| 8/21/2013 6:00:00 PM

El fin del pacto cafetero

La ruptura del Pacto Mundial del Café no solo provocó una gran transformación de la economía colombiana; también, un giro de 180 grados para el mercado agrícola mundial.

El mundo recuerda 1989 como el año en que cayó el muro de Berlín. Ese no fue el único suceso trascendental de esos 12 meses; hay un antecedente con implicaciones igual de definitivas para el agro colombiano: el fin del Pacto Internacional del Café.

Esta novela tuvo desenlace el lunes 3 de julio de 1989, cuando los representantes de los países integrantes de la Organización Internacional del Café (OIC) se citaron en el número 22 de la Calle Berners en Londres, sede histórica de la OIC. Era el último esfuerzo por mantener con vida un sistema de mercado que le había dado resultados favorables a los productores de café durante casi tres décadas: el pacto establecía cuotas de producción, lo que permitía mantener a raya la oferta, garantizando niveles razonables de precios para los agricultores en todo el planeta.

El entonces gerente de la Federación Nacional de Cafeteros, Jorge Cárdenas Gutiérrez, recuerda que el edificio de la OIC era un hervidero pues había reuniones en todas las oficinas y pasillos. Las comitivas de los productores se movían para lograr el objetivo de refrendar el acuerdo y mantener vigente el sistema de cuotas.

Pero los países consumidores, liderados por Estados Unidos, no se quedaron quietos. John Rosenbaum fue quien desde la silla norteamericana de la OIC defendió las posiciones de la principal potencia mundial y el responsable de sumar aliados a su causa. En ese esfuerzo contó con el apoyo de los europeos, especialmente Alemania, y los centroamericanos.

“Durante la negociación, muchos productores cafeteros (como los centroamericanos) se cambiaron de bando, porque decían que el Pacto no recogía la nueva realidad y que el mercado lo que quería era calidades”, explica Cárdenas.

Por Colombia, quien llevó la voz cantante durante las votaciones fue el hoy embajador ante la ONU, Néstor Osorio, quien radicó una dura constancia sobre los efectos que traería la liberalización del mercado cafetero para los productores.

La votación empezó y a medida que avanzaba el conteo de votos, era evidente que el desenlace sería fatal para los productores. Con el último de los sufragios se ratificó la tendencia y la historia quedó sentenciada: el Pacto Cafetero, vigente desde 1962, llegaba a su fin.

“El Pacto Cafetero fue un soporte para la economía colombiana durante 30 años. Fue un acuerdo fundamental. Pero a finales de los 80 las condiciones mundiales empezaron a cambiar con la idea de la libertad del mercado y la reducción del Estado. Por eso entran en crisis todos los acuerdos. Se consolidaba así la hegemonía del Consenso de Washington y la Escuela de Chicago”, asegura Cárdenas.

En consecuencia, lo que se selló ese día no fue una simple anécdota histórica sino un capítulo más en el proceso de cambio de la economía mundial que había empezado en el gobierno de Ronald Reagan, con grandes políticas de liberalización, no solo del comercio, sino también del sector financiero. Si con la caída del Muro de Berlín se terminaba la Guerra Fría, sin Acuerdo Internacional del Café, se consolidaba la ola de liberalización del comercio en el mundo, que en esa oportunidad tocaba a uno de los productos agrícolas más representativos.

La caída del Acuerdo tuvo impacto prácticamente inmediato. Según las cuentas de Cárdenas Gutiérrez, de un día para otro quedaron disponibles en el mercado 25 millones de sacos de café. En 1990, menos de un año después de la noticia, el café colombiano se pagaba a US$0,69 la libra, el peor precio en la historia reciente.

Con la caída del Acuerdo empezó el declive de la caficultura en Colombia, que había llegado a representar cerca de 10% del PIB nacional y que había convertido al presidente de la Federación de Cafeteros en uno de los hombres más poderosos del país. Ese 3 de julio, la hegemonía del más importante producto agrícola de nuestra historia empezó su final.
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