| 7/12/2010 12:00:00 AM

Los libros que se fueron

Es triste pensar en el trágico destino de las escasas buenas bibliotecas privadas que ha habido en Colombia. Se salvó siquiera la de Nicolás Gómez Dávila, que llegó a buen puerto: atracó en la Biblioteca Luis Ángel Arango. Pero esta es la excepción. Vimos muchas otras naufragar, como la de Juan Lozano, que terminó estrellándose contra el iceberg del Congreso pues, una vez donada, los Honorables no quisieron ni recibirla y terminó sus días tirada en andenes y calles para finalmente recibir la extremaunción de mano de los aguaceros bogotanos y encontrar sepultura en las alcantarillas del centro de la capital. Pero, claro está, no se podía esperar algo diferente, a sabiendas de la costumbre del Congreso de perder los libros para que no quedaran pruebas. Otras corrieron con mayor fortuna, como la de Manuel Casas Manrique, que logró escapar del desprecio nacional por el libro y sigue siendo dichosamente consultada en las lejanas tierras de los ya lejanos parientes de León de Greiff. No pocas veces he oído de bibliotecas que han sido generosamente donadas a entidades del Estado y que entran con música y tapete rojo por la puerta principal y luego salen a oscuras por la puerta trasera a ser vendidas al detal.

Poca gente en Colombia ha oído hablar sobre la Lilly Library. Se trata de una de las bibliotecas universitarias más importantes de Estados Unidos, ante todo por la riqueza de su colección en lo que respecta a libros antiguos referentes al continente americano. Es la biblioteca de la Universidad de Indiana y tiene una sala especial dedicada al señor Bernardo Mendel. La Universidad de Indiana se enorgullece cada cierto tiempo de poder exhibir algunos de los libros de “paramount interest from the Mendel Collection” y agregan en la presentación de dicho fondo bibliográfico: “es realmente impresionante cómo, en un periodo de tiempo tan breve, Mr. Mendel hubiera reunido una colección tan inusual, exquisita y temáticamente tan profunda”. Basta con visitar la página web de la Lilly Library para tener idea de aquello que nos perdimos los colombianos gracias a una, de alguna manera, clásica estupidez nacional.

En esta historia de negligencia hay una que sobresale. Hace más o menos cincuenta años, el país se negó a recibir en calidad de donación una de las más importantes y valiosas bibliotecas privadas del continente: la colección del arriba mencionado señor Mendel. No estoy exagerando, aunque los colombianos seamos proclives a ello: Colombia se negó a recibir en donación uno de los más grandes tesoros bibliográficos de América Latina y se negó a ello con una argumentación digna de entrar en los anales como summa cum laude de la oligofrenia universal.

El tema, finalmente, viene siendo el de nuestra ignorancia arropada de arrogancia. En seguida traeré a cuento algunos datos de la vida de ese ilustre vienés que tantos aportes hizo a la cultura de nuestra aldea y los otros tantos que nos encargamos de impedirle hacer.

Bernardo Mendel fue lo que se puede llamar un cosmopolita, un ciudadano universal. Nació en Viena en 1895 y desde muy joven se interesó por las más diversas ramas de la ciencia y la cultura: religión, literatura, geografía, matemáticas, física, caligrafía y, sin embargo, la música era su gran pasión, la cual, por presión de su padre, hubo de abandonar y dejar de lado –no del todo– para estudiar Derecho. Durante la Primera Guerra Mundial llegó a ser teniente en el batallón que estuvo en Bosnia-Herzegovina, donde recibió la medalla al valor.

Una vez terminada la guerra, Mendel continuó sus estudios de Derecho y seguiría tocando el piano como un virtuoso hasta el fin de sus días. Quienes lo conocieron afirman que hubiera podido ser un exitoso concertista. Por esa época coleccionaba libros sobre literatura alemana y, con el mismo interés, se dedicaba a los negocios de su familia, gracias a los cuales vino a Colombia, donde vivió 24 años.

No son pocos los extranjeros que han venido a nuestro país y se han quedado en él por las más diversas razones. Algunos vinieron a vender camisas; otros, máquinas de escribir o registradoras, y varios de ellos terminaron remendando nuestra geografía, haciendo crítica literaria del más alto nivel u ordenando nuestra historia. Guhl en la geografía, Volkening en la crítica literaria y Friede en la historia hicieron lo que hicieron no porque fueran expertos en los respectivos temas, sino porque aquí nadie hacía nada, y si lo hacía, lo hacía con pereza. A ellos, los extranjeros, les bastaba con disciplina y ganas. Gracias.

Sigamos con Mendel, aunque valdría la pena revivir las historias de Guhl, Volkening y Friede. Una vez en Colombia, fundó en Bogotá la compañía Empo (Equipos Modernos para Oficina), que importaba productos de Shwayden Brothers, General Fireprooffing, Smith Corona y copiadoras Gestetner; fue representante exclusivo de Bell & Howell y el segundo mayor distribuidor nacional de Eastman Kodak. Asimismo, conformó la sociedad Música y Arte, que traía de Europa pianos de concierto y de salón de las marcas L. Boersendorfer y Hoffmann.

En lo que respecta a la música y los libros, sus dos verdaderas pasiones, gastó buena parte de su fortuna en alimentarlas y enriquecerlas; fundó la Sociedad de amigos de la Música, a través de la cual, muchas veces pagado de su propio bolsillo, trajo al país gente como Rudolph Serkin, Andrés Segovia, Isaac Stern y otros tantos más. Además, desarrolló una pasión por todo aquello que tuviera que ver con América Latina e inició así la que llegaría a ser una biblioteca de más de 30.000 volúmenes relativos al tema. Una biblioteca detrás de la cual estuvieron muchas universidades extranjeras, pero que él quería donar a la Biblioteca Nacional de Colombia.
Manuscritos e impresos invaluables conformaban su colección; una mirada rápida por algunos títulos nos da claridad sobre las dimensiones y la importancia universales de la biblioteca del señor Mendel: El Theatrum Orbis Terrarum (1648-58), uno de los atlas más importantes del siglo XVII, en edición de lujo pensada para bibliotecas de la realeza; primeras ediciones de las Cartas de Hernán Cortés; los Grandes viajes de Theodore de Bry, ocho volúmenes en edición original; la primera edición de las Elegías de varones ilustres de Indias (1589); una de las 17 cartas de Colón impresas antes de 1501: De insulis nuper in mari Indico (Basilea, 1494). Y muchos, muchísimos libros más de esta categoría; una colección imposible de reunir en nuestros días y asombrosa en los de Mendel. Todo aquello que de relevancia haya sido escrito sobre los descubrimientos geográficos y los grandes viajes y crónicas del siglo XV en adelante, se encontraba en esa biblioteca que quería quedarse en el país. Libros de autores clave en la historia de la primera gran globalización, en primeras y además lujosas ediciones: Colón, Vespucio, Cortés, Pedro Martyr, Oviedo y Valdés, Bernal Díaz, Cieza de León, el Inca Garcilazo, González de Mendoza… y más.

Pues bien, o mejor dicho, pues mal, allí reposaban esos tesoros de la cultura de la humanidad, estaban aquí no más, buscaron permanecer en Colombia pero los gobiernos de entonces (1941-48), entre cuyos funcionarios se encontraban Germán Arciniegas (Ministro de Educación) y Enrique Uribe White (Director de la Biblioteca Nacional), no lo quisieron así. La argumentación oficial para rechazar la donación es risible y vergonzosa por no decir trágica, pues consideró inaceptables las dos únicas condiciones que ponía el donante Bernardo Mendel: que el Fondo llevara su nombre y que se le permitiera ser el curador ad honorem de la colección.
Entonces, y durante muchísimos años, los sabios burócratas de la cultura no podían tolerar lo foráneo y, ¡por favor!, menos aún, que un fondo de la Biblioteca Nacional de Colombia llevara el nombre de un extranjero. Por lo demás, muchos años después, Arciniegas donaría su biblioteca y exigiría lo mismo ofreciendo mucho menos.

Mendel y su biblioteca terminaron en Estados Unidos. Sus libros son el orgullo de la Universidad de Indiana; el fondo lleva su nombre y es consultado por miles de estudiantes e investigadores de todas partes del mundo. 
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