| 11/24/2011 7:00:00 AM

¿El fin del euro?

El caos en Grecia, Italia, España, Irlanda y Portugal amenaza la existencia de la moneda común europea.

Europa se está quedando sin opciones para sostener su moneda comunitaria. La salida de los primeros ministros de Grecia e Italia no resolvió nada. Por el contrario, llevó a primer plano de la atención las profundas contradicciones de una unión monetaria que no cuenta con el respaldo político necesario para sobrevivir. Hoy se habla abiertamente de un escenario que hace pocas semanas era impensable: el fin del euro como moneda común de los países de la Unión Europea.

El discurso de los líderes europeos es cada vez más desesperado. De una crisis de deuda en países de la periferia de Europa, se pasó a hablar de un “default ordenado dentro del euro” y, más recientemente, de una “defensa del euro a toda costa”. Los mercados muestran una creciente desconfianza frente a las declaraciones oficiales, la cual lleva a caídas en los precios de los bonos de los gobiernos. Incluso, la deuda estatal francesa se ha visto afectada, pues la diferencia entre el rendimiento de los papeles de Francia y los de Alemania se encuentra en el punto máximo desde la creación del euro.

El temor avanza. En los mercados financieros, los traders están saliendo a toda velocidad de los papeles de los países más amenazados. La deuda de 12 de los 17 países del euro se ha encarecido y, además de los casos extremos de Grecia e Italia (cuyos bonos a diez años deben pagar intereses superiores a 28% y 6,7%, respectivamente), la situación afecta seriamente a España, país que también está pagando la tasa de interés más alta desde que se implementó el euro para papeles a diez años (6,78%).

Si esta tendencia se acelera, se podría llegar a un escenario de Armagedón (o Eurogedón, como lo llamó Paul Krugman). Grecia podría tomar la decisión de salir de la Zona Euro y volver a tener su propia moneda, la dracma, la cual registraría inmediatamente una fuerte devaluación frente al euro. Los tenedores de deuda griega sufrirían grandes?pérdidas, pues el gobierno de Grecia seguramente determinaría que el pago de la deuda pública y privada debería hacerse en dracmas y no en euros.

El contagio se expandiría rápidamente, pues si Grecia se sale del euro también podrían hacerlo Portugal y otros países de la periferia. Los inversionistas acelerarían su fuga, migrando masivamente hacia activos más seguros, buscando anticiparse a los hechos. Los bancos de los países fuertes de Europa (Alemania y Francia) no podrían resistir el golpe de unas pérdidas simultáneas en sus préstamos a los países de la periferia. Toda Europa entraría en barrena.

Falla de diseño
El problema fundamental del euro como moneda está en que no tiene un respaldo político real. Para todos los países miembros, la prioridad obligada es su propio bienestar económico y no el de la Unión Europea. El euro funcionó en tiempos de prosperidad, pero la carencia de una base política impide que se puedan aplicar los correctivos indispensables cuando se requiere manejar una crisis tan severa como la actual.

Sin embargo, aunque los votantes de los países ricos de Europa no están dispuestos a financiar indefinidamente a los más pobres, la existencia del euro se convirtió en un tema sagrado para sus gobiernos. La idea era una unión para siempre, al punto que los alemanes tienen una palabra para denominarla: schicksalsgemeinschaft, que literalmente significa comunidad en el destino. La visión de una Europa unida, capaz de hacer valer su herencia histórica en este Siglo XXI, se convirtió en un tema tabú y también en un callejón sin salida: ningún político se atreve a negarla, pero nadie puede movilizar a los votantes a tomar las decisiones que se requieren para darle solidez real.

“Ha sido muy difícil unir a países que son independientes con uno que lleva la ventaja, que es Alemania. Para tener una moneda única se debe ceder la independencia monetaria a un banco central externo, que es el que finalmente decide cómo cada uno debe gastar su plata. Eso no les gusta a los europeos, porque sienten que les están cediendo su política doméstica a los alemanes, quienes dictan lo que se debe hacer”, comenta Walter Molano, analista jefe de BCP Securities.

En eso coincide Werner Bonadurer, profesor del Carey School of Business de la Universidad Estatal de Arizona, quien considera que el despelote actual se origina en un problema de diseño de la Unión Europea, pues para que funcione es indispensable que, además de la política monetaria, compartan una flexibilidad laboral. “En Estados Unidos, por ejemplo, la política monetaria es la misma, pero si una persona siente que a un Estado no le va bien, se puede ir a trabajar a otro. Eso no ocurre en Europa”.

Hay pocas opciones hacia adelante. Mientras en un extremo está el escenario de catástrofe, en el otro habría la alternativa de buscar un camino decidido hacia una integración más profunda, donde la unión monetaria sería complementada por una unión fiscal. Eso permitiría que Europa funcionara como un solo país en términos económicos, donde las regiones más ricas subsidiarían indefinidamente las regiones más pobres. Sin embargo, es un escenario muy poco probable, pues no cuenta con apoyo político en Alemania. Incluso si existiera la voluntad de avanzar en ese sentido, en la práctica seguiría siendo una posibilidad remota, habría que buscar un tratado con todos los países miembros. Eso tomaría años, mientras la crisis avanza a un ritmo que se mide en días y semanas.

Merkozy
Entre esos dos escenarios extremos hay una gama de salidas intermedias que tampoco dan satisfacción a nadie. Una alternativa que se menciona insistentemente sería la de dividir la Unión Europea entre los países del centro (Francia, Alemania, Holanda, Luxemburgo y Austria), los cuales preservarían el euro, y los demás, que serían considerados periféricos.

Esta fórmula implicaría enormes dificultades. “Sería como intentar separar los huevos después de que han sido revueltos”, sostiene Jeremy Gaunt, columnista de Reuters. Los vasos comunicantes a través de canales financieros y reales entre las economías del centro y la periferia de Europa conforman un tejido denso que no se podría cortar de manera nítida.

Incluso soluciones menos ambiciosas generan confrontaciones. Los líderes políticos de Alemania, Angela Merkel, y Francia, Nicolás Sarkozy (llamados Merkozy por la prensa) están unidos cuando piden disciplina fiscal y mayores compromisos de ahorro para los demás, pero se separan a la hora de definir cómo usar los recursos comunitarios que están en el Fondo de Estabilización Europea, creado para hacer frente a la crisis. Alemania, la locomotora europea y principal financiador del Fondo, se niega a que esos recursos sean usados para salvar bancos. Francia considera que ese sí es un uso adecuado.

Un punto muy importante en este debate se refiere al papel del Banco Central Europeo (BCE). Una de las propuestas para salir de la crisis consiste en que el BCE se convierta en un prestamista de última instancia y pueda imprimir euros para dar liquidez. Para los alemanes, la sola idea es un sacrilegio. El presidente del Bundesbank, Jens Weidmann, un economista de 43 años que culpa a los políticos europeos de la crisis, está convencido de que el papel del banco central debe ser controlar la inflación y no emitir billetes para salvar países indisciplinados. Para Weidmann, si el BCE cede a la presión se violarían los tratados que le dan vida a la Unión, donde se establece que el Banco no está para financiar gobiernos.

Una propuesta que tiene numerosos seguidores es la emisión de eurobonos, papeles que serían respaldados por el BCE y entrarían en los portafolios de los gobiernos. Esta idea, que espanta a los alemanes, implica que las tasas de interés bajarían para los países más endeudados, pero subirían para los juiciosos como Alemania. De acuerdo con la revista alemana Der Spiegel, aunque la posición de Weidmann es respaldada por el pueblo alemán, que se niega a que sus impuestos sigan financiando el desorden de sus vecinos, las presiones para que el BCE dispare ese último cartucho son crecientes y los Eurobonos podrían hacerse realidad.

Lo que viene
Aunque ningún analista se atreve a establecer una fecha para la primera baja de la Eurozona, todos coinciden en que la estrategia actual no está funcionando y debe llevar a un desenlace en algún punto. Analistas como Ty J. Young, presidente de la firma de inversión del mismo nombre, le dan 30% de probabilidades a que el rescate de Grecia no va a funcionar y que tendrá que regresar a su antigua moneda.

En España, que sería el siguiente en caer, muchos hablan de volver a la peseta. En Mugardos, un pequeño pueblo de Galicia, los comerciantes ya reciben la antigua moneda, para todo tipo de compras. Del caso de Italia son pocos los que hablan, pues, aunque su situación es grave y su salida de la Zona Euro también es probable, se trata del evento que tendría las mayores consecuencias. Dado el tamaño de esta economía, sería prácticamente imposible que un fondo de estabilización europeo pudiera manejar el tema de Italia.

La situación reviste una complejidad sin precedentes, pero hay pocas ideas nuevas para manejarla. De hecho, un millonario inglés está ofreciendo un premio de 250.000 libras esterlinas (US$398.000) al economista que le presente el mejor plan para poder manejar un país una vez abandone el euro. Los interesados tienen hasta el 31 de enero para entregar sus propuestas.

Quién sabe si las ideas salvadoras llegarán a tiempo. El problema no es únicamente encontrar fórmulas para los países que salgan del euro, sino controlar el contagio en los mercados financieros, el cual seguirá avanzando mientras no aparezca una solución de largo plazo, que sea sólida tanto en lo económico como en lo político. La moneda europea no se va a salvar mientras se sigan aplicando paños de agua tibia sobre un problema que es estructural y afecta los fundamentos de la economía mundial.

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