron frustrados su sueños de reelección por los malos resultados económicos: Gerald Ford, Jimmy Carter y George Bush padre.

Hasta el primero de octubre, Obama le ganaba con cierta holgura a Romney, con una intención de voto de 49,3% frente a 45,3%. El 13 de octubre Obama cayó a 46% y Romney subió a 47,3%, pero el 23 del mismo mes se registró un empate casi absoluto, con 47,2% de Obama frente a 47,9% de Romney, según el portal Real Clear Politics que promedia todas las encuestas que salen en Estados Unidos sobre el tema.

En la batalla por los colegios electorales, que es la que define al ganador, de acuerdo con las encuestas el 23 de octubre Obama tenía asegurados 201 votos y Romney 206, pero estaban pendientes 131 colegios de los 10 estados indecisos. Se requieren al menos 270 votos de los colegios electorales para lograr la presidencia. En este balance, si Obama pierde en Pennsylvania y Virginia, perdería la presidencia aunque gane en Ohio.

Algunos matemáticos se han lanzado a decir que la probabilidad de un empate no es despreciable y este escenario se daría si cada candidato alcanza la cifra de 269 colegios electorales. En caso de empate, la Constitución establece que la Cámara nombra al presidente y el Senado al vicepresidente y si las fuerzas legislativas se mantienen como hasta hoy –una apuesta mayoritaria–, el presidente sería Romney y el vicepresidente sería el actual, Joe Biden.

¿Qué pasaría?

En el tema económico, las principales diferencias entre Obama y Romney se han centrado en sus posiciones sobre impuestos y gasto público. Obama plantea más gasto para reactivar la economía, y más impuestos para financiarlo. Romney propone exactamente lo contrario.
 
Esa es la síntesis de las posiciones ideológicas, pero hay otros temas prácticos que afectarán toda la dinámica económica del nuevo gobierno y tendrán que ser resueltos pronto. En particular, en el muy corto plazo está el llamado fiscal cliff (abismo fiscal) una circunstancia muy difícil que el gobierno deberá resolver antes de que termine el año.

Resulta que en el último día de 2012 se vencen los plazos para la reversión de los descuentos tributarios ordenados por el gobierno de George Bush. Adicionalmente, terminarán los descuentos tributarios a los trabajadores y otros beneficios tributarios temporales a empresas que fueron ofrecidos como parte del plan de estímulos del presidente Obama, y también entra en vigencia el cobro de nuevos impuestos diseñados dentro de la reforma de salud. Para rematar, ese día se comenzarán a hacer efectivos fuertes recortes al gasto público en ciertos programas estatales que fueron aprobados como parte de la negociación de 2011 entre Obama y los republicanos sobre el “techo de la deuda pública”.

Este tema es el gran “elefante en la habitación” en el frente económico, un gran lío respecto al cual, si bien está en la mente de todos, los candidatos no quieren manifestarse. Sus consecuencias son gigantescas y habrá que asumirlas en el corto plazo.

Las decisiones clave respecto a cómo se manejarán estos eventos deberán ser tomadas antes de que acabe el año; es decir, después de que se conozca el nombre del nuevo presidente, pero todavía dentro del periodo 2008-2012 que le corresponde a Obama.

Es difícil imaginar un clima político más complicado para manejar esta situación. Si gana Romney, los demócratas en el Congreso no tendrán ningún deseo de ayudarle a través de una salida concertada al fiscal cliff. Si gana Obama, lo haría por un margen muy estrecho, y los Republicanos tampoco querrían ayudar, como no lo hicieron en los cuatro años anteriores. Si no se hace nada, los ajustes se darían en forma automática y se convertirían en una drástica restricción al margen de maniobra de la política fiscal, en un momento en que se requiere toda la flexibilidad posible para buscar la recuperación de la economía.

Incluso si se supera el fiscal cliff, los temas de impuestos y gasto público deberán estar en el centro de la agenda hacia adelante. Los dos candidatos prometen bajar la carga impositiva a la clase media, pero mientras Obama quiere que los súper ricos (aquellos que ganan más de US$1 millón al año) paguen más, Romney les quiere bajar los impuestos, con el argumento de que así podrán destinar más recursos a inversión, pues eso generaría empleo e impulsaría la economía.

Daniel Gómez Gaviria, investigador de Fedesarrollo, señala que varios economistas han hecho cálculos sobre las propuestas de Romney y consideran que efectivamente pueden generar crecimiento, pues al reducir la tasa marginal de 35% a 25%, es factible subir el recaudo ya que aumentaría la inversión. Al mismo tiempo, creen que en Estados Unidos no hay tantos súper ricos que le compensen a Obama la reducción en la clase media.

Por su parte, para los estadounidenses que ganan hasta US$250.000 al año, el plan de Obama apunta a bajarles sus impuestos dejando permanentes los recortes tributarios de la era Bush dirigidos a la clase media (y que están a punto de expirar), al tiempo que les bajaría el impuesto a las empresas, que hoy está en 35% –aunque no ha dicho a cuánto–.

De todas maneras, el Tax Policy Center ya advirtió que ni el plan de Obama ni el de Romney generarán más crecimiento, pues el país tiene un gran déficit fiscal (8,51% del PIB) para el cual ninguno ofrece una solución creíble. “Ambos dicen que lo van a bajar, pero eso se contradice con su plan de reducir impuestos, lo que automáticamente sube el déficit fiscal”, asegura la exdirectora de la Dian, Fanny Kertzman, quien estima que con Obama el déficit seguiría creciendo, pues él cree en estimular la economía mediante el gasto público. Si, además, se implementa la reforma a la salud, conocida como Obamacare, el hueco va a crecer más y puede provocar inflación. “Obama sería crecimiento económico + inflación + déficit fiscal”, reitera.

Si bien Romney propone rebajas de impuestos, tampoco es probable que logre una reducción del déficit, pues su propuesta apunta a subir el presupuesto militar. Aunque ha prometido bajar el gasto, no ha dicho en cuáles rubros específicos, aunque sí ha generado mucho ruido con entidades que se verían afectadas, como Planned Parenthood, que es la agencia dedicada al control natal, la cual recibiría menos ingresos.

¿Cómo gastar?

Uno de los planes de Obama es ofrecer estímulos fiscales a sectores que generen empleo, como la industria automotriz y la de las energías limpias. Sin embargo, esta política también es criticada, pues hasta ahora solo ha generado empleo localizado y mínimo crecimiento. Quizás una de las ayudas más caras y criticadas otorgadas por Obama fue la que le dio a la firma Solyndra (fabricante de paneles solares). Esta ayuda alcanzó los US$500 millones, que se perdieron, pues la firma quebró a finales del año pasado y despidió a todos sus empleados.

También le están cobrando sus medidas para ayudar industrias como la de llantas, que ante la amenaza de una masiva importación china fue frenada con acciones antidumping, argumentando que las chinas se iban a vender por debajo de costo.

“Para Obama se salvaron esos empleos, pero sus críticos consideran injusto que todos los que tengan que comprar llantas lo deban hacer a mayor precio”, dice Gómez Gaviria, de Fedesarrollo, y agrega que en el tema de China los candidatos prometen enfrentar su amenaza comercial, aunque Obama lo haría con más medidas proteccionistas, y Romney buscando mayor competitividad.

En el tema de gasto militar, mientras Romney quiere aumentarlo en otros US$100.000 millones de aquí a 2016, Obama planea hacer un recorte de US$487.000 millones en una década, para destinar los recursos a otros gastos como infraestructura y educación.

Romney favorece la disuasión proactiva en el caso de Irán y no se descarta que, por ejemplo, ejecute un ataque aéreo a ese país para destruir la producción de armas nucleares, conjuntamente con Israel. Obama, por su parte, va a tratar de contener a Irán vía sanciones comerciales, como se está haciendo ahora, calcula Fanny Kertzman, aunque aclara que cualquiera de los dos va a ser muy cauto en cuanto a esa decisión.

Otras políticas

Obama y Romney se diferencian en otros frentes clave de las políticas públicas, especialmente en lo que se refiere a salud, energía y comercio internacional.

En el tema de salud pública, Obama logró la aprobación de su reforma –Obamacare– en 2010, orientada a la cobertura universal. Esta reforma ya obtuvo el visto bueno de la Corte Suprema. El plan es lograr que 32 millones de estadounidenses por fuera del sistema queden incluidos y para eso impone una regulación más estricta y más centralista que, entre otras cosas, castiga a las aseguradoras que nieguen coberturas a personas con preexistencias.

Romney planea desmantelar el Obamacare, permitiendo que las aseguradoras, que ahora solo pueden atender en el estado donde operan, lo puedan hacer en varios estados y que sean las fuerzas del mercado las que los regulen. Su plan es que el tema sea más estatal y menos federal.

En materia de energía, las propuestas de los candidatos también son opuestas. Tras el desastre de la BP en el Golfo de México, la administración Obama impuso una serie de restricciones a la exploración petrolera. Romney quiere acabarlas para promover un mayor uso de las energías fósiles.

Por el contrario, Obama está haciendo una fuerte apuesta por las energías renovables y limpias, a las que les está destinando subsidios. Su meta es reducir las importaciones de petróleo a la mitad para 2020. Romney ha prometido no depender más de las importaciones a 2020, al concentrar al país en la producción interna de petróleo.

En comercio internacional, Obama es criticado porque durante su mandato no avanzó en la negociación de acuerdos de libre comercio, y se limitó a pasar los que ya estaban listos. Esto se podría explicar porque considera que el comercio global es insostenible si solo favorece a unos pocos. Obama insiste en que este tipo de acuerdos deben tener condiciones fuertes en temas laborales, medioambientales y de seguridad. Por el contrario, Romney es más propenso al libre mercado y en varios discursos ha anunciado su interés de fortalecer los lazos comerciales con América Latina, lo que podría beneficiar a Colombia, que desde mediados de este año tiene en vigencia un Tratado de Libre Comercio.

De todas maneras, el gran tema de la política económica es el empleo. Es la mayor preocupación de todos, ante el bajo crecimiento de Estados Unidos, que lleva varios trimestres sin superar el 2%, lo que no alcanza a generar empleos para toda la población. Como consecuencia, la desocupación se mantiene en 7,8%.

Las cifras laborales en septiembre fueron buenas para Obama, y el desempleo se ha mantenido a raya o ha disminuido en varios de los swing states (Ohio, Iowa, New Hampshire, Virginia y Wisconsin). Pero en Colorado, Florida, Carolina del Norte y Nevada la cifra supera el promedio nacional, en particular en el último, que tiene el indicador más malo del país, con una tasa del 11,8%.

Quedan días para la elección y la gran mayoría de los votantes ya ha tomado su decisión a estas alturas. Falta poco para saber quién dirigirá los destinos de la nación más influyente del planeta en una de las épocas más difíciles en toda su historia.

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